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Segmentos de la eternidad

lunes 28 de marzo de 2022
Segmentos de la eternidad, por Alberto Hernández
La eternidad apenas es más larga que la vida, dijo René Char. Fotografía: analogicus • Pixabay

La noche se disipa en los ojos de un camello, en los de un animal insomne, lector furioso que cuenta las horas sin estrellas y deja ver su corpulencia a través de una ventana. La noche regresa en el horario de un hombre que circunda el silencio.

Las sombras entran en los esqueletos de unos árboles que Ludovico Silva no nombra en el poema, pero se advierten en la destrucción, en la miseria acumulada en cada “cementerio de vocablos asesinados”.

Cuaderno de la noche vaga en las manos de quienes buscan un tema, una sola voz que reviente bajo un sol negro. Es un libro de muchas muertes y resurrecciones. Si Gerbasi viene de la noche y hacia ella se encaminó, Ludovico Silva entró en los huesos de la noche para “No aguantar más la vida / saberla un fardo oscuro sin sentido”.

El poeta frasea la muerte, la encanta y la golpea con el desparpajo de su pronunciación. La rechaza, pero también la mira de frente para instigarla. “No amar a la muerte y sin embargo / tenerla día a día detrás de mí como un sabueso / o encontrarme con que no es mujer lo que tengo debajo / sino la muerte misma que recibe mi amor”. Cercado por la vida, como dice, la llama “clara niña que amo”.

La noche, la muerte, el aliento vital, aunque poco, el hedonismo. Un trago oscuro, la noche. Alguien se hace noche en sus palabras.

La noche —entonces— es un ojo oscuro que tropieza y se asombra con la cara de quien lo ausculta sin mirada.

Eterno como las sombras, el poema contraviene su propia infinitud frente a las horas que le faltan: “Sólo me queda eternidad / ¡Si me quedara tiempo! / ¡Si me quedara tiempo! / ¡Si me quedara eternidad!”. Así, entre el eterno retorno a su tiempo desgastado, la voz de quien habla afirma el existir: “Yo vivo un poco y, sin embargo, vivo. / Existo arrinconado / entre el sillón donde murió mi padre / y un poco de cerveza”.

La noche, la muerte, el aliento vital, aunque poco, el hedonismo. Un trago oscuro, la noche. Alguien se hace noche en sus palabras, entra silencioso en el otro, el que “yendo al fondo” lo encuentra “frente a frente”. Y pasea, bajo la oscura plantación del cielo, su cementerio, sus tinieblas. “Ahora sólo me queda / recoger lo que queda de los muertos”.

En el final que lo encuentra en su noche privada, Ludovico invoca el mono geométrico de la sombra, no el gramático de Octavio Paz. Esgrime la daga de la última hora y conversa con Picasso y Baudelaire sobre los secretos del último verso, como si la muerte hubiese encargado el colofón de este libro donde quien habita carga la tierra y su epitafio. Así, anuncia que “Supe morir de muerte verdadera”.

Este libro desata las sombras. Culmina todos los días, porque su comienzo estuvo hace noches, todas las noches, todas las páginas, en los soliloquios de quien luego conociera el camino de las “blancuras asesinas”.

 


 

La puja de Heidegger por el tiempo. “Esa concepción vulgar” lo hace entrar por la puerta estrecha del tiempo, de su tiempo. Teme salir: allá afuera, donde las horas son sólo un remedo, está la eternidad, que puede ser la muerte. Es la muerte, la absoluta soledad.

En un arranque de credulidad, Martin Heidegger invoca a René Char, lo pronuncia completo en un aforismo, en una definición apenas audible: “La eternidad apenas es más larga que la vida”.

 


 

“Parece que el vacío inmenso, al encontrarse de súbito ante una acción, se convierte en una imagen particularmente clara de la cólera cósmica”, afirma Gaston Bachelard. El viento, la violencia de la creación, la turba natural. He allí entonces que la imaginación, también viento incontenible, “se propaga, pues, en el universo: esos torbellinos son, dice Blake, ‘los vacíos estrellados de la noche, las profundidades y las cavernas de la tierra’”.

¿Cuánto de animal tiene la naturaleza? ¿O es una bestia incorpórea?

El viento, su fuerza incontenible, ocupa un tiempo trazado por la ira incomprensiva desatada por el imaginario de alguien desconocido.

La eternidad en el cono de un huracán. El mismo Blake, sujeto a la tierra, se vale de esta imagen para dibujar esa fuerza: “Balido, ladrido, mugido, rugido / sus olas que azotan la ribera del cielo”. Una zoología de la altura, del cosmos. Un zoológico numérico, intacto desde el comienzo de las eras. Un zodíaco alrededor del vacío.

¿Cuánto de animal tiene la naturaleza? ¿O es una bestia incorpórea?

 


 

Un paseo presocrático por la ciudad. Un saludo de Jenófanes. La sentencia de los siete sabios, un poco antes, descubre la llaga del tiempo. Cleóbulo, Solón, Quilón, Tales, Pítaco, Bías y Periandro consejeros, bíblicos o coránicos de su hora, aforísticos, maestros minimalistas. ¿Qué filosofía hicieron?

Aquel, Jenófanes, que dijo: “Entre los Dioses / hay un Dios máximo: / y es máximo también entre los hombres. / No es por su traza ni su pensamiento / semejante a los mortales…”. Todo dios hace su tiempo, lo administra.

Los que rozaron la piel de Parménides, Empédocles, Heráclito, Zenón, Filolao o Anaxágoras saben de estas cosas. Saben que la filosofía posterior es más pensamiento que vida. Por eso, la eternidad, el tiempo apenas más largo de la vida, como dijera hace rato René Char, no afecta los humores de estos hombres que respiraron antes del tiempo que nos toca. Más poetas que cotidianos, menos cosméticos, los presocráticos le anudaron las calzas a quienes aún persisten en la idea de que el tiempo tiene algo que ver con la eternidad. Es más, la eternidad es el tiempo, pero no lo usa, no hace usura de horas o calendarios. La eternidad es un solo fragmento sin tiempo.

(Abril de 2007)
Alberto Hernández
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