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Anotaciones de otoño, de Julio Miranda

lunes 23 de mayo de 2022
“Anotaciones de otoño”, de Julio Miranda
Anotaciones de otoño, de Julio Miranda (Editorial Mandorla, 1987).

1

Anotar es una estación visible. Escribir para guardar y luego volver a esos abandonados papeles que en otoño o en invierno salen a aliviar sorpresas o sospechas, edades o momentos en los que el alma se disipa.

Julio Miranda anda (no puedo afirmar que andaba, el tiempo ha pasado y sigue pasando, pero el poema sigue allí, vivo) por estos caminos, retomando silencios, largas caminatas reflexivas. Cantos alzados de la arena, vueltos palabra cribada con lentitud.

“La inmediatez como poética / es acaso una fatalidad otoñal / en un país sin estaciones”. ¿Será acaso el tiempo que ha conquistado esa fórmula de dejar de cantar la voz, la más profunda, en un reflejo que tiene todos los significados? ¿Será la edad, los relojes recorridos? ¿Se dejará llevar por una llamada interior que lo empuja a hacer de la poesía aforismo de todos los yoes, de todos los condenados?

 

2

Anotaciones de otoño (Editorial Mandorla, Colección Cármenes; Caracas, 1987) es el uso indiscriminado de una imaginación exultante, pero también cálida en el estricto sentido de la multiplicidad de sondeos que Miranda encara.

Textos que asimilan una íntima ironía, un humor cáustico, sereno, también emotivo. Y el amor como un acto de piedad, defensivo, burlesco, inteligente, estas anotaciones juzgan una apariencia que toca el adentro de todos los silencios que el tiempo procura cuando se desea que el texto tenga volumen y fuerza. De todos los libros de Julio Miranda, este es el más cercano a la silueta del hombre que se cuestiona, que se busca y se encuentra, aun cuando se haya considerado inencontrable.

 

3

El tiempo. “Ya sabes: envejeces / hazlo con gracia / y con serenidad (no es todo lo que sabes / y ni siquiera esto / lo sabes aún del todo) / que el viejo no te oculte / al niño / siempre vivo…”, la conquista de la otra memoria, de ese otro yo/ser que no ha logrado dejar atrás la mirada antes perdida.

 

4

El amor y la muerte en un contrapunto de indagaciones. Estos temas son preguntas que adquieren una tonalidad distinta en el texto poético. Pero también la muerte es un humor deliberado, cuya justificación se encuentra en el rasgo de un amor mitificado por la serenidad del tiempo, de todas las edades encontradas por el poeta, porque la poesía —intemporal y antigua— tiene todas las edades y ninguna. Por eso el cuerpo, ese amasijo de temporalidad, se hace de la poesía como una fórmula del para siempre, la eterna búsqueda de la vida con sus temores.

 

5

El amor se instala en ese cuerpo. Se eterniza cada noche, pero sigue guardando su pureza. “Mi cuerpo es inocente / en cada juicio / lo condena al amor / culpable de tu cuerpo”.

El nombre, el ajuste de cuentas amorosas, aparece en estas páginas. El amor carnal y el de adentro. La historia que se desencuentra en pérdidas y conquistas. “Los restos del amor, ese naufragio, nos acompañan / sin confundirse. Cada catástrofe deja su propia herencia, / quiero decir su brillo húmedo, su herida cegadora, sus lecciones de sal”.

Alberto Hernández
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