“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El huerto secreto, de Juan Carlos Santaella

lunes 4 de julio de 2022
Juan Carlos Santaella
Juan Carlos Santaella escudriña en este libro de 1999 la conciencia de quienes aún siguen siendo los amanuenses totémicos de la escritura crítica literaria.

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Siempre he sostenido que Juan Carlos Santaella es uno de los más lúcidos ensayistas y críticos de las letras venezolanas. Sin aspavientos, guardado como un monje, nuestro escritor se mantiene atento desde su atalaya. Desde su casa los libros y los seres reales, como los imaginarios, lo visitan y lo revelan en silencio creador, para confirmar la densa materia de su inteligencia.

Quienes lo leíamos en los diarios, en los suplementos literarios, lo teníamos siempre como consulta. Destacaba su carácter intelectual, su capacidad académica sin abusar de las terminologías, como suele suceder hoy con quienes sostienen que es necesaria una exigente metodología para poder entrarle a un libro, sea éste bueno, regular o sospechosamente flojo. De esa tela hay mucho que cortarle porque algunos críticos, sumados al extremo teórico de las tesis ilegibles, se lanzan al ruedo para cotizar —con la verba atlética escolar— lecturas que pocos días después dejan de ser, de nombrarse, de respirar.

Juan Carlos Santaella sigue siendo un hombre joven. Nació en 1965 y desde hace mucho tiempo ha sido un nombre para destacar. Ha publicado, entre otros títulos: La literatura y el miedo (1990), con el que se alzó con el Premio Fundarte; El fuego y la hoguera, publicado por Monte Ávila en 1991, y Manifiestos literarios (1992), también con el sello de Monte Ávila, entre otros.

Con El huerto secreto (Monte Ávila, 1999), Santaella logra alcanzar una escritura que anima al lector por la cantidad de conocimiento crítico y una sensibilidad expresiva en el uso del idioma, al que convierte en objeto elegante.

 

“El huerto secreto”, de Juan Carlos Santaella
El huerto secreto, de Juan Carlos Santaella (Monte Ávila, 1999).

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El índice recoge los siguientes trabajos: Una introducción titulada “Los escritores felices no tienen historia”, luego el recorrido orgánico del volumen: “Ex Libris”, “La imaginación del ensayo: ¿qué sujeto nombra el ensayo?”, “Saber y poder de la crítica literaria venezolana”, “La literatura ya no va a la escuela”, “Oferentes de lo extraño”, “Mariano Picón Salas o la pasión autobiográfica”, “El huerto secreto”, “Ha muerto la poesía?: la inmensa minoría, poesía de fin de siglo, poesía y subversión”, “Las metáforas del futuro”, “Contra la lengua”, “Cuando la literatura ya no nos alcance”, “El sentido solitario de la crítica”, “La posmodernidad y sus discursos” y “Las aventuras del disimulo”.

Dada la importancia de cada uno de estos ensayos, mostraré al lector algunos fragmentos de ellos.

Buen provecho:

Los escritores no son héroes (…). El escritor es un héroe derrotado y sumido, por lo mismo, en una obstinante infelicidad (…). A partir de la infelicidad y de todas sus derivaciones secretas, surge el principio de la escritura, brota el poder de la palabra para dar testimonio de esta insoslayable pesadumbre. Con esto no quiero decir que la felicidad no sea, asimismo, un horizonte deseable en la vida y en la escritura de todo escritor (p. XI).


La relación mundo-escritor es una relación fundamentada en el miedo, la desconfianza, el odio y la segregación (…). La tragedia del escritor pertenece a un orden estrictamente espiritual (pp. XII-XIII).


Toda reflexión sobre el libro comienza por ser, de alguna manera, una reflexión sobre la memoria y también sobre el olvido (p. 1).


El libro deviene, así, en un objeto sagrado, en un artefacto cuidadoso que intenta explicar el sentido, el origen y las razones que mueven el alma atormentada de todos los pueblos (p. 3).


Como todos sabemos, la gran mayoría de las leyendas surgidas en torno al desarrollo de la colonización de América (amazonas, gigantes, animales fantásticos, riquezas insólitas, tesoros ocultos, etc.) se debieron a estas fábulas narradas en los libros de caballería. América inventada, narrada en un libro. Somos un continente que antes fue leído y escritor y que seguimos leyendo y escribiendo (p. 5).

Sigo con las citas porque bien valen la pena:

Después de muchos años soportando y padeciendo el rigor mezquino de los métodos, la implacable soledad interpretativa de las exégesis, el terror académico de los análisis literarios, pareciera que estuviésemos regresando, lentamente, a un tono y a una escritura de carácter ensayístico (p. 7).


Por lo que respecta al ensayo literario, éste sólo trata de reivindicar una serie de elementos que le son propios, vale decir, la brevedad, la audacia analítica, la parquedad, el humor, la sensualidad, las divagaciones conceptuales y la ponderada erudición. Al contrario de la crítica, sólo el ensayo es capaz de procurar en el ánimo del lector un proceso mediante el cual la escritura actúa como una sugestión infinita: no enseña, no prescribe, pero sí encanta y persuade en el placer de la letra escrita (p. 12).

(El fragmento anterior da pie para seguir en mi insistencia de afirmar que las tesis de grado, las notas críticas de algunos críticos, expertos en ladrillos y glosarios, sólo sirven para hinchar el ego de quienes las escriben y voltear los ojos de los autores “criticados”, tasados por experimentos que si bien intentan poner a pensar, hacen que el lector se aleje. De manera que no se trata de facilitarle las cosas al lector, no, se trata de que la lectura no exagere en el uso del diccionario de los métodos, en una demostración pedante de quien cree estar en un salón de clase de trigonometría verbal).

 

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Podría seguir citando a Juan Carlos Santaella. Se puede recalcar con él:

Las palabras detentan el poder, y una palabra animada por un habla prepotente y definitiva es una palabra estéril, es una palabra paradójicamente muerta (p. 16).

La lectura de este libro de ensayos del autor venezolano revisa, escudriña la conciencia de quienes aún siguen siendo los amanuenses totémicos de la escritura crítica literaria. Quienes avalados por una larga lista de términos se convierten en impenetrables fantasmas.

Bien vale la pena volver a este libro, sabrosamente escrito, bellamente escrito, de nuestro autor Juan Carlos Santaella.

Alberto Hernández
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