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Un instante de silencio en el paredón, de Imre Kertész

lunes 5 de septiembre de 2022
Imre Kertész
Kertész fue víctima de los abusos de los nazis en Hungría, su país natal.

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En los ojos de los que nos ven desde las viejas fotografías impera el horror. Desde esos ojos agónicos, desde esos esqueletos vivos, desde hombres, mujeres y niños que nos observan a través de ese mundo que nos sigue hablando, desde el silencio de sus bocas, de los olores a quemado, desde sus cuerpos mancillados, desde todo lo que siguen sintiendo aun muertos, el que los mira sabe que también está muerto, porque la muerte de aquellos seres humanos nos hace conocedores del dolor, de la eternidad de sus sufrimientos por el tiempo que estuvieron encerrados en los campos de concentración.

Los judíos y otros sufrientes de aquellos años confirman que la esperanza forma parte de un naufragio. El Holocausto, el “Endlösung” o “solución final”, “la catástrofe”, “la tragedia”, calificativos que se quedan cortos ante los eventos que se sucedieron durante la tiranía de Adolfo Hitler y sus aliados, porque las heridas jamás se cerrarán.

La “Shoá”, palabra hebrea que nombra esta terrible aventura criminal, forma parte de un acento que nos hace moldes de la tortura, de la que fueron objeto aquellos seres humanos.

En los ojos de esos hombres, mujeres y niños, está la mirada de los que aún vivimos.

 

“Un instante de silencio en el paredón”, de Imre Kertész
Un instante de silencio en el paredón (el Holocausto como cultura), de Imre Kertész (Herder, 1999).

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Imre Kertész, escritor judío, Premio Nobel de Literatura 2002, ha escrito Un instante de silencio en el paredón (el Holocausto como cultura), publicado por Editorial Herder (Barcelona, España, 1999). Un testimonio donde diez ensayos descubren la profundidad de esta tragedia que no se borrará de la memoria mientras exista sensibilidad y coherencia en el pensamiento universal.

El autor, víctima de los abusos de los nazis en Hungría, su país natal, relata los pormenores de ese sufrimiento, y lo hace desde su propia carne, desde su espíritu, desde la conmoción que todo esto causó en el mundo civilizado, en la conciencia de la fe divina, en la existencia de quienes aún viven y pueden recordar, desde ellos mismos o desde sus padres o abuelos, lo que fue aquella época, aquella Europa convertida en fosa común, en gas venenoso, en fusilamientos, en atropellos, en el odio más revelador de la torcida conducta humana de una ideología que se nutre de sus propias heces.

 

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En estos diez ensayos/conferencias, el autor húngaro despliega todo su conocimiento acerca del Holocausto, reflexiona, analiza para convertir en discusión este segmento de la historia europea que lo hicieron protagonista y observador.

Los títulos que abarcan el libro son: “Patria, hogar, país”, “Ensayo de Hamburgo”, “La vigencia de los campos”, “Sombra larga y oscura”, “El holocausto como cultura”, “¿De quién es Auschwitz?”, “Cartas a la patria”, “El intelectual superfluo”, “Weimar visible e invisible” y “Budapest, una confesión inútil”.

Para poder llegarle al espíritu de este libro, y para ofrecerle al lector parte del estilo de este hombre, pongo a su disposición segmentos de cada uno de los capítulos arriba señalados:

Después de sobrevivir al campo de concentración, esta persona volvió a aquel país ya no se sabe por qué: por el instinto del perro vagabundo tal vez, pero también quizá porque en aquellas fechas —con su cabeza de dieciséis años— consideraba ese sitio su hogar; más tarde, durante la ocupación rusa titulada socialismo, pasó cuarenta años de exilio interior en ese mismo lugar para reconocer por fin, después de la primera euforia por el vuelco de 1989, su inalterable extranjería…


…hay algo que hemos de ver con claridad: ningún totalitarismo de partido o de Estado puede existir sin la discriminación, y la forma totalitaria de la discriminación es necesariamente la matanza.


Obviamente, el ser desterrado de la existencia humana, el sufrimiento, el hambre, los trabajos forzados, el martirio, son los mismos en Recsk y en Dachau, y Kolima tampoco se distingue en este sentido de Mauthausen…


Los poetas son los legisladores del mundo.


…si bien siguen entre nosotros los supervivientes —como este que tienen ustedes delante, con unos papeles en las manos—, se mantiene alejado de nosotros como un fósil cuidadosamente preparado, como una historia definitiva y conocida en todos los detalles que con justa razón narramos empleando el pretérito de la narración.


…después de Auschwitz ya sólo pueden escribirse versos sobre Auschwitz.


Stalin seguía reservándose, por así decirlo, el derecho al genocidio; no podía querer que en su imperio se despertara cierta compasión con las posibles víctimas del futuro.

Europa y el holocausto, el holocausto y la conciencia europea están de alguna manera relacionados.

Vemos, pues, que el horror del holocausto se amplía para convertirse en el ámbito de una vivencia universal y, si no temiese ser malentendido, hasta diría: para convertirse en cultura…

Repito: el holocausto es una vivencia mundial. Y hoy en día, el pueblo judío también es una vivencia universal, renovada por el holocausto.


Cuando definía el holocausto como subcultura, es decir, como una comunidad anímica y afectiva unida por una especie de espíritu cultural, partía de esa pasión que se opone al olvido, de esa necesidad que crece cada vez más en el tiempo; y el que esa necesidad sea reconocida e incluso y finalmente incorporada por la cultura más amplia, depende de hasta qué punto resulta fundamentada.

En general, la tortura es la esencia de toda exclusividad elevada a un plano estatal, de toda dictadura que acumula el poder para convertirlo en autocracia.

Si el holocausto ha creado cultura en la actualidad —cosa que ha ocurrido sin la menor duda y sigue ocurriendo—, su literatura puede inspirarse en la sagrada Escritura y en la tragedia griega, en esas dos fuentes de la cultura europea, para que la realidad irreparable haga surgir la reparación: el espíritu, la catarsis.


Hay algo ambiguo y estremecedor en los celos con que los sobrevivientes insisten en ser los únicos propietarios de los derechos intelectuales del holocausto…

Podría contar con los dedos de las manos a los escritores que crearon una literatura verdaderamente importante a partir de la experiencia del holocausto. Un Paul Celan, un Tadeusz Borowski, un Primo Levi, un Jean Améry, una Ruth Klüger, un Claude Lanzmann o un Miklós Radnóti son fenómenos sumamente escasos.


…el 11 de abril, pasaron cuarenta y seis años desde que fui liberado en el campo de concentración de Buchenwald. En aquel momento no pensé en absoluto en el mito. Sin embargo, los vientos de la noticia mundial ya me tocaron al día siguiente al anochecer.

Los visitantes explicaban con pies y manos a los oficiales norteamericanos que ellos no sabían nada de nada. Desde entonces, la cuestión ha adquirido una dimensión universal. En mi opinión, no mentían. Durante los ocho años de existencia del campo tuvieron que ver a diario a los prisioneros enviados a trabajar, su miseria física y psíquica, pudieron oír cómo hablaban con ellos sus guardias, de tal modo que lo sabían todo; por otra parte, simplemente no tomaban conciencia de lo que sabían… Así pues, a pesar de todo no sabían nada.


…según mi experiencia, la gran mayoría de la intelectualidad húngara, para decirlo con suavidad, no ha atribuido a este acontecimiento el peso y la importancia que le corresponden, por la sencilla razón de que está ocupada en otras cosas, sobre todo en sí misma.


La infamia es, por desgracia, tan inmortal como la grandeza, y la relación entre ambas no es tan lejana como quieren hacernos creer. Goethe señaló el entusiasmo como fuente de la inspiración, pero ¿dónde va a buscar esta fuente el artista actual que en vez de entusiasmo sólo observa vergüenza, horror y angustia o incluso la negación y el rechazo absoluto?”.


No hay libro mío que no hable de algún modo de esto: del proceso forzoso y empobrecedor de la supervivencia.

 

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Este libro de Kertész es un desgarramiento. No deja de estremecer. De criticar y autocriticar. No es un libro para acariciar el dolor. Es un libro para ahondar en el dolor desde la conciencia, desde la rabia contenida, desde un intelecto lúcido, afilado, al borde de un abismo que se abstiene de no abordarlo, como hace todo sobreviviente que precia la vida pero a la que también le reclama.

Es un libro cuyo peligro está en no saber leerlo. Es un libro herido cuyas cicatrices jamás se cerrarán.

Alberto Hernández
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