
Para Astrid Salazar, creadora de sueños
No toda parábola sirve de parábola para entregarse en palabra y hacerse carne. No obstante, o mejor, todas las parábolas sirven para ser inventadas, porque toda parábola es una creación.
Y así un árbol, con su savia, corteza, ramas y hojas que, a la larga, podría mostrarse bosque u hojarasca. Y así, digo pulpa, pálpito, púlpito o palmo para revelarse papel, papiro, parte de madera que habrá de ser cartón, carta, cartapacio, cartulina, cartera; corteza ya era, y sobre él, sobre su género, las letras, el más extraordinario invento de la bestia bípeda.
Decir de manera elíptica que un libro no es un árbol, podría abastecernos de ficción. Cosa buena y contradictoria, como toda contradicción, esa de decirnos contrarios y escribir para seguir ahogados de voces desde la unidad de esos contrarios.
Vuelvo al sitio: pulpa de madera para elaborar libros con manos artesanas: ordenar páginas, graparlas, coserlas, pegarlas, amasarlas como el pan en el horno del taller, y llevarlas hasta los ojos deseosos del lector, quien, sin saber, está leyendo un árbol y, si son muchos los libros, entonces, lee el bosque completo.
Significa —digo inseguro que todo significa— como el niño que pregunta por la palabra y ésta lo descubre desde el sonido comprensible del silencio.
Y también significa un lugar, un sitio, un mapa, una geografía, un río, un océano, un llano en llamas, calles, avenidas, otra vez árboles y bestias en dos pies que calzan ciudades interminables, ciudades que se habitan ellas mismas, crecen, nacen, se suicidan, son eternas. Y finalmente, el libro nos contiene en su tapa de cartón y su esqueleto de hojas de papel que, también repito sin hacerlo, son hojas de mango, de guayaba, pecíolos o ronchas del cielo. Matas que hablan, árboles que ríen o gimen, gritan, estornudan, aman, mueren, se cuelgan de una rama y hasta resucitan con el título del libro que tenemos en las manos.
Somos todo lo anterior porque leemos el libro, las adventicias de las hojas. Es decir, la ciudad que lo respira, lo habita o lo borra.
La ciudad, ese emblema de símbolos y concreto.
Ciudad de torres, edificios, de ranchos, de miradas miserables, de gente que llora, de gente que ríe, de gente que vive, de gente que muere.
Pero no el libro, ese no muere.
Un libro es un cuerpo vivo. Anatómicamente vivo: pleno de plasma, células, detritus, heces, piernas, cintura, sexo húmedo o seco.
Esta parábola que es el mundo cuando el silencio dice otra cosa.
Pero hoy, hoy con sus horas, la Cartonera amasa el pan del libro y hace posible ante los ojos de quienes me oyen.
El cartón hecho carne de ilusión, libro.
(Texto leído en la Casa de Italia el 15 de septiembre de 2022 para celebrar la X edición de la Feria del Libro Usado de Maracay).
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