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Cantar la vida, de José Iniesta

lunes 31 de octubre de 2022
José Iniesta
Quien lee a José Iniesta se queda con los sonidos del agua, con los relámpagos de la noche, con el aroma de los patios y los olivares. Diana Duque Moros
“Es diciembre en un patio del pasado (…)
El sol, el viento, el sol / alcanzando mi cuerpo,
Sucede en otra edad, / alumbra la materia estremecida…”

José Iniesta

1

Desde la metáfora del pasado, del tiempo redimido, un niño le canta al paisaje. A todos los paisajes, los que anduvieron con él, los que se han quedado detenidos en la memoria, vivos, resurgentes, vertidos en palabras cuya belleza reluce en cada verso de las páginas de Cantar la vida, del poeta español José Iniesta, publicadas por la editorial Renacimiento en su colección Calle del Aire (Valencia, España, 2021).

Ese niño, constante en los poemas, es el hombre que hoy se anima a seguirle los pasos a cada aventura de los recuerdos, desde la figura del padre hasta la vibrante presencia del mundo en que habita: sus patios, sus árboles, los fantasmas del aire, las calles de los pueblos, la insistencia en respirar la brisa que mueve todos los sentidos para convertirlos en el cosmos de una incansable búsqueda estética.

 

(***)

 

Yo tengo siete años (…) A veces me visita aquel niño que fui (…) El niño sabe de la muerte demasiado pronto (…) El niño mira fuera / esa rama de sol.

 

(***)

 

La poesía de José Iniesta es rítmica, musical. Es una porfía que contiene toda la fuerza de la armonía sonora. Es un canto que se sostiene desde la contienda de todas las percepciones: el poema será —en el caso de Iniesta— poesía vertebrada, lista para ser cantada, y desde ese canto toda la existencia, la suya desde su yo como intemperie.

Cantar es un prodigio. Y la vida su contenido. Cantar, desde la vida que se ha vivido y hasta dejado a un lado, significa elaborar toda una estrategia para confirmar que se ha existido, y si se hace desde la poesía como escritura anímica implica dejar una marca en la memoria de quien participa en el poema, el lector. Quien lee a José Iniesta se queda con los sonidos del agua, con los relámpagos de la noche, con el aroma de los patios y los olivares, con los pasos dados por quien era su padre y habitaba la casa como una presencia inasible en el niño que lo observaba:

Mi padre se adormece en su sillón / y yo, su fantasma, soy su sombra…,

desde estas primeras palabras, el libro que hoy nos congrega nos interroga: cada verso es un desafío al tiempo que el niño como constante avisa: sigue en las páginas que son la memoria, en una conjugación de eventos, porque no sólo es cantar la vida, es también contarla.

 

“Cantar la vida”, de José Iniesta
Cantar la vida, de José Iniesta (Renacimiento, 2021). Disponible en la web de la editorial

2

Cantar la vida está dividido en tres estancias: “Inclinándome al daño”, “Tu materia salvada” y “Algo indestructible”. Tres momentos en los que la voz que recuerda desde la adultez sigue siendo el niño que ahora escribe desde la niñez recordada, añorada, pero madurada por el conocimiento del lenguaje, con una poética basada en la musicalidad, el ritmo y belleza de la vida, la ahora cantada por quien reúne todas las edades.

“El niño que fui” sigue siendo en los versos de este hombre que sueña y canta, relata, cuenta, habla, dice. Por eso expresa: “Sólo tengo palabras”, y las muestra en verso y prosa. Un verso que danza en las páginas y una prosa que anima el ritmo interior del lector, partícipe de la “Lava gramatical” en la que otros temas hacen alusión al dolor, al abandono, al sufrimiento, al hambre, por ejemplo, de Kamisa Djamaldinova.

La escritura para José Iniesta es un ritual festivo. Sus imágenes celebran con todos los sentidos. Cada bocanada de voz que sale de sus palabras descubre la gran capacidad poética de su música, de su canto, de sus ganas de vivir, de decir.

En algún texto aparece la culpa del otro, el dolor propio y el ajeno. El amor juvenil y una carta donde el niño y la muerte se encuentran atajados en muchas imágenes.

 

3

La poesía no se puede desprender de lo que el poeta o sus congéneres experimentan. El tiempo de los amantes. La figura referencial de san Juan de la Cruz en los epígrafes usados configura el germen espiritual de su poesía.

De allí, “las razones” para que ésta, la poesía, tenga en el niño la primera edad de las palabras, donde ese niño sea la biografía del que imagina: un árbol y la escuela, el amor y el miedo, el primer verso que apareció como un duende ante los ojos de quien no deja de estar en ese yo inicial.

Iniesta maneja la prosa con la fuerza del verso. Se hace prólogo en este libro para destacar esa presencia, la de él como niño asimilado en el presente.

Por eso este canto a la vida, en un infinitivo impersonal, se revela íntimo desde el primer instante de la lectura: es un homenaje a lo respirado, viajado, amado, olvidado, recordado, pensado: vivido.

Una hermosa metáfora envuelve la biografía de un hombre: la estética y la ética a través de sus palabras.

 

(***)

 

El cuerpo será el alma, lo adivinan (…) Era invierno en los bosques y en el alma (…) Sin nadie, con las nubes, en la luz. / Escribo que él / no muera nunca: / el niño en la mañana, bajo el sol, / acercándose al árbol que lo ampara (…) El niño trepa ahora a lo más alto.

Y el niño, el muchacho, el joven, el hombre cantan la vida desde la musicalidad del silencio.

Alberto Hernández
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