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40 años del Ateneo de Calabozo:
Crónica de un paisaje humano

lunes 7 de noviembre de 2022
Ateneo de Calabozo
Pese a todas las dificultades, el Ateneo de Calabozo vertió su botija de riquezas.

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A cuarenta años de distancia no es fácil —para quien porfía— desertar de la memoria, aunque ésta muchas veces se convierte en rastrojo o en simple peladero donde lamen el fuego y la lluvia. A cuatro décadas del nacimiento del Ateneo de Calabozo, luego de la Declaración de Guardatinajas, donde estuvieron presentes (unos primero y otros después) Efraín Hurtado, Salvador Garmendia, Rubén Páez, José Antonio Silva, Sara Sanz de Ceballos, Vilma Aponte de Hernández, Ofelia de Llamozas, María de Jesús Delgado, Carlos Méndez Flores y Luis Alejandro Ceballos, entre otros, después de todos ellos, la ciudad es un espejismo. Un soliloquio en el que los fantasmas suelen participar con quienes, de alguna o de todas las maneras, han desatado los demonios del abandono, del miedo y la falta de futuro vistos en calles, en el rostro de los ciudadanos, en el mismo paisaje, en la piel de las casas, en los pasos de los descalzos, en la mirada de las horas muertas.

Entonces la Villa de Todos los Santos de Calabozo era una suerte de casa de llegada, de hospicio, en la que todos los pensamientos, todos los colores y climas humanos proponían la belleza como única alternativa para mantener viva la alegría y las ganas de hacer. Claro que hubo tropiezos, inquinas, maltratos, malas palabras, traiciones e indelicadas proezas para que la casa del poeta no fuera cedida a la ciudadanía como herencia contenida en los versos de Pancho Lazo.

A pesar de todo eso, el Ateneo se levantó con sus hombres y mujeres. Pese a todo eso, el Ateneo de Calabozo vertió su botija de riquezas para que la gente de a pie, los que andan y desandan las calles de la ciudad, pudiera verse en las palabras de sus poetas, en la pintura de sus artistas plásticos, en las fotografías de sus gráficos, en el desplazamiento y diálogos de su teatro, en la danza de sus ejecutantes, en la polifonía de sus coros, en el visible resaltar de sus hijos que viven o vivían fuera de sus fronteras.

A cuarenta años de distancia, la casa de Francisco Lazo Martí sigue en el mismo sitio.

A cuarenta años de distancia el país es otro. La ciudad también: su gente sigue con el mismo trajín, pero con la mirada puesta en la posibilidad de que todo cambie para bien. De que todo sea un nuevo amanecer.

A cuarenta años de distancia, la casa de Francisco Lazo Martí sigue en el mismo sitio, a la espera de que toda la ciudadanía meta sus manos y amores para volver a ser el lugar donde se respiraba la belleza, donde los libros allí guardados sean tomados con la felicidad de todos los sentidos.

La historia es larga. El tiempo se congela en la memoria. Nada se apaga.

Y ahora a esa distancia, en este XVI Encuentro de Cronistas e Historiadores, vuelve a ser voz en la voz de quienes se la dan para que hable, para que diga lo que ha hecho, lo que podría haber hecho y lo que no pudo hacer y se podría hacer en el futuro si el mundo deja de girar de la manera que lo ha hecho en estos últimos veintidós años de lamentos, separaciones, exilio, agonía y muertes.

 

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La ciudad se pasea en los rostros de sus hombres y mujeres. En los espacios abiertos, en las hermosas casas silenciosas, en la humildad de sus oraciones elevadas al cielo. En el todo que se convierte algunas veces en el abismo que llevamos en el alma. Pero la insistencia es la misma: el espíritu de los creadores del Ateneo de Calabozo continúa vivo, sus nombres han quedado calcados en todos los ámbitos de la santidad de esta ciudad que porfía, que, como afirma Lucas Guillermo Castillo Lara como título, El derecho de existir bajo el sol, se confirma sintaxis de estos cuarenta años que han sido parte sustantiva y sustancial de Calabozo.

La mitad de esta vida ha sido cercenada. A más de veinte años unos que llegaron escandalosamente cerraron las posibilidades de que siguieran la alegría, los cantos, la poesía, la vida plena. Pero quedan la insistencia, las ganas de seguir pese a todo, como hemos ya dicho.

El paisaje que vemos, el humano, es el más decidor. Desde la soledad, desde el silencio, se macera el tiempo que habrá de venir. Y allí seguirá estando el Ateneo en el eco de quienes están y de los que ya no están.

El paisaje, el retrato que nos avista desde la quietud, representa el empuje de lo que habrá de venir: la apertura total de la casa donde habitan en este instante el silencio y el despojo, toda vez que los recursos fueron quebrantados.

Calabozo ambula como toda Venezuela por calles y avenidas, por callejones a veces sin salida, otras con la fuerza puesta en el empuje que habrá de abrir todos los caminos.

 

Ese pasado contado por el poeta descubre el deseo de que Calabozo no sea esa cárcel, esa celda.

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Ese paisaje, ese paisanaje, ese país local y regional, esa represa, ese llano inmenso, esos arrozales, esas iglesias, calles y casas coloniales, esos rostros, habitan en el deseo de los personajes que una vez asomara Efraín Hurtado en su poesía, en la que la Villa de Todos los Santos es la ofrenda:

Calabozo

En un barracón de sabana los capuchinos instalaron la misión de arriba de Nuestra Señora de los Ángeles, porque abriendo pica por medio de esos bruscales se viajaba hacia el centro y un poco más al sur fundaron la misión de debajo de La Santísima Trinidad. Entre las dos misiones armaron un tinglado donde encerraban a los indios cimarrones que intentaban fugarse. Las casas se fueron alargando en torno a ese lugar hasta que lo nombraron Calabozo. En los cruces la gente comenzó a hablar del punto próspero por la pesa de ganado que allí se realizaba, que era como decir que la primera cárcel había aumentado el número de celdas.

Ese pasado contado por el poeta descubre el deseo de que Calabozo no sea esa cárcel, esa celda, y que sea su gente, la geometría humana, la anatomía de su cielo, el paisaje humano más cerca de lo humano, la que forje con su talento y laboriosidad la ciudad que se aspira a celebrar, la que hoy es un dolor en el costado.

El mismo poeta Efraín Hurtado los nombra en el pasado reciente, el que él vivió y sacó del anonimato. Son nombres borrosos, perdidos en la memoria de quienes respiran los actuales aires de esta tierra.

Así: Oronoz, Barbarita Rivero, el negro Pérez, Trifón Oliveros, Rosendo Salazar, el padre Cayetano, Macario Lezama, Melecio, monseñor Lazo, Eduvigis Oviedo, Tobías, Marcelo Acosta, Melecio Farfán, Eudogia Santos, Felícitas Campos, monseñor Sendrea, Baldomero Navas, Nicasio Ledezma, Rosenda Pérez, José María, Piquijuye, Idelfondo Veitia, Buenaventura Ríos, Serviliana, misia Silveira Esteves, Nicolás Guardajumo y todos los demás que quepan en la memoria.

Esos personajes atajados en poemas y relatos que Efraín dejó en sus libros son los que ahora andan y desandan las calles de estos días de agobios. Pero también los que andan en los pasos, por ejemplo, de mi abuelo de Guardatinajas Andrés Etanislao Delgado Jiménez, vestido de liquilique y alpargatas por estas calles soleadas; en los de mi padrino Rubén López Rojas, en los del doctor Rafael Lamardo, en los de Freddy Núñez, en los de Antonio Estévez Aponte y Raúl Delgado Estévez, en los de Álvaro Hernández, en los de Gisela Egui, en los de José Antonio Silva Agudelo. Y así en los tantos más que mi mirada no alcanza.

Todos fueron y son la frecuencia del Ateneo de Calabozo, como protagonistas o como espectadores, luego de cuarenta años de caminos.

Y así, en una calle, la figura del poeta calaboceño Etanislao Delgado, mi primo, el bello caballero de la palabra que el llano consumió luego de su vida universitaria en Mérida. El poeta que hoy celebramos, el poeta que tuvo como padre a Segundo Delgado, a quien vi en sus últimas horas un día en compañía de mi tía Carmen Delgado de Acosta.

Me perdonan mi presencia familiar en esta crónica, pero como calaboceño nombro a mis calaboceños de sangre y huesos. La savia de mi herencia.

Ellos y muchos más forman parte de este mapa, de esa humanidad generosa que ha hecho de Calabozo un sembradío de amores, inteligencias y fraternidades.

 

Veo a muchos de esos personajes, los que Efraín forjó en sus textos y los que hemos vivido desde hace cuarenta o más años caminar por las calles de la ciudad.

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Esta crónica imagina y me imagina. Veo a muchos de esos personajes, los que Efraín forjó en sus textos y los que hemos vivido desde hace cuarenta o más años caminar por las calles de la ciudad. Fajarse bajo el sol frente a la Catedral, recostados de las rejas antiguas de la plaza Bolívar. Mirar hacia la carrera 12 y voltear hacia la calle 4, en esquina, donde hay para ese tiempo una refresquería, heladería y venta de emparedados. Allí se reunía la muchachada. Allí envejecieron y se vieron sorprendidos por la desaparición del negocio.

Habría que preguntarse por dónde andan esos espíritus, por dónde se vacilan la eternidad. Entonces Calabozo es el reservorio de tantos recuerdos, de siglos de andanzas, de años largos para la construcción de edificios, casonas e iglesias. Y pasarían otros siglos más para el nacimiento de Francisco Lazo Martí, quien ha sido el legado de esas épocas perdidas, añoradas o sufridas.

Quiero dejar estas palabras de Lucas Guillermo Castillo Lara en estas líneas:

El 13 de abril de 1723 se celebraba el primer bautismo en la Misión de Nuestra Señora de los Ángeles y al día siguiente, 14 del mismo mes, se hacía lo propio en la Santísima Trinidad (p. 41).

Con esa ceremonia religiosa se apuntala la creencia de que Calabozo sería una fuente de santidad, razón por la cual su vocativo alerta contra la oscuridad, contra la niebla que pueda ocultar el paisaje humano de esta comarca donde hombres y mujeres han fundado hace cuarenta años un espacio para la amistad, la belleza, la creación y la esperanza.

La casa que recoge estas aspiraciones sigue allí. Es la misma calle por donde el poeta Efraín Hurtado y el también poeta recién fallecido Etanislao Delgado adivinaban las horas y recorrían las tardes en medio de las nebulosas que el llano propicia.

Con esta muy personal escritura celebro este encuentro para también celebrar y conmemorar la presencia de quienes nos han dado tanto.

(Texto para celebrar el XVI Encuentro de Cronistas e Historiadores en la ciudad de Calabozo, octubre de 2022)

Alberto Hernández
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