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El pronombre de tus labios, de José Ygnacio Ochoa

lunes 27 de marzo de 2023
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“El pronombre de tus labios”, de José Ygnacio Ochoa
El pronombre de tus labios, de José Ygnacio Ochoa (Estival, 2022).

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Martín Vargas Quintero escribe unas historias disímiles. Lo confiesa el narrador casi al final de todas esas aventuras eróticas en las que quienes transitan desaparecen sin dejar rastro. Cada cuento es un fragmento de lo que Martín Vargas Quintero imagina y se cuenta, recuenta y descuenta y comparte en parte con Otamendi y los demás actantes que le dan forma a este libro de cuentos titulado El pronombre de tus labios, bello título favorecido por varias novelas en una que se construyen en varios relatos en el interior mismo de un libro de cuentos donde participan muchísimos referentes, invitados especiales de las letras que consiguen ser intertítulos de historias en las que esos nombres aludidos poco tienen que ver con los relatos mismos, pero sí con algunos desmanes en los que el narrador incurre para hacer del lector un despistado. En tal sentido, José Ygnacio Ochoa, el creador de estas noveletas inconclusas, ha logrado su objetivo: deja al lector con más ganas de saber de las tantísimas mujeres que han pasado por las manos del narrador, que no es en este caso Ochoa, sino sus diferentes alter ego a quienes vacía como despojados de personalidad propia.

Para comenzar otra vez, El pronombre de tus labios es un hermoso verso suelto y solitario que nos alista para entrarle a un libro de amorosos destellos, que es más erótico que amoroso, y aquí que me perdone Jaime Sabines, porque en el caso que nos concierne, nuestro autor (ahora no el narrador) sucumbe ante el deseo y nos deja dilatarnos y deslastrarnos: quien lea este volumen podrá darse cuenta de quién es él como lector. Ochoa lo convierte en responsable de sus actos y de culpable de algo. Y todo porque son tantas las mujeres que ninguna se deja marcar por el compromiso: son mujeres sueltas, libres, bellas o no, aunque todas lo son, es decir, bellas, deseadas, buenotas. Sí, son mujeres que ocupan todo el espacio narrativo y se conjugan con el roce —el beso como amago— que el autor usa para establecerse con algunos autores literarios.

 

José Ygnacio Ochoa se vale de personajes reales que luego no existen en la mayoría de sus relatos.

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Digamos, sin temor a fallar, que quien relata cada cuento es la misma persona. Afirmemos que el narrador se desnuda en Martín Vargas Quintero. Pasa la voz a Otamendi o a algún desconocido —tácitamente inédito— para columbrar su objetivo: contar, relatar, narrar lo que él califica de historias disímiles. Pero vayamos al índice y podremos sentir lo que el autor de estas páginas (Ochoa) para enterarnos de la sabrosa trampa —delito incuestionable— de regalarnos títulos que luego se desenfundan en otras historias, como para aproximarnos a un símbolo, a un presente al nombrar a quienes queremos saber de su participación en estas veladas lectoras.

¿Metaliteratura? Bueno, toda literatura va más allá de ella misma. Aquí nos regodeamos al usar la palabra de aula de clases: José Ygnacio Ochoa se vale de personajes reales que luego no existen en la mayoría de sus relatos. Son detalles para hacer saber que se trata de un libro donde se tributan reconocimientos. Los autores son convertidos en personajes, como María Auxiliadora Álvarez, Márgara Russotto, quien esto escribe a través de una de sus obras, y en los vocativos Rafael Cadenas, Bolaño, Barthes, entre otros.

 

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Vayamos, entonces, al índice, donde disfrutaremos también de la osadía de nuestro autor:

  • Maurice Blanchot y Sade
  • Barthes, el asesor
  • Barthes y el ritmo
  • Bolaño y la exposición
  • Epístola para Rafael Cadenas
  • Huellas de Rimbaud
  • La gramática y Aristóteles
  • Epístola para María Auxiliadora Álvarez

¿Qué hacen esos personajes en estos cuentos? ¿Referentes, fantasmas, duendes? No aparecen ejerciendo acción alguna, a simple vista el título los menciona, pero en el texto no tienen participación directa. Sólo María Auxiliadora Álvarez interactúa en la anécdota de uno de los cuentos.

Para el lector no precavido, podría tratarse de una confusión, de un yerro del autor. Es una provocación, un juego donde seguramente habrá algún motivo, un detalle que identifique a los autores mencionados. En este juego es bueno caer, por inocente o por curioso, pero es bueno caer en esta farsa que contiene una poética, una razón de ser y no ser. To be or not to be. La cuestión está en saber que los autores nombrados también son pronombres, ajustados a sus nombres propios, pero son las mujeres las que ostentan los labios para el beso, para la modulación, la dicción y hasta el acento con que se promulga la historia.

Un fisgón, un voyerista, nos guía los pasos de esta lectura.

Alberto Hernández
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