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París siempre valía la pena, de Alejandro Padrón

lunes 8 de mayo de 2023
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“París siempre valía la pena”, de Alejandro Padrón
París siempre valía la pena, de Alejandro Padrón (Kalathos, 2021). Disponible en Amazon
Te pido que entres en tu vida.
Te ruego aprender a decir “yo”
cuando yo te interrogue.
Pues no eres parte, sino todo,
no porción, sino ser.
Ezra Pound

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Frente a la computadora, Alejandro Padrón imagina a Max Sterling, quien ante su máquina de escribir se descubre novelista a través del primero en tiempo continuo, como si París no parase de ser una fiesta, una confesión o un descubrimiento. De esta manera, novela dentro de la novela: novela útero que remite a personajes reflejos que ambulan por la capital de Francia describiendo sus vidas y paseando la mirada fotográfica por los sitios donde dejaron sus anhelos, tropiezos, yerros, éxitos, sus obras, sus desechos y bohemias, mientras en el espíritu ambulante de Ernest Hemingway pujaban todos los sentidos y sinsentidos en búsqueda permanente de la fama, de un nombre que a la larga lo convertiría en un escritor reconocido y, como todo fabulador, lleno de fantasmas, invadido por sus propios demonios, por sus ángeles desplumados al final de su carrera vital.

París siempre valía la pena es un juego/espejo con el título de París era una fiesta, la novela del escritor americano en la que se desarrollan todas las aventuras de aquella generación que Gertrude Stein bautizó como “perdida”, aunque haya dejado obras fundamentales para las letras del mundo.

Sterling, un sujeto de ficción, tomado en préstamo —el nombre— de un personaje de la serie Robotech (¿habrá otro Sterling en contexto invisible?), se convierte en una suerte de biógrafo de Hemingway, pero siempre habrá un ojo narrador que advierte de la presencia de otro sujeto, que en realidad es Alejandro Padrón, mutado en personaje/narrador que “trabaja” como espía reportero gracias a su cámara fotográfica. Nicka Dams, también fotógrafa, es otro personaje reflejo, puesto que se vale de la identificación de Nick Adams, personaje del libro de cuentos del autor norteamericano publicado en 1972. El mencionado libro de relatos autobiográficos lleva por título Nick Adams. De manera que Adams es también Ernest. O su reflejo. En tal sentido, se trata de una novela en la que todos se espían para desentrañar los secretos y la vida cotidiana y literaria de quien luego, años después, ya ido de París, gana el Premio Nobel de Literatura.

Esta es una novela de técnicas. Nuestro autor la trabaja desde personajes que se desdoblan, que se posesionan del otro para revelarlo. Hemingway es el blanco de todos los disparos de cámaras fotográficas, la de Nicka Dams y la del mismo latinoamericano que registra los lugares por donde pasó el novelista. Y Sterling es el receptor confesor, quien se informa de los defectos y aciertos del sujeto protagónico. Suerte de piloto consagrado a conducir a quien en su juventud andaba como extraviado, lleno de un ego que se convirtió en su primer enemigo, toda vez que lo usó para traicionar a todos a quienes lo ayudaron a escalar posiciones en el mundo literario francés y norteamericano.

 

Padrón crea a un novelista desde su perspectiva de novelista y funda una teoría: engaña al lector porque quien “escribe” la novela no existe sino en la imaginación del narrador real.

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Así, Padrón crea a un novelista desde su perspectiva de novelista y funda una teoría: engaña al lector porque quien “escribe” la novela no existe sino en la imaginación del narrador real. De modo que hay un narrador ficticio que encara al narrador dueño de las páginas que ha escrito con la ayuda de la imaginación. Las pistas las da el mismo Sterling en una suerte de prólogo o proemio, en la dedicatoria y durante el desarrollo de la pieza en la que se muestra narrador testigo y protagonista, aunque a veces se asoma endiosado por el conocimiento íntimo que tiene del sujeto Ernest. Así, Padrón nos espía como lectores, nos pone a prueba y nos lleva de la mano por la vida desordenada, bohemia, alcohólica y arrogante de un escritor joven que terminamos leyendo ya maduro, cuando su obra, fuera de esta novela, se ha consolidado.

El narrador construye a los personajes en la medida en que éstos van desenlazando la historia, trazo a trazo: la biografía de Hemingway es también la de todos los personajes secundarios y referenciales. Cada uno de ellos es retratado por un narrador que forma parte del juego, del mosaico de comportamientos: Sterling y “Padrón” (lo entrecomillo para darle la libertad de objetar desde la misma novela como personaje oculto) se mueven entre capítulos. A veces relata Sterling, otras le permiten a Nicka Dams ser narradora de su propia aventura persecutoria: ella es una teoría elucubrante. Ella representa un símbolo de la fama que va adquiriendo Ernest. Ella es el fantasma que habrá de acosarlo siempre. Ella será una suerte de fracaso, porque a pesar de que logra encontrarlo y retratarlo, sigue siendo huidizo. Imagina un coito, se masturba. Tiene a París como el gran órgano sexual que representa el grandulón de Ernest Hemingway, el hombre que boxea, al que le gustan los deportes rudos, el que disfruta cazar, el que viaja y escribe reportajes periodísticos para varios medios americanos o europeos. Es decir, el hombre de mundo que ella admira desde su perfil de personaje de ficción con rasgos de duende: ella es un símbolo en permanente búsqueda. Su propia búsqueda.

 

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Como afirma Alicia Perdomo en un trabajo sobre la novela Ojo de pez, de la venezolana Antonieta Madrid: “La estructura de los relatos está basada en un juego de piezas”. Y, en efecto, esta novela de Padrón fue armada mediante cuentos que podrían leerse de manera autónoma. Cada relato es una novela en ciernes. De cada uno de ellos se desprende la totalidad, y como igualmente afirma la profesora Perdomo: “El espejo es la isotopía narrativa”.

Todos los personajes que habitan esta novela de Padrón son reflejos. El mismo autor vive en la novela como un espía que revisa cada vida del pasado del novelista americano. Los narradores que aquí “trabajan” fragmentan la vida de Hemingway para que el lector pueda armarlo desde sus diferentes perfiles. Esa isotopía podría mostrar rasgos imposibles de probar, cosa válida porque se trata de una ficción. Además, la novela cuenta lo que Hemingway dejó fuera en su libro de memorias A Moveable Feast (título original de París era una fiesta), donde ataca a muchos de los amigos que lo ayudaron a ser lo que fue.

 

El proemio, escrito por Max Sterling en Nueva York en abril de 1963, le da un toque de verosimilitud a lo que vendrá como historia.

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Sesenta y un capítulos que incluyen un proemio y una nota final. Todos esos segmentos hacen la novela. El proemio, escrito por Max Sterling en Nueva York en abril de 1963, le da un toque de verosimilitud a lo que vendrá como historia, lo que la hace más sospechosa (en el fondo eso es lo que siempre anhela un novelista, crear la duda, porque la verdad literaria no existe. Todo artista es un embaucador). Pero un poco antes, el autor (el verdadero aunque Sterling lo niegue y se pelee con Padrón, porque siendo ambos de ficción o personajes de novela pueden hacerlo, contradecirse) deja escrito un texto donde afirma: “El escritor posee siempre sus fetiches literarios y en mi caso uno de ellos era ese libro al que volvía una y otra vez…”.

El lector puede volver a la duda: ¿fue Padrón o fue Sterling? Bueno, ya no importa. Se trata de una ficción que maravilla el ojo imaginario de quien lee.

Alejandro Padrón lo ha logrado: se ha inventado al lado de sus personajes. Y eso afina la inteligencia de quien lo lee.

 

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Los personajes que viajan en esta novela, entre protagonista, secundarios y referenciales, son, entre otros: Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Ford Madox Fox, Sherwood Anderson, Gertrude Stein, Ezra Pound, James Joyce, Robert McAlmon, William Carlos Williams, Sylvia Beach (propietaria de la legendaria librería parisina Shakespeare and Co.), Joan Miró, Pablo Picasso, Matisse, Gauguin, Cézanne, Walter Benjamin, T. S. Eliot, Georges, el barman. Podríamos afirmar que Sterling es un personaje que actúa como alter ego del narrador de la novela, en este caso, el que firma como Alejandro Padrón en la portada del libro, pero que funge como personaje oculto en la figura del “latinoamericano”, otro fotógrafo que anda a la caza de los lugares históricos por donde pasó el autor de París era una fiesta.

 

Tanto Ernest Hemingway como Nicka Dams son personajes espiados por Sterling y el latinoamericano.


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La presencia de los narradores se advierte en primera o tercera personas. Sterling narra en primera, como también lo hace Nicka Dams. Y a la vez el primero en tercera cuando espía a Dams. Tanto Ernest Hemingway como Nicka Dams son personajes espiados por Sterling y el latinoamericano. Y Dams es personaje vigilante, acosador, insistente. También prisionera: “No importa, has quedado atrapada en mi relato”, afirma el joven que escribe, quien no es otro que Max Sterling, máscara de Alejandro Padrón, aunque como narrador puede negarlo porque en la novela como en toda obra de creación todo es posible. Padrón es narrador disfrazado y fotógrafo “latinoamericano”.

Entre las imágenes que toma como gráfico están: la casa donde vivió Gertrude Stein, la placa que la identifica como écrivain américain en la pared de la mencionada casa. La fachada del hotel donde se hospedó Hemingway con su esposa y la placa que lo recuerda. También la fachada del edificio donde luego moraron en la rue Cardinal Lemoine. La fachada de la que fue la segunda sede de la librería Shakespeare and Co., la placa que afirma que “en 1922, en esta casa la señorita Sylvia Beach publicó Ulises, de James Joyce”. La fachada de la sede actual de la mencionada librería. Fachada de la panadería ubicada en el Nº 151 del bulevar Montparnasse, donde solía ir el escritor americano. Entrada del edificio donde viviera el poeta Ezra Pound en Notre Dame des Champs. Fachada del edificio donde viviera el novelista Scott Fitzgerald y su esposa. La vieja Biblioteca Nacional de París y su entrada principal por la rue Richelieu. Plazoleta del Sena. El hotel Ritz. Busto de Hemingway en el citado hotel. El bar Hemingway del Ritz.

Esas imágenes son la otra novela: la gráfica, la imagen urbana donde se desarrollaron muchas aventuras literarias, personales, amorosas, despedidas, devaneos, espionajes…

 

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Esta novela de Alejandro Padrón revela una vez más la calidad creativa del autor oriental venezolano, quien viviera en Mérida y ahora está radicado en Barcelona, España, donde hace vida cultural.

Alberto Hernández
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