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La caída natural, de Graciela Yáñez Vicentini

lunes 27 de noviembre de 2023
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“La caída natural”, de Graciela Yáñez Vicentini
La caída natural, de Graciela Yáñez Vicentini (Dcir Ediciones, 2023).
Un astro estalla en una pequeña plaza y un pájaro pierde los ojos y cae.
(…)
¿Qué es lo que llega, lo que se precipita desde arriba y llena de sangre las hojas y de dorados escombros las calles?
Blanca Varela

1

El libro es un árbol cargado de frutos. Es un árbol en medio de un jardín cuyo corazón se abrevia en los poemas que su autora, Graciela Yáñez Vicentini, ha escrito para descubrirnos esa suerte de paraíso terrenal (perdido y en permanente búsqueda) que, desde el sabor y saber de la fruta —la lengua—, el lector sabrá apreciar en cada uno de los textos aquí revisados, avisados, tenidos en cuenta, cada vez que el árbol del poema deje caer naturalmente el fruto de su contenido.

Es la manzana el fruto originario. Fruto de la tentación, el de la caída que produjo la pérdida de ese lugar edénico que se convirtió en mundo, en comarca donde otros, marcados o no por algún estigma, recorrieron diversos tiempos y paisajes y se hicieron personajes de su propia tentación.

Es la manzana que cae naturalmente y sostiene la metáfora de la pérdida o el encuentro. La voz del poema se comparte con alguien que insiste en la escritura de la poesía y se imbrica en el deseo, en un amor devenido frecuencia cercana, revelación o misterio.

Leer este libro convierte al lector en un sujeto de perfil dudoso, toda vez que podría desatender la lectura e imaginar más allá de lo que está esculcando. Es decir, irse del libro y crear otro poema: uno que establezca una relación distante entre el que contiene estas páginas y el que quien lee reinventa, desde su condición de visionario, otro universo. Por eso podrían aparecer muchas preguntas y lecturas acerca de la intención de esta escritura. Una de ellas: ¿intenta la poeta reconstruir otro paraíso desde el significado del fruto de la discordia, del fruto que dislocó el origen de todo? Esa podría ser una mirada, pero también ir más allá: los poemas son variadas alusiones a un tema que se multiplica en muchas perspectivas, derivaciones en la que la poesía es parte del eslabón de todos los misterios.

Una manzana —la imagen del fruto— ha abierto la espita para entrar en un jardín donde la palabra protagoniza su poder.

 

2

Entro en el jardín con esta escritura:

…y en mis procesos de disección, / que me tragaba la podredumbre // hasta el fondo // y no sentí el veneno de la fruta agria / hasta que me congeló —completo— / el corazón // Confié en mis ojos hasta que dejé de ver.

El corazón, la fruta caída, la analogía de un final que termina en la ceguera, en la oscuridad, mientras el árbol imaginado, la metáfora del todo, de ese todo que cae sobre los escombros, sobre la podredumbre, sobre el cuerpo cantado, el del corazón “siempre abierto sobre la mesa”.

Y de pronto, la dificultad para llegar al afecto, ese decir que “no me enamoro fácil / ni con frecuencia”, mientras la fruta, en el suelo, madura, se pudre.

¿Qué hay detrás de esta imagen, la del fruto caído?

La presencia de un cuerpo. La reiterada presunción de que se es cuerpo vivo mientras pasa el tiempo, mientras el tiempo nos invade pleno, éste, el cuerpo, de deseo, en medio de la soledad:

desde que no estás / mi cuerpo vuelve a su habitual inercia…

Ese símbolo nutricio que es el fruto consiste en cuerpo devenido, en el deseo amoroso u ontológico, en palabras; por eso “el poema ya no se reescribe cada noche”, sino que es siempre desde el “voto sagrado” de una “amenaza”.

La voz poética recurre a la compañía de Hanni Ossott, Sylvia Plath y Martha Kornblith, frutos caídos o arrancados por propia mano, para que el poema continúe siendo, pese a “esta resistencia a escribir” o “llorar con cualquier poema”, mientras se “pasa la vida sin atisbo de avidez…”.

O de Clarice Lispector como refugio para continuar el riesgo de una escritura, porque toda escritura es riesgosa.

No obstante, “la resistencia cede, / y el poema asoma, / y la sed…”.

 

3

Podríamos afirmar que se trata de un avistamiento del poema entre el deseo de ser o el no estar. Ellas, las poetas mencionadas, poemas ellas mismas desde su decisión de no estar, fecundan el árbol que enfrutece el poema. Yáñez Vicentini recorre una historia íntima en la que su escritura se revela como parte de una herencia, como un legado recibido desde la mesura de saber respirar las palabras, de saberse parte de una historia que se comparte a través de la poesía como fuerza inagotable.

 

4

La poeta es su poema, el ella, y los poemas que de los otros —o el otro— escribe. La fruta, signo y símbolo de este viaje poético, fragua su propia existencia, la que termina, como toda biología, en el desgaste. Su caída, naturalmente, no es una naturaleza muerta, toda vez que su representación continúa siendo verbo, palabra, poema, y dada su estética, poesía. Por eso el poema dice sin ambages:

Es fácil detectar la fruta podrida / Uno la ve irradiando podredumbre

(…)

La peste // se arraiga.

He aquí una proyección de lo que siente y mira quien describe el afuera: la fruta, símbolo de lo que ocurre, es signo de lo que podría representar. Ser y decir. Predecir. Saber que la “fruta” se perderá, como el jardín y el mismo corazón. El árbol espera la carga para saber de la caída. Hay un futuro en el ser.

esa caída tan / desposeída y / originaria en que / cae la fruta en / la mano abierta y / basta un mordisco así…

La mano que recibe el fruto queda en el cuadro bíblico, “para que yo también / pase a ser / parte de // la misma fruta // se cae ella y / también me caigo / yo // (en la caída natural de aquella fruta) / tan mía / ella / y yo / también / tan suya”.

Una nueva Eva, una Eva frutal tan de siempre, absoluta en el tiempo. Al caer la manzana, cae quien la atrapa. Por eso, para salvar el instante: “A veces sólo es preciso / llegar / al corazón de la fruta”.

 

5

El corazón, la última estación del libro, luego de ocurrir por el jardín y la fruta misma, descubre la insistencia en la escritura, en seguir luchando contra el silencio. Escribir es un acto peligroso, pero necesario.

Nadie te puso una pistola en la frente / para que te dedicaras a escribir…

Pasa que la pistola es la misma escritura. Es un desafío. Una amenaza, a veces un veneno, un corte o varios en las venas. La llave para ingresar a la muerte desde el poema. Una estética en la que Clarice Lispector aparece de perfil.

La forma del poema, quebrado, ocupando todo el espacio de la página, como una fruta abierta que crece en su jardín, en el corazón de un jardín. La estructura, la autonomía de las voces que lo recorren. Las ansias de caer naturalmente y seguir palpitando.

 

6

Rastros epigráficos en el inicio de cada estación. Cada voz ajena, en español o en inglés, intentan resolverse en cada texto de la autora.

Los problemas nunca se resuelven, son continuos: un poema es un asunto, una duda, una incógnita, que no logran nunca solucionarse, podría insolverse, borrarse, quedarse en la lectura como ensueño. Como un reto.

Este libro, como otros, crea un problema, es un ejercicio dilemático, por tanto no se puede resolver: una escritura que valga la pena es eso, una mirada oblicua que se ampara en la invención del lector como crítico del significante.

Este cuerpo textual, este corpus poético, es una porción reflexionada de un tema que se amplía en la medida en que se continúa leyendo sobre la base de un concepto, la estructura misma como esencia. Es un texto que se “improvisa” desde su propia concepción. Todo texto, en definitiva, es una improvisación basada en la memoria, por eso relata desde las imágenes: cuerpo, fruta, corazón, para demostrarse como ilimitado en un espacio, sobre todo en los textos que se hacen finales en el libro. Un poema en prosa (“La amenaza”) deriva en “mi voto sagrado”, la marca de quien atrapa la fruta y la muerde.

 

7

(Veo una foto de Graciela Yáñez Vicentini, tomada por Karim Dannery, donde la autora mira caer la mirada, tan naturalmente como la manzana, signo y símbolo de la quietud en la misma imagen).

Alberto Hernández

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