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Cálidas ruinas, de Rubi Guerra, o las soledades de Medina

lunes 22 de enero de 2024
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Rubi Guerra
Rubi Guerra es preciso en su escritura y construye sus personajes desde una realidad que se convierte en universo ficcional gracias a la calidad de su lenguaje. Vasco Szinetar

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Medina recorre su vida a través de una ciudad donde los personajes, los más cercanos a él afectivamente, son ecos referenciales. El mismo carece de un nombre. De un sustantivo común que lo identifique y lo mencione familiarmente. Es sólo Medina, un apellido recorrido por una ciudad de la costa donde dos o más detalles le dicen al lector que se trata de Cumaná: el terremoto de 1929 y la iglesia de Santa Inés.

Medina está casado con una enfermera. Se trata de una relación que no funciona. Ya no hay sexo. Medina imagina el sexo en los sueños, hasta que un día, ya al final de la historia, decide marcharse.

Pero, siempre la duda, sus cosas, sus escritos, dejados en la casa…

Medina es un periodista con el empeño de escribir una novela.

Mientras tanto, la ansiada novela sólo ha avanzado unas pocas cuartillas, muy pocas.

Medina tiene pocos amigos. Su primera soledad está en la que es su esposa. Vive en soledad con ella. Y es sólo ella, no tiene nombre. Medina no la nombra. Es Ella, la mujer, la esposa, la que trabaja en un hospital. Es una sombra. Una teta que se sueña. Que él sueña en otra.

En esta soledad también está su fracaso.

El deseo carnal del hombre, de Medina, se centra en la imaginación: poco pone en práctica su cuerpo. En algunas ocasiones reales el erotismo manifiesta que Medina está vivo, porque su pene se alborota. Con su esposa, en la cama, ambos de espalda mientras la tierra gira. Y en la mañana, se prepara el café y el desayuno y luego se va a la redacción del periódico.

Mientras tanto, la ansiada novela sólo ha avanzado unas pocas cuartillas, muy pocas.

 

“Cálidas ruinas”, de Rubi Guerra
Cálidas ruinas, de Rubi Guerra (Monroy Editor, 2023). Disponible en Amazon

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La segunda soledad de Medina está en su trabajo. Tiene un jefe y un compañero, un alcohólico que también atraviesa el tiempo del fracaso. Un viejo periodista que se queda dormido en los bares mientras cuenta las tragedias ajenas y aconseja. Es Martínez, otro personaje sin nombre de pila.

Esta instancia, este momento de su vida, es bastante gris. Como periodista no destaca. El narrador no frecuenta en las líneas qué escribe Medina en su trabajo. Esta soledad mantiene al personaje sujeto a los encuentros con Martínez, el otro solitario, el otro fracasado en una ciudad donde la desolación es una costumbre.

 

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La tercera soledad es la literaria. La novela de Medina se queda en un cuaderno de tapas azules. No avanza. Dos momentos, uno donde Manuel Villar, suerte de mentor, también fracasado, mujeriego y lector impenitente, ayuda a Medina a leer desde muy joven y lo alienta un poco más tarde a escribir la novela que no termina de avanzar. Es la novela de su propia existencia: extraviada en una ciudad donde se siente que el tiempo no avanza o al menos no se siente que avanza, como la novela de Medina.

Manuel Villar termina derrotado por él mismo. Inconcluso, como un personaje de Kafka.

Medina, como un personaje de Onetti.

 

Los demás son como fantasmas. Se mueven sin sus nombres, en plena soledad verbal, como parte del manuscrito que una vez rompió o guardó Medina.

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La cuarta soledad es la ciudad que habita entre sujetos que se mueven en su cercanía, pero que no nombra, a excepción de Martínez, Manuel Villar, Hilda, la adolescente que lo erotiza; la casquivana Marina Lanza, un amor que va y viene; los Lanza, (Hernández) entre paréntesis, como una sombra invitada; Isaías y Raúl, el hermano, hijo del padre “sinvergüenza” que el mismo Medina califica sin ningún recato.

Los demás son como fantasmas. Se mueven sin sus nombres, en plena soledad verbal, como parte del manuscrito que una vez rompió o guardó Medina, asomo de novela en la que Villar aparece como personaje. O él mismo, una autobiografía inconclusa, un llamado kafkiano.

Medina no encuentra sosiego. Se aventura carnalmente, pero no logra alcanzar lo que sueña.

 

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Rubi Guerra es preciso en su escritura. Narra con elegancia. Se sumerge en los personajes. Los construye desde una realidad que se convierte en universo ficcional gracias a la calidad de su lenguaje, al imaginario que la ciudad le impone.

Cabe recordar los títulos que ha publicado y que lo han convertido en un narrador de excelencia: El avatar (Centro de Actividades Literarias J. A. Ramos Sucre y Consejo Nacional de la Cultura, Cumaná, 1986), El mar invisible (Monte Ávila Editores, Caracas, 1990), Un sueño comentado (Grupo Editorial Norma, Caracas, 2004), La tarea del testigo (Caracas, 2007; Premio Primer Concurso de Novela Corta Rufino Blanco Fombona 2006) y El discreto enemigo (Madera Fina, Caracas, 2016). Cálidas ruinas fue publicada por Monroy Editor (Caracas, 2023).

 

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Así comienza la historia:

Medina tiene varios años casado cuando advierte, un poco repentinamente, aunque las señales estaban frente a él desde hacía ya tiempo, que su esposa no quiere hacer el amor…

Así termina:

Tras de sí lo aguardaba un maletín con ropa que no volvería a buscar unos libros que por siempre se quedarían en una estantería, un cuaderno con historias que no terminaría. Situado allí donde el paisaje se presenta inhóspito supo que a pesar de que esas cosas se perderían, la vida era un clamor, un reproche y un reclamo, incomprensible pero poderoso, y volvió sobre sus pasos.

¿Podrá Medina terminar la novela una vez que, al volver sobre sus pasos, se entregaría de lleno a su matrimonio o a una nueva soledad para iniciar otro fracaso?

Alberto Hernández

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