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La larga noche de las jaurías, de Mariela Cordero

lunes 11 de marzo de 2024
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Mariela Cordero
Con La larga noche de las jaurías, la venezolana Mariela Cordero (Valencia, Carabobo, 1985) resultó finalista del Premio Internacional de Poesía Aco Karamanov.

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¿Cuántas imágenes capacitan al lector a ser parte de aquella noche inicial, la que jamás será desprendida del origen, mientras otras sombras se combinan para ser ruidos, aullidos, soplo de sables, disparo o cuchillada? ¿Cuántas cicatrices cabalgan los versos que leemos mientras la realidad sucumbe y se hace añicos contra nuestros sueños? ¿En qué país o pesadilla se fecunda la sangre olvidada por quienes madrugan bajo el silencio o se revisten de arrogancias mientras las calles o las arterias del cuerpo son recorridas por las hienas del poder o por la fantasmagoría de logaritmos ideológicos?

La poesía —ese asunto que muchas veces comulga con lo indeseable, porque ella es capaz de todo— se abre como una granada y estalla en la cara de los versificadores de escritorio, los que se remedan ante el espejo y pasan de largo mientras el espacio que ocupan se borra ante la fuerza de la brutalidad. La noche, entonces, es la proveedora de una geometría que culmina en un círculo vicioso: la sangre, la muerte, los últimos versos de cada discurso o la prominencia del golpe que recibe el rostro, el golpe adecuado según como se ha aprendido a abrir heridas e imaginar cicatrices.

Los perros de la nocturnidad saben que serán parte de un poema. La jauría hará fila para el cuestionario, para el recuento de imágenes que cabalgarán la estructura del poema. La noche y su cuerpo hecho cuerpo en el humano recorrer de quien es víctima propiciatoria. Seguramente, eso no lo dice el poema, pero su trasunto enarbola la simbología, abre la granada para que explote con todas sus variantes dolorosas.

La poesía, desvestida como debe andar, nos habla desde esa noche, la que Mariela Cordero nos arrima con sus adjetivos y su fuerza verbal.

Y si de la noche venimos y hacia ella vamos, como afirma Gerbasi en su universo poético, vale decir que la noche, la sombra de esa noche, hecha plural en la boca que aúlla, se hace jauría y arremete contra quien revela su desacomodo y se rebela contra su distópica algarabía bestial.

La poesía, desvestida como debe andar, nos habla desde esa noche, la que Mariela Cordero nos arrima con sus adjetivos y su fuerza verbal. Digamos que estamos frente a una poética del desgarro, del dolor y de unos amores que se devuelven, que forman parte de esa larga y espesa huida de la jauría y sus noches.

 

“La larga noche de las jaurías”, de Mariela Cordero
La larga noche de las jaurías, de Mariela Cordero (Nautilus, 2023).

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Don Alfonso Reyes, en La experiencia literaria, afirma que “hay categorías de la lectura”, y cita a Heine y a sor Juana Inés de la Cruz para sustentar que bien vale saber entrar en ésta, la lectura, para poderla decir en voz alta, como hacía el primero de los citados con don Quijote de la Mancha, y la segunda, quien se quejaba de no tener más compañeros que el tintero y la pluma para escribir, para decir del mundo. En este sentido, una poesía que se formula como un deslave, esta que nos entrega Mariela Cordero, precisa de una lectura en voz alta para que se oiga más que el aullido de la jauría, y que se haga de las herramientas para crear una poética que habrá de descubrir la sombra nocturna y revelarla a los lectores, quienes seguramente también son víctimas de esos peligrosos personajes que ambulan por las noches en búsqueda de heridas y sangre, los que han hecho de un país desolación y “flor difusa”.

La lectura nos conduce por los “signos heredados” de la destrucción. Y de seguidas: “Seguiste el curso de las jaurías, ahora / no tienes nombre”. Esa segunda persona alude directamente a quien entra en el texto, a quien lo resume en su yo, que se hace plural en la desaparición de quien antes era un sujeto conocido, nombrado. El proceso de destrucción es perfecto, bien pensado, por eso “Sólo amas el círculo” hasta sentir que “Un cuerpo / es ardor / para morir”.

He aquí la puesta en escena de la lectura en voz alta: quien enfrenta a la jauría sabe hacerlo, grita, también aúlla, se relame las heridas, y cree que “Los cazadores son engullidos / por un brutal océano / esplendente / que los deja ciegos”. Sería, para consuelo, la derrota de quienes se han convertido en esos lobos que obedecen las órdenes de un poder oscuro, nocturnal.

Dice la voz de la poeta: “y fue tarde cuando descubrimos / que también estábamos heridos de muerte”.

Ya no es una segunda persona del singular, una sola persona: ahora es un plural que se abre como país en medio de tantos yos acosados. Desde esa perspectiva quien vive en el poema siente “la desquiciada praxis / de pesar las almas”.

 

Leo el relato de este poema que al ser convertido en uno vierte toda su fuerza en un tema: la muerte.

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Leo este poemario como un relato. Leo el relato de este poema que al ser convertido en uno vierte toda su fuerza en un tema: la muerte, la que aparece cuando la jauría hace de la noche su festín. No obstante, quien habla desde el texto afirma: “aspiras (a) gozar la definitiva e íntima desgarradura: // amar”. Amar duele, sobre todo si se ama en medio de un aullido. O en ausencia.

Una metáfora destaca en medio del bullicio y los gases:

El ligero roce de alas del colibrí
se transforma
en brutal
tacto de relámpagos.

Insiste la voz: “…busca el dolor incrustado / el brillo férreo / de amar / Ser herida (…). Ser gota, lluvia, diluvio”, mientras el cuerpo, todo, se disuelve.

De allí: “…un presagio // astillado / de certeza”.

 

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La imagen del otro: ser el otro en él mismo, su reflejo. Tesis de la transfiguración. En el poema “Morir es cambiar” esta idea frecuenta el poema: la otredad frente a las fisuras de la realidad. Y un sentimiento que sólo era referencia: la vergüenza aún / no existía”, mientras ahora “sangran lo recuerdos” y se muestran “la arruga y la cicatriz (…) como quien se entrega / a la muerte”.

En el poema “El país y la sangre” la autora se abre más al tema:

Todo fue sangre (…) el tacto es sólo vehículo / para la herida / y el cuerpo / es el recinto de los temblores (…) el aullido de libertad / mudó en lamento / y las risas se convirtieron en tumbas (…) Todo fue sangre en el país que amas.

El poema, su materia, es la misma realidad que se relata. La poesía se asigna una responsabilidad: es una suerte de salvoconducto, de pasaporte para indagar en el territorio invadido, en el país donde la noche es el punto de arribo de la jauría: la noche es sólo una metáfora. No hay horario para esa noche. La sombra siempre está bajo el sol.

Pero aparece, nunca desaparece, la esperanza, esa suerte de muelle donde llegan los mensajes, los símbolos de otros designios: “La belleza / sólo puede encenderla / la pupila / exacta (…) Nunca podrá ser devorada”.

Y un golpe cordial: “Tu amor es un festín / irreductible / en medio de la masacre”.

 

Como cuerpo, como estigma público, la voz de la poesía se hace más personal.

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El comienzo, el amanecer de esa pupila exacta: “El génesis / revolotea / sobre las ruinas…”, luego de la llegada de la jauría, de la larga noche de esa tiranía de lobos.

La voz de quien escribe se personaliza desde esa segunda persona cercana: “Tu cuerpo es un país lejano”. La metáfora confirma la ausencia, también la presencia de la desgracia, de la huida, de la diáspora, de la pérdida.

Y por eso “Te derramabas como la lluvia”.

Como cuerpo, como estigma público, la voz de la poesía se hace más personal: “Yo no habito un país, habito un cuerpo / quebrado” por culpa de “la larga noche de las jaurías”.

Ese génesis ya cantado, deviene apocalipsis, omega relatado desde un mapa destruido:

No retener nada, / lo vivo será lo muerto / y nosotros sólo una pregunta / esfumándose / en el vacío (…) un país ensangrentado (…) sólo como que veas este cuerpo que soy…

 

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Este libro/desgarramiento de Mariela Cordero resultó finalista en el Premio Internacional de Poesía Aco Karamanov, en Macedonia, en el año 2022, y fue publicado por Ediciones Nautilus, en su Colección Capitanas (7/10), en 2023.

Alberto Hernández

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