

Los animales historian sus vidas humanas. Lo hacen a través de quienes los animan a ser una muestra de humanidad. Cada animal representa a un sujeto que se dice piensa, que se dice racional, que se dice la maravilla de la naturaleza. La historia, la apegada a la cronología, rescata la importancia de ciertos animales que constituyen una representación sapiente: la mejor demostración está en el comportamiento bestial del ser humano, condición que nos aleja de la mirada del perro, de la fuerza del tigre, de las destrezas acuáticas del pulpo, del sonido escondido de los grillos, de los lobos instalados en nuestros sueños, de sus cachorros aspirantes a adultos mientras el hombre y su licantropía se ajusta el aullido bajo el brillo de la luna: su nostalgia por no alcanzar completamente el pelaje del animal lo derriba, lo trastorna.
Y mientras cada día que pasa nos aproximamos más a la bestia salvaje, no al animal inocente, la tierra se calienta, los mares pronuncian su oración mareante, el cielo se desnuda y las palabras alientan el silencio. Una poética que aspira a solventar cualquier devaneo de quien se dice inteligente y es sólo un reflejo de su sombra.
Animalia es una aproximación a un territorio aún no alcanzado, pero que se aspira a alcanzar: el pensamiento se entroniza en la historia, por ejemplo, en personajes que han sido tocados por la fuerza del animal domesticado y por el que aún se alimenta de la carne y de los huesos de quienes se han acercado a sus guaridas o son buscados para alimentar a sus cachorros.
Desde el más voluminoso hasta el más pequeño, todos caben en un relato breve, todos respiran en la cortedad de unas palabras que los cuentan, los historian, los personifican, los perfilan o dibujan, los trazan en las acciones que una lectura convierte en fascinación.
Así lo ha logrado la escritora chilena Lilian Elphick en este libro ganador del primer premio del Certamen Internacional de Libros de Microficciones Premio Manuel Peyrou 2023, y publicado en 2024 por EOS, Escuela de Oficios y Saberes, gracias a la curaduría de Piero De Vicari.
Pero no sólo se revela un paisaje donde se mueve este bestiario, sino que cierra el ciclo con una tarea humana, muy humana, entre dos actantes que viven la “Nostalgia de los días por venir” en un “ir y venir de palabras”, de voces cruzadas, en las que “Tú me escribías y yo te contestaba”, para cerrar con esta oración: “Amaba el silencio”. Una suerte de libreto en el que los actores sentencian su escenografía y construyen el espíritu que el futuro les depara: la nostalgia, la melancolía, la añoranza o la tristeza coronan en esta tierra animalizada, conjugada con la presencia activa de la ironía: la consagración de un evento verbal que seduce desde la brevedad que como lectores adensa la existencia.
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