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Postales de Angostura, de Julio César Blanco Rossitto

lunes 1 de abril de 2024
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Julio César Blanco Rossitto
Julio César Blanco Rossitto ha escrito Postales de Angostura, libro donde la comarca fluvial se muestra como una imagen que cambia constantemente.

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Cada movimiento del río es una imagen que establece en el ojo la fotografía que habrá de descifrarlo, tenerlo atento cuando pasa furtivo al lado de la ciudad, callejón abajo mientras los pasos humanos aligeran una suerte de marea celestial.

Y para poder entender lo que el río piensa, es preciso acudir a la poesía. Hay una ciudad en el sur de un mapa que colinda con el costillar de una corriente. Es una culebra que se solaza en su silencio, en su viajar permanente. Es angosto el instante de mirar hacia la otra orilla. Es instantáneo el palpitar de su movimiento, el de las aguas, arrimado al latir cardíaco de quien lo mira.

El río es el gerundio de esa ciudad, como de otras muchas en el mundo.

Postales de Angostura: poemario que muestra al lector los diferentes matices de la ciudad pero también los del río.

Angostura roza con el agua. El agua viaja con la ciudad como si tuviera memoria, como si cargara con sus costumbres, verdades y ensoñaciones. Angostura es nombre de medida, de mirada cercana, de ir y venir de un lado a otro en poco tiempo, gracia al tiempo que el río también inventa con los personajes que habitan la ciudad.

Por eso, Julio César Blanco Rossitto ha escrito este libro donde la comarca fluvial se muestra como una imagen que cambia constantemente: Postales de Angostura: poemario que muestra al lector los diferentes matices de la ciudad pero también los del río. Esta ciudad es un río que la habita.

 

“Postales de Angostura”, de Julio César Blanco Rossitto
Postales de Angostura, de Julio César Blanco Rossitto (AlfaGuaro, 2024). Disponible en la web de la editorial

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Publicado por Ediciones AlfaGuaro en su serie Poesía, Postales de Angostura es un remanso verbal que invita al viaje, es decir, a estar en una ciudad que se viaja mientras el río la roza, la toca, la acaricia, y desde esa constancia, desde esa permanencia, las casas, la iglesia, el recuerdo de un héroe fusilado, la herencia familiar, la infancia, el útero urbano, el puente, la piedra sagrada, la del medio y las que bordean el mismo río, lengua que lame sin descanso la historia de un lugar que no cesa de nombrarse. También el recuerdo del padre, los ventanales, las puertas, el tiempo y sus historias, la muerte, la ciudad interior, el adentro de su espíritu, un recuerdo de García Lorca, la lluvia. Es decir, el todo que se hace ciudad y río en un par de sensaciones: nacer en Angostura significa llevar encima toda la historia y los secretos de un lugar lleno de luces y sombras, ríos y selvas, voces y ecos, poemas y poesía, cuentos y relatos. En fin, Angostura es una postal multiplicada, un registro donde cada detalle es un poema, un enjambre de voces que aumentan el caudal del río.

Que sea el Orinoco, esa serpiente líquida, el que hable, tiene en Angostura la primacía de su presencia. La ciudad existe gracias al río, pero el río —ahora— es la misma ciudad acuática, vertida como patrimonio, como memoria, como marca perenne, en movimiento.

 

El río será siempre la serpiente que muerde el barro del tiempo en Angostura.

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“En las casas se detiene el tiempo / practica herrumbres en las orillas del muelle…”, dice el poeta, y lo expresa mientras el río se acumula lentamente en la mirada, para luego hacerse postal, revelación pública.

Y, en efecto, son las casas asoladas, temporales, hechas de largos años, siglos, casas que vieron pasar hombres a caballo, pero igual el mismo río siempre, aunque Heráclito persevere en su decir: aunque el agua cambia de color, de clima y hasta de nombre, el río será siempre la serpiente que muerde el barro del tiempo en Angostura.

Quien se aproxime a su orilla podrá decir:

Algunas tardes solíamos apaciguar
el canto donde dormían las toninas
después del sacrificio

La niñez está allí frente a la impertinencia del río, frente a su osadía, a su porfía e insistencia, la misma que pule la roca, la del medio, la de las orillas, la que le hace decir a Blanco Rossitto:

Una piedra embriaga
Una piedra toca y hace río
Una piedra de(s)vela

El río entra en la ciudad con la memoria de quien la habita. Desde la altura de la iglesia, desde el amarillo intenso de sus paredes, desde el niño que recuerda:

Caza de sombras
busco mi infancia
entre la pomarrosa de los mangos
Un tiempo de colibríes
maceraba el lagar de los profetas
adorados…

El tiempo, siempre el tiempo: el río es su medida, su pasar calculado sin descanso. Y la ciudad en su sitio, impertérrita, sacudida por los vientos selváticos.

La ciudad:

El polvo de los planetas
durmió sobre sus ruinas

(…)

Crecí en tus muros
oxidados al sol

(…)

la saga de los héroes

(…)

el embrión de la guerra…

La historia pesa mucho.

Y un nombre: Piar. El héroe negado, el fusilado… Aquel que fue pegado a un muro y sacrificado.

Una tarde
sus cabellos mojaron las cenizas del fusil

Y el río lo supo. La ciudad lo supo.

 

Tanto río como ciudad crecen juntos. Se hacen uno. Angostura es un río y unas calles, una historia de guerras y sangre.

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Vibra el ojo de piedra en el agua (durante horas oscuras
hago crecer esta ciudad
a orilla de un río habitante…

La metáfora anima al personaje. Tanto río como ciudad crecen juntos. Se hacen uno. Angostura es un río y unas calles, una historia de guerras y sangre. Pero también es la imagen del pasado remoto. En la tierra, en sus túmulos, en sus tumores rocosos está la mirada de quien la recrea:

Piedras adormecen huevos de dinosaurios
lamiendo la nata del agua

Y después, con el tiempo llegado, el puente, el cruce de hierro y acero, el animal inerte que permite su lomo para ir y venir. Para superar el río y sus mensajes.

Ocurre que quien pasa mira:

Flotas sobre el río
pez ciego del tiempo

(…)

una serpiente de sueño

 

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El lugar es sensible y sensible quien lo habita, quien lo ha vivido. Allí la familia, la casa sola, los postigos y ventanas que le dan cuerpo al hogar. Los recuerdos, la magia, la infancia, en fin:

…el mohín de los duendes
cuando juegan bajo el agua

No deja de ser el tiempo una constante, para eso se ha vivido en Angostura, se ha viajado con la imaginación, se ha visto el río pasar mientras deja su rastro de hondura. Y alguien que muere, como muchos, como todos. Y un homenaje. Y Lorca sumido en el eco, y la imagen de una “piedra de sangre”. La lluvia, el trópico absoluto que se define en “Agua de polvo de piedra (…) hacia el Delta equinoccial”.

Tantos testimonios los de la ciudad, y lleva el río en su vientre. Tanta casa sola. Incansable la mirada moviente:

Un río de ojos descorre el espacio

Angostura es también una “ciudad de espantos”.

Tanto cielo amontonado, tanto tiempo en la corriente, en los muros, en las palabras.

He aquí que las postales de Angostura se han hecho poesía.

Alberto Hernández

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