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La furia del cordero, de Rómulo Bustos Aguirre

lunes 22 de abril de 2024
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Rómulo Bustos Aguirre
Cada texto se dice a sí mismo en La furia del cordero, antología poética de Rómulo Bustos Aguirre (Santa Catalina, Colombia, 1954).

“La furia del cordero”, de Rómulo Bustos Aguirre
La furia del cordero, de Rómulo Bustos Aguirre (Seshat, 2020).

1

Las palabras juegan sus aventuras. El poeta las usa para fundar los territorios de su imaginación. Un juego de ajedrez sirve para descubrir la metáfora de la humanidad, las destrezas que el mundo esconde, el desorden de los diferentes cambios; los desplazamientos de las piezas sucumben ante la mirada de quien intenta descifrar la jugada. Alguien juega. No es el azar. Es una mano invisible que mueve a la reina, a los peones, al rey, y queda la incertidumbre: la poesía coordina su poder, enarbola sus sonidos y avisa de su presencia.

Desde ese instante, Rómulo Bustos Aguirre organiza el universo de La furia del cordero (Seshat Editorial, colección Obra Abierta, Nº 15; Bogotá, Colombia, 2020) y como un viaje bíblico nos lleva por esta lectura, por este libro donde se podrán advertir los diferentes matices, perfiles y temas que el autor usa para sorprendernos.

Un animal tan manso como un cordero enfurece. ¿Qué nos quiere decir el poeta? ¿De dónde emerge esa imagen del angelado cuadrúpedo que el Dios de la Biblia sostiene como símbolo de inocencia, de paz, de imagen ritual, de sacrificio?

El poema se consagra desde ese título. Bustos Aguirre anima (imagina) la mirada perdida del sedoso o lanudo animal que habrá de ser parte de esta aventura verbal. Cada texto se dice a sí mismo. De él extraemos el posible significado del que se observa, se dobla frente a un espejo o respira profundo frente al mar.

De allí que haya verdugos y corderos. De allí que podamos advertir que la poesía se sostiene sobre la base de la duda: ¿quién es el cordero?, ¿por qué su furia?

No hay ni habrá respuesta. La poesía no tiene que responder: que sean los signos en rotación, como decía Paz, los que signifiquen su contenido, en este caso frente al lector o al desquiciado que pretenda buscarle una explicación a la creación: un cordero enfurece en el iris dislocado del humano que destruye su propio espacio, que acosa y es capaz de borrar su propia naturaleza.

 

2

Vierte el poeta su hermenéutica en este texto que puebla de interrogantes a quienes respiran el mundo de hoy, a quienes son sometidos por el reflejo del otro:

Socrática

No confíes en la respuesta del espejo
que tu cuerpo interroga
Lo que somos o no somos
es el secreto que hubiera salvado
del suicidio a la esfinge tebana
La verdad no es negocio de hombres
Recuérdalo
Siempre serás tu más íntimo forastero

Y una suerte de advertencia, de ilustración política, de justicia, de historia de la ofensa, se deja ver en este

Monólogo del verdugo

Cuando el rey baja la mano
debo entender que hay que aniquilar a la víctima
Si la deja a media asta
se trata entonces de una mutilación simple
Si un poco más abajo de una mutilación doble
Ignoro si alguna vez ha levantado la mano
absolutorio
Diarias son las inmolaciones. Los días
no son menos violentos que las noches
¿Llegará un descanso para mi fatigado brazo?
En verdad no soy mejor ni peor
que el resto de los mortales

El humor negro forma parte de esta revisión, de esta precisión real, de este juicio ilustrativo.

Y, como un ciempiés, éste porta “las cien patas del alma”.

En otro, “Dios bocarriba”, mientras el mundo gira con todas sus bestias, árboles y ríos, mares y golfos, tentaciones y olvidos.

 

3

El poeta observa. Se despoja de los nervios y busca la manera de cazar parte del universo en un insecto, el diario insecto que vuela sobre despojos, sobre la cabeza de los visitantes, sobre los platos vacíos, sobre el ojo inerte de quien ya no sueña.

En “De la dificultad para atrapar una mosca” el poeta se concentra en esta cacería, con las palabras intenta hacerse de la pequeña bestia, y por eso dice:

La dificultad para atrapar una mosca
radica en la compleja composición de su ojo.

Es el más parecido al ojo de Dios

Tantas miradas tiene Dios como tantas posee la mosca. Una teología poética que nos permite revisar la grandeza del Creador, pero también la de su Creación: la mosca es parte del milagro divino. Una mosca podría ser vigilante de cualquier misterio.

Y para seguir con la idea bíblica: “Jonás y el mar”, esta bella imagen:

Acaso sea yo el corazón de la ballena.

El poeta sumergido en la profundidad del mar, dentro del vientre de la bestia marina. Su yo es el mismo de Jonás. Él es Jonás. Su mar, cercano, su oleaje profundo.

Una porfía por lo mínimo como por lo inmenso. La poesía se la juega desde el ajedrez abandonado, desde la secuencia de cada movimiento, mientras los insectos, esos habitantes de lo mínimo, trepan, caminan o vuelan sobre el mundo imaginado: arañas, hormigas o moscas forman parte de la acuciosidad del poeta observador.

 

4

el poema pide ser prosa
la piedra pide ser agua
el horizonte pide ser línea vertical

Poema, piedra y horizonte humanizados: el poema siempre pide, exige, se reinventa, muta; la piedra se mantiene bajo los siglos, intenta, cerca del agua. Es agua porque habita el agua, porque se ahoga en el mar, en el lago, en el río, bajo la lluvia. No obstante, pide ser agua. No metáfora de ella, así viva en el desierto. Y el horizonte, sus neblinas, espejismos y soledades, pide: podría exigir, ser altura, no llanura, no chatura.

 

5

Lo siniestro también juega en este libro desde la mirada del mandril en el zoológico. Somos mandriles encerrados en nuestra propia algarabía, violencia o sumisión. Como parte del zoológico humano, una muchacha observa desde su humana delectación.

Y así:

Observación hecha desde el hemisferio izquierdo del cerebro

Es probable que Dios no exista
Esto en realidad carece de importancia
Más interesante es saber
que existe el hemisferio derecho del cerebro
cuya función es soñarlo

Tantas son las palabras por saber, por encontrar, por diseccionar, por revelar, por rebelarse, por desatar: el diccionario las encuentra, el poema las usa. Su poiesis consiste en no saber contar cuántas habitan ese grueso volumen silencioso. La “semántica del mundo” lo advierte en una negación, en una afirmación, mediante el “humor cósmico”. El poema inventa o borra. De allí que el poeta sospeche de él mismo, de sí mismo hasta “el día del juicio” mientras paladea las palabras cuyo destino es ser herramienta del “oficio de desilusionador”.

El cordero muerde con furia la yerba celestial. Rómulo Bustos Aguirre lo mira desde su ventana eterna.

Alberto Hernández
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