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Un año y unos meses, de Yolanda Pantin

lunes 6 de mayo de 2024
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Yolanda Pantin
Más allá de “las bellas ficciones” de Yolanda Pantin aparece un paisaje de dolorosas realidades plasmadas a través de la mirada, los medios informativos y las heridas provocadas por la violencia y el odio de quienes se apoderaron de Venezuela. Fotografía: Ángela Bonadies

“Un año y unos meses”, de Yolanda Pantin
Un año y unos meses, de Yolanda Pantin (Editorial Blanca Pantin, 2024). Disponible en Amazon
“A window across the river caught the sun / as if the miracle were working…”
Elizabeth Bishop

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Ese año, enero fue el cómplice (otras veces se asienta en el olvido) hasta agosto de 2016 (mes que no completa la labor pero sí la reinicia). El 5 de agosto de 2017, mes de turbulencias, se cumple un cierre, el primer cierre de este diario en el que la casa, los sueños, los días y las noches, el mundo a través de varios viajes y ventanas: esa tentación de conocer otros paisajes para luego brindarlos en escritura; la familia, “la parentela”, el solar o el patio, la mirada donde han crecido los ya adultos y ahora los niños y adolescentes en medio de pájaros, murciélagos y árboles; la misma casa donde siempre respiraron y respiran los padres, los hermanos, los hijos, los nietos, los sobrinos, los amigos, los recuerdos y hasta los que nunca han ido y han tenido —en la voz de un libro de la madre de Yolanda Pantin— un paisaje maravilloso, donde los colores, los sonidos, el clima y la memoria trazan el horizonte indetenible de una herencia.

Pero los meses se prolongan hasta el mes de julio del año 2018. Es decir, todo un año y unos meses más que le dan cuerpo a un pensamiento en el que se juntan todas las intenciones: diario, poesía, aforismos, anécdotas, voces propias y ajenas, familiares, vecinales, campesinas y urbanas, nacionales y de otros confines.

(Aquellas bellas ficciones, que se hicieron título en un tomo de Yolanda, se abren desde Paya, ombligo, génesis, origen de todo este eco luminoso vertido todo cuyo título es tiempo, también espacio, pero sobre todo espíritu)

Sirva esta digresión para entablar una relación, más que literaria afectiva, con el tono, el timbre y la tesitura de estas palabras que la turmereña, payera o payense y caraqueña poeta nuestra nos regala en este diario/mensuario/anuario editado por Blanca Pantin en su colección Poesía este año 2024, año que podría definirnos, sacarnos del abismo en el que no florecemos, para contradecir a Rafael Cadenas, porque este abismo no es el luminoso que anhelamos sino uno oscuro, profundo y peligroso que hemos, desde hace años, advertido.

 

Ya no son un año y unos meses más: es toda una experiencia que se resume en palabras, en memorias, en el relato de la familia y de los amigos.

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El lector que soy de estas páginas se adentra en un patio. Su hojarasca me conmueve. Me lleva de la mano por cada rincón de las sombras y luces que los árboles le ofrecen a la grama, al suelo renacido, a las pisadas invisibles de los tantos habitantes que han vivido en ese lar, en ese país familiar, en esa nación de voces, sonidos, risas, cantos, recitales, silencios que la existencia ha regalado a quienes tienen en la casa el pálpito de todos los días.

Ya no son un año y unos meses más: es toda una experiencia que se resume en palabras, en memorias, en el relato de la familia y de los amigos, en una poética que enarbola lo visible y lo invisible, lo que la poesía ve y deja de ver: quien habla en este libro se vale de varias voces, de varias personas en una: Yolanda Pantin escribe desde ella y desde los otros, desde los todos que la rodean y la colman de vivencias, de entornos y contornos, de un clima que favorece ese pensar y los afectos. Quien escribe también es una niña que juega con sus niños, con los que la descubren en su dilatada profesión de fe poética y existencial.

La autora se recoge en una realidad que la confirma: la intimidad que se hace pública y lo público que se hace personal. Desde el ámbito de su pequeña geografía donde se respira la familia hacia el mapa convulsionado, golpeado por una política nefasta convertida en tragedia, tanto en las calles como en los más cercanos espacios del hogar de los que habitamos este país.

Y desde ese “relato de origen”, más allá de “las bellas ficciones”, aparece un paisaje de dolorosas realidades plasmadas a través de la mirada, los medios informativos y las heridas provocadas por la violencia y el odio de quienes se apoderaron del país.

Y entonces, “Mira tú por dónde / ha saltado el poema”, arbitrado por esa mirada que no se despega de esa realidad, más allá del romántico y acogedor patio donde retozan los niños, las mascotas y los amores todos.

De allí que “Todo esté amarrado a la escritura”: no se puede dejar por fuera el todo que se pueda escribir, el todo que anda y desanda los días, los meses y los años. El todo que nos acontece.

De allí, también, que “La mala poesía es una enfermedad”: la poesía del poder, que no es tal poesía, pero que se afirma como tal desde los cuadernos infames de la incuria y la complicidad.

La tesis de la voz que nos habla así lo confirma: “Un poema no puede irse / por las ramas, // busca / ciego / el centro / donde arderá”. (Una poética que enfrenta a quienes, desde la “poesía”, juegan al silencio frente a quienes abusan de la “realidad” y pretenden convertirla en una ficción ideológica).

 

Libro de dichos y de actuaciones: “Quien me busca me encuentra”.

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Libro de dichos y de actuaciones: “Quien me busca me encuentra”. Y de aforismos: “Todas las personas deberíamos vivir una vez en la vida, siquiera, sin sombra de temor”.

He aquí que Whitman se aparece: “Oh capitán, mi capitán”, y abre la puerta del zaguán para que entren Gamoneda, Cadenas, Sánchez Peláez, Harry Almela, Igor Barreto, Jacqueline Goldberg, Arvelo Larriva, Piñera (“La isla en peso”), Antonio Machado, Cernuda, Vallejo, los Goytisolo, Guillén, Celaya, Kertész, Hesse, Simone Weil y Elizabeth Bishop, de quien se me ocurre citar: “Una ventana al otro lado del río captaba el sol / como si el milagro estuviera realizándose…”, tal como sucede en la casa de Paya, donde, desde el recuadro de un postigo, se puede advertir o imaginar el río, ese milagro que baja de las alturas de la montaña de Mariño.

De allí, otra vez, que “la poesía es espíritu”, razón por la cual “Con toda su crudeza / la luz salva”.

 

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Citaré algunos textos que Yolanda Pantin traza en este libro:

Ante el alegato de la inocencia puedo ver qué tan dúctil / es el mal.


Otro año a punto de reventar.


El balde casi lleno de la crónica y el casi vacío del aforismo.


No es liviana la carga porque es política, es económica y es mental.


Poética: sostener la mirada.


Cuando no hay nada que dar florecen los grandes árboles.


Mientras pierden el lenguaje / van sumando muertos.


Toda Caracas estaba en un velorio.

Y así, tantísimos más que le ofrecen al lector una visión organizada del espíritu de la poeta venezolana Yolanda Pantin.

(Este compendio de voces de Yolanda podría decirse que forma parte también del espíritu verbal de su madre, quien escribió un libro que complementa a la hija).

Alberto Hernández
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