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La máquina de leer los pensamientos, de Gustavo Valle

lunes 3 de junio de 2024
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Gustavo Valle
Desde su talento, el escritor venezolano Gustavo Valle guía al lector, en La máquina de leer los pensamientos, por unos textos donde protagonizan poetas conocidos, hacedores de poesía, lectores de pensamientos. Vasco Szinetar
“La máquina de leer los pensamientos”, de Gustavo Valle
La máquina de leer los pensamientos, de Gustavo Valle (Luba Ediciones, 2024).

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Un reto nos conduce a pensar que la poesía es una suerte de complicado mecanismo que tiene la capacidad de interpretar el lado oculto de quien anda y desanda por el mundo. Y podría ser cierta esta duda (más una afirmación imprecisa) si tomamos en cuenta que la poesía es un riesgo que se vale de su poder para adentrarse en el locus de quienes la leen o, mejor, de quien la escribe, porque un escritor de poesía (de poemas, cualquiera) es aquel personaje que lee los pensamientos ajenos y los hace propios, como podría hacerlo todo artista. Es decir, alguien que escriba poesía es un artista, aunque se diga o no intelectual. Un sujeto que escriba en verso para regodearse en el epíteto es alguien que piensa, pero no sabe del pensamiento poético. La poesía está vedada para él. Todo esto para conjeturar que la poesía es esa máquina que sirve para leer pensamientos, plenos de afectos o no, plenos de luces o sombras, porque la poesía no se arredra ante ningún tema y mucho menos ante cualquier asunto que intente asirla, sujetarla, amarrarla a pensamientos que no quiera. Un poeta puede ser parte de un despropósito —suele pasar y pasa—, pero la poesía que él produzca lo niega, lo aborrece. Su manera de leer el mundo está muy lejos de la manera de ser quien la escribe. De manera que sí, podemos hablar con rigor y fuerza de la poesía como un mecanismo que sirve para leer, interpretar y hasta revelar pensamientos, que se hacen propios en la medida en que la misma poesía lo permita.

Es de Perogrullo, no todo poema contiene poesía. Por esa razón, es preciso que el productor de textos sepa conocer los pensamientos que inundan el mundo y de esa forma producir poesía.

O podría también llegar a pensarse que se trata de una fijación de quien esto escribe al confundir lo que el mundo intenta decirnos: la poesía es sonido que desdice. Lo que negaría no sólo mi pensamiento, sino también la dignidad de mi existencia. Esta contradicción —ex profeso— no se limita, en consecuencia, a admitir que todo lo que contenga la poesía bien vale la pena destacar como parte de una aventura artística. Digo, la poesía es un mecanismo que sirve para leer pensamientos, pero también podría ser que los pensamientos leen el intento en ciernes y lo convierten en poesía. Creo que por esta vía me hago entender o me confundo. Pero bien vale el esfuerzo destacarlo: pensamiento y poesía van juntos. Y eso a veces prejuicia. Quien piensa en poesía es un sujeto peligroso en tanto en cuanto se sale del molde del poder. De cualquier poder. Es decir, siempre está al borde de un precipicio, aunque no se arroje, que bien lo dijo Matthew Arnold: “La poesía es, en el fondo, una crítica de la vida”. Y la vida es puro pensamiento, pese a los que apoyan a los déspotas.

Por otro lado, el muy nombrado Conde de Lautréamont añadió sin ningún temor: “Los filósofos no son tanto como los poetas. Los poetas tienen el derecho a considerarse por encima de los filósofos”. En este sentido, los poetas leen los pensamientos, mientras los filósofos pragmatizan el pensamiento, lo crean después de que los poetas lo iluminan.

Todo esto, todo lo anterior, me permite entrar con toda la libertad en el país poético que me ofrece el escritor venezolano Gustavo Valle, quien desde su talento guía al lector por unos textos donde protagonizan poetas conocidos, hacedores de poesía, lectores de pensamientos.

Pensamiento y tiempo, lectura del existir y la decadencia vital. Gustavo Valle comienza con Morábito, quien “dice que / cada libro que escribe lo envejece”, lo que quiere decir que un libro, la poesía, es un ser vivo capaz de desgastar al creador, de conducirlo al fin, manera de decir que lo eterniza.

Imágenes fuertes como “Esputo de la memoria / Te expectoramos”, confirman que la poesía, esa sustancia viva, contiene igual una enfermedad. ¿No será acaso una dolencia la poesía?

Luego, aparece Eugenio Montejo, quien “dice que / El poeta y la araña / Tienen en común / El arte de crear forma”. Es decir, ambos tejen pensamientos, ambos construyen imágenes.

La primera persona aparece como un epitafio: “Soy el húmedo fósil”.

Ese “soy” lee desde el silencio, desde lo que queda luego de dejar el cuerpo vencido en el pensamiento ajeno.

 

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Los poetas invitados a pensar en el texto, a leer pensamientos, a hacerse ideas en el magma del poema de Gustavo Valle: los ya mencionados Morábito y Montejo, y ahora Flaubert y Cavafis, son quienes se hacen pensar con estas líneas, respectivamente: “dice que / las erratas / son los piojos de las palabras / Nosotros sus vampiros...” y “dice que / el tiempo somos nosotros / Tatuado en la piel de los días...”; entonces las palabras borrosas, erradas, y el tiempo en ese plural humano concebido: precisión que se extiende a “Los libros / son pacientes (que) sólo esperan / En su andén de siglos...”, sigue Cronos en las hojas, en el vientre del pensamiento escrito, para después, en un arranque de determinación, de duda que colma el pensar: “No pretendo un poema”, pero —sin dilación alguna— éste germina, se hace un adentro, esa intimidad periférica que aduce la voz de quien agiliza el tiempo y lo parasita.

Gustavo Valle pasea por el poema. Camina con la mirada puesta en su figura, en la hechura de su presencia un día, una hora, un instante, en Palermo: “Más tarde brotamos” (...) “Soy más exacto de frente” (...) “Todo espejo es plagio”.

Maquina el poeta en medio del reflejo. Escribe, piensa, se muestra para expresarse desde el título, extraña criatura que se desarrolla en este poema, pensado, sentido, maquinado con las palabras de hacer poesía:

Pienso en esto que escribo
Pero siento
Que no pienso cuando escribo

Pensar es perderse en un bucle
De propagaciones
Baldías

En estos casos
Pensar es contraproducente

La mano hace bucles
Como una araña
Teje un desvío

Me lleva lejos
Me olvida

La mano va en busca
De su propia mano.

Pensar es un reto: la poesía se anuncia como un riesgo.

(La máquina de leer los pensamientos fue publicado por Luba Ediciones, en Buenos Aires, Argentina, en 2024).

Alberto Hernández
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