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Publicado por el Instituto Pedagógico de Caracas, este libro no pierde vigencia porque el personaje celebrado tampoco la perderá si las universidades y sus escuelas de letras no lo permiten: don Ángel Rosenblat —al cumplir setenta años— fue celebrado con la edición de un tomo donde participan, porque siguen en el libro, treinta y tres investigadores: filólogos y lingüistas que elevan el nombre del viejo escritor a través de entrañables textos donde el estudio de la lengua, su literatura y sus alcances, el tejido de su verbalidad, la voz que no se pierde con el tiempo, han sido revelados como un milagro del conocimiento, como un ritual donde los lectores de estas páginas nos descubrimos.
Este es un libro de hace muchos años, pero como todo libro que se revela o se rebela, contra la sombra o contra el tiempo, sigue siendo un asombro, un estadio sensible que permite ser la continuación de aquel señor que se instaló en Venezuela, hoy casi olvidado por las terribles horas que nos ha tocado resistir.

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En la introducción a este importante libro se puede leer:
Nuestro filólogo, con su invalorable experiencia europea, se entregó al trabajo de investigación. Frutos de esa labor fueron sus ediciones del Inca Garcilaso, de Sarmiento de Gamboa, de las Cartas de Lope de Vega, de los capítulos que se le olvidaron a Cervantes y su refundición del Amadís de Gaula. Asimismo colaboró asiduamente en el suplemento literario de La Nación, donde publicó, además de otros trabajos, un estudio sobre el nombre de la Argentina, que le iba a inducir, ya entre nosotros, a estudiar la historia del nombre de Venezuela. Entonces terminó de preparar el segundo tomo de la Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana, con sus Notas de morfología dialectal. De esta época data su tesis doctoral sobre Morfología del género español.
Muchos fueron los trabajos que don Ángel Rosenblat dejó a cargo de la posteridad. En nuestro país (llegó a Venezuela en 1947) su bibliografía alcanza para una biblioteca; entre sus obras la creación del Instituto de Filología Andrés Bello. Uno de sus títulos más celebrados: Buenas y malas palabras.
Larga fue la vida de este sabio. Extensa es su escritura, sus tomos, su respiración literaria. Denso es su legado.
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Entre los autores presentes en estas páginas están Manuel Alvar, Juan Bautista Avalle-Arce, Kurt Baldinger, José Luis Rivarola, Ana María Barrenechea, Marcel Bataillon, Giuliano Bonfante, Ángel J. Cappelletti, Jean Catrysse, Lidia Contreras, Joan Corominas, Hans Flasche, Manuel García-Pelayo, Manuel Granell, Guillermo L. Guitarte, Rafael Lapesa, Raimundo Lida, Juan Miguel Lope Blanch, Humberto López Morales, Harri Meier, Tomás Navarro Tomás, Rodolfo Oroz, Julio F. Pagallo, Emilio Peruzzi, Bernard Pottier, Ambrosio Rabanales, Ángel Rama, Elías L. Rivers, Louis F. Sas, Guillermo Sucre, Rafael Torres Quintero, Berta Elena Vidal de Battini, Frida Weber de Kurlat y María Josefina Tejera.
Moró en países como Argentina, España, Perú o Venezuela, donde “fundó su hogar. Nuestro país terminó por ser la meta de su vida. Aquí ha desarrollado él lo mejor de su obra. Este homenaje del Instituto Pedagógico es el homenaje de su patria definitiva. Para las generaciones del presente y del futuro sea nuestra palabra claro testimonio de que los valores de la inteligencia merecen, por encima de transitorias circunstancias, su justa proyección hacia la posteridad”; así cierra el prólogo de este libro que celebra la obra y existencia de don Ángel Rosenblat.
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