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Un largo viaje nos sumerge en esta novela de Arnaldo Jiménez. Libro de mudanzas. De casas que respiran y atrapan a sus habitantes, habitados a su vez por las casas. Libro de muertes y nacimientos. Es la novela de una familia, de la familia de quien narra, la de esa oculta presencia narrativa que desdice de una realidad para convertirse en una ficción donde la misma realidad se descubre como propia, como la de quien cuenta su vida y alarga el destino. Entonces, libro de varias generaciones que van de un puerto a otro, de una región marina a otra donde dejan parte de sus vidas, parte de sus muertes, parte de sus memorias.
Suelo aferrarme de los comienzos de las novelas, de sus primeras palabras. Esas líneas iniciales abarcan lo que podría decirse en el resto de la pieza que habremos de leer sin perderle la pista a ese momento en que el narrador dice, por ejemplo: “Todo el mundo creía que estaba muerto. Cuando se publicó mi libro sobre sus películas, en 1988, hacía casi sesenta años que no se tenían noticias de Hector Mann...”, por decirlo con las palabras con que Paul Auster abre El libro de las ilusiones. O: “Esta madrugada, mientras cavilaba con la cabeza en la almohada, un fantasma pasó como un relámpago por mi imaginación”, de Eduardo Liendo en El último fantasma. Y así, el primer impulso de Arnaldo Jiménez: “Mi madre fue infeliz, porque nunca pudo habitarse. Su cuerpo fue la casa del asma...”. Estos inicios, como otros tantos que abundan en la literatura universal, confirman el tejido que habrá de presentársele al lector. Con esto quiero decir que ya la impresión al comenzar a leer la novela de Jiménez nos dice que entramos en un mundo donde los personajes están avecindados con quien está detrás del narrador: el autor nació muy, pero muy cerca de un puerto, y de su puerto natal se dirigió a otro puerto, donde actualmente vive, escribe, sueña, respira el aire salino de Puerto Cabello sin olvidar que viene del puerto de La Guaira. Entonces, para el lector que conozca estos datos, quien habla en la novela es un narrador que el autor usa para contar la historia de quien tiene en los puertos una estrecha referencia.
Es decir, podríamos afirmar que se trata de una novela autobiográfica, como casi todas las novelas, porque de alguna manera, por muy ajena que una historia sea del autor, siempre habrá algo de su existencia en las páginas que ha escrito a través de un “sujeto” que narra. Ese sujeto hablante es nuestra máscara, nuestro otro yo, un ser desdoblado. Podría ser un fantasma. Todo narrador lo es, habla desde un escondite, desde un ámbito que le permite ser otro, el otro que representa, el otro que no es, pero lo confirma como su reflejo.

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El subtítulo nos obliga a mirar unas “fotografías” que se imaginan en el texto para que el lector sea también imaginado. Toda teoría literaria invoca una revisión tanto de lo que no vemos como de lo que habremos de imaginar. Y en este caso, la novela Entrepuertos es un viaje en el tiempo de una familia que se teje desde un lugar definido hasta otros que tienen la costa como paisaje. De esta manera, La Guaira y Puerto Cabello, entre otras geografías parecidas, dan pie para pensar que es también una novela de trashumantes: Ciudad Alianza o Santa Cruz (si está frente a Curazao, digamos Falcón) es parte de esta geografía compartida, más allá de que no esté cerca del mar. Pero siempre estará el puerto próximo a la conciencia de la familia.
El oleaje de las fotos, esta metáfora, esta imagen en constante desplazamiento, señala que los personajes han sido, o son, los vivos y los muertos, viajeros impenitentes dentro del país. Las fotos, seguramente guardadas en algún cajón, permitieron al narrador recuperar las imágenes y perfiles interiores de los diferentes personajes que viajan por estas páginas que Arnaldo Jiménez escribió con delicadeza y una belleza, digamos casera, próxima a la manera de ser del nacido en estas regiones costeras.
Un puerto es un lugar de emplazamiento, el muelle donde recalan destinos, navegantes que se asientan o comienzan un viaje, como este que hace nuestro autor cuando nos avisa del asma de la madre. Desde esta dolencia, desde este ahogo, la lectura se abre como un abanico y el lector respira la agonía de la mujer, los engranajes de sus palabras entrecortadas, vertidas por el hijo en estas páginas que van descubriendo nombres y vocativos de varones y mujeres que entran y salen de este escenario de eventos domésticos, históricos, porque es también el de un país precario que se mueve, que se desplaza de un lugar a otro del mapa en busca de mejores oportunidades.
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Un álbum de imágenes descorre las diferentes historias que ocupan estas páginas. Cada capítulo es un relato autónomo que se enlaza con el siguiente, pero podrían seguir siendo autónomos, más allá de que los personajes ofrezcan su presencia en cada uno de ellos. La genealogía, la familia envuelta por la nostalgia, por la fuerza de los recuerdos, se agita como un viaje interior: alteridad y otredad frecuentan cada voz que protagoniza en estos testimonios novelados de Arnaldo Jiménez, un artefacto verbal que atrapa al lector porque éste siente que se está leyendo en la familia que aquí participa, que por aquí, en esta novela escrita desde muchos relatos, desfilan los muchísimos personajes que acuden con gusto al llamado del narrador.
Así, en La Guaira, Puerto Cabello, Morón, en Santa Cruz mirada por la isla de Curazao... Desde todos los espacios geográficos donde trajinan los actantes, se advierten los diferentes caracteres de una familia consagrada a vivir en la memoria de los otros, como lo señala el mismo narrador, quien participa en primera persona y se deshace de su yo muchas veces para que el relato sea más independiente.
En esta historia de los parientes y amigos, en esta atmósfera del tiempo, pasado remoto y presente cercano, se evidencia un país, el país de los apagones, el país de los despojos, de la precariedad, pero también el país solidario, el que no se deja arrebatar sus ilusiones.
Podríamos afirmar que se trata de una odisea familiar que se transforma en una épica, o que contiene una épica en los fragmentos de viajes, en las estaciones vividas en todos los lugares que el narrador usa para mover las acciones a su antojo. O como su ojo verbal fue testigo o participante de los eventos que aparecen en cada historia.
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Son tantos los cuentos, las muertes, las vidas, los asuntos de la casa, la casa misma al final de la travesía: una casa viva, llena de memorias. Una casa que será dejada luego de las muertes, sobre todo la de la madre, porque la abuela también, como muchos otros personajes, influyó en esta escritura. Así: “La abuela abrió los ojos en plena muerte y el mar Caribe fue su única deriva” (p. 393).
Si la madre es el núcleo de esta experiencia novelesca, los parientes más cercanos son sus satélites.
Si la muerte es el cierre de esta novela, queda en el viaje del lector la experiencia de muchas de las vidas que el narrador fijó o dejó como señal en la memoria de quienes seguirán siendo personajes en un autor que ha demostrado con creces la calidad de su empeño literario.
Dejo esta larga oración como testamento de quien se paseó por esta novela, conmovido frente a los avatares, sufrimientos, pero también aventuras gozosas de quien intervino como narrador/personaje:
A veces siento que el asma necesita que la persona que la porta mantenga un desequilibrio notable en algún ámbito de su vida; de esa manera, ella, el asma, surge fuerte, rencorosa, vacía de misericordia (p. 447).
La madre sigue allí, presente, en una respiración que no se agota.
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