
“No hay mayor suspenso que abrir una puerta...”.
Carlos Egaña
1
Son varias las voces que atraviesan este libro. Muchas las maneras de habla. Son muchas las puertas que se abren para mantener en suspenso al lector que se acerca a ellas.
Para los que sabemos regresar a algunos lugares del imaginario local, pero que no conocemos bien la capital, no ignoramos que Los Palos Grandes es una de las comunidades más renombradas de Caracas. Sabemos de sus calles con subidas y bajadas, de los viejos patios de las también viejas casas donde aún se oyen las voces del pasado, se imaginan sus fantasmas y el eco que han quedado impresos en sus paredes y se han convertido en leyenda urbana, en parte de la poesía y la narrativa que nace y crece en esa geografía de la otrora ciudad de los techos rojos.
Allí, en esa estación venerable de la capital, nace este encuentro con las voces que el poeta usa para hacerse uno. Y desde eso, uno y múltiple, el poema como tentación, como ecuación que habrá de resolverse. O de no tener solución.
La variedad de voces que concurren en Los Palos Grandes, de Carlos Egaña, publicado por Dcir Ediciones en el año 2017, deriva en una suerte de sinfonía de afirmaciones y preguntas que el poeta se hace o le formula al lector. No es Los Palos Grandes una arcadia: allí se contienen “promesa, placer y rebelión”, pero sobre todo una libertad que podría ser calificada como una metáfora del caos, de una muchedumbre que ha invadido el silencio y ha convertido el espíritu en una revuelta, en un “samplegorio” de irradiaciones temporales: la pérdida del destino, la meta borrosa, la conversión del sujeto hablante en sujeto digital, en presagio ontológico, en un “experimento que supera los géneros, la opresión, el fascismo de la lengua”.
Se trata de un “libro anarquista”, así lo dice el verso, así lo afirma al final del camino.

2
Desde la última expresión que cierra la puerta del libro, la primera se excede en tanto expande el contenido de una poética desilusionada: “Todo lo que mi cabeza piensa es veneno”.
Para dar con una imagen que se ventila integral: “Si el veneno es alegría, el dolor es sombra siempre”.
La primera persona narra: una biografía en la que prosa y verso se cruzan, en la que caben todos los hallazgos. El autor no escatima: se desnuda, se mete un pase, vuelve a él desde un relato que luego se convierte en libérrimos versos: libres porque no atienden a orden alguno. Desconciertan, encallejan al lector y lo sumen en una suerte de confusión que el autor usa para destacar aquellos versos de Alejandro Rebolledo que, como epígrafe, revelan la razón del título:
Odio la calle. Odio Los Palos Grandes.
Ya la gente de la vieja guardia no está. No sé adónde ir.
Parece un pueblo fantasma.
Y entre fantasmas, sus distintas voces, su soledad, esa soledad bajo el mar, esa soledad en la profundidad de su ser, como invoca desde el grupo The Cure y se deshace en estas líneas que interrogan:
¿Escribir?
Mera ilusión, mera fantasía de quien lee y todavía llora.¿Escribir?
Para luego ser burlado, tratado como bestia, tomado espantapájaros.¿Escribir?
Y después vomitar el aire que infla el estómago y el cerebro.
Vomitar los poemas, vomitar la calle, vomitar Los Palos Grandes en medio de “una bulla de aventureros ante una bolsa negra: / motivo para una masacre”.
Y preguntarse: “(¿Existe algún paraíso que no sea artificial?)”.
¿Es el país, ¿el portátil?, el lugar que titula el “Nadie importa” que se repite incansablemente como una letanía entre las “niñas que sonríen como arañas”, las mismas “que follan con los niños // Que soban las braguetas en las pistas de baile... dueñas de sus tragedias y dueñas de sus deseos...”.
3
Escribir. Egaña escribe desde imaginadas o visibles borraduras. Desde la crueldad que ofrece la Caracas de estos días, la de tantos días en todos los tiempos. La pérdida de la inocencia, la ilusión como costra. La poesía como ruptura con la misma poesía. Poética de la antipoética.
Todas las voces en un desencuentro. Un coro desafinado: una propuesta onírica. El tiempo perdido. El tiempo negado a restaurarse.
Un juego de preguntas a quienes desean escribir como tal o cual autor famoso. Para sólo desear obtener un premio literario. Nada de Huidobro, de Girondo, de Rulfo, de Fombona Pachano, de Armas Alfonzo, de Palacio, de Vestrini, de Juarroz, de Cortázar... Y así, sólo el premio, ganar el premio. Nada de ser escritor: el premio. Pegado a la computadora, transfigurado en la computadora. Primera persona digitalizada. Primera persona en máquina. Primera persona que es con “la espalda arqueada. / La cabeza mirando el teclado. / Los ojos trancados, los lentes resbalando. / Los pies como hurones que fuman o que huyen del apuro...”, en Caracas, la ciudad clamada, aclamada, soñada. Y Petare, una oración de muerte, una petición al cielo que cae sobre la barriada.
Egaña abrió la puerta y luego fueron muchos suspensos: la violencia de una “bala” que “no ha sido disparada”.
4
¿Qué hace en este segmento de voces Eugenio Montejo?
El mito traído al presente. El poeta de Trópico absoluto como consagración, como el Orfeo revisitado, vuelto a ver, a tomar como destino: “Orfeo, no excaves tu propia tumba. / No te hagas sombra a manera de poema”.
Y continúa Egaña su viaje callejero por las luces y sombras de la topografía de su andar: “En medio de todo el caos que ordena / nuestras mañas // me yergo como representante apolíneo / de lo dionisíaco”: las dos caras de una poética, de un comportamiento poético.
Se adentra en un yo denegado, controvertido, animado por una afirmación dura, cruda:
Ensimismado en la cloaca que habito
rodeado de ratas y gusanos sin gracia
he de renunciar a mis predictibles preocupaciones
y dejarme llevar por la (olorosa) corriente.(Ensimismado en la cloaca que habito
he de hacerme uno con la mierda).
Autoflagelación, la realidad de un espacio (¿país?) que tortura, que niega, en la que
Hay quienes olvidan las durezas de la vida
—sus clichés, sus bloqueos, sus embargos—
y deciden asfixiar sus miedos con una soga
elusiva de seda.Que lloren los cementerios olvidados
por los indultos del hombre moderno.
El poema/aforismo. El verso y la prosa, la cotidianidad, el padre y el hijo: el recorrido por algunos lugares que definen el espacio donde habita un país negado por quienes ha impulsado el miedo y el dolor. La nostalgia: “Y la consecuencia: mi papá y yo, cada uno en un rincón lejano, unidos en no mirarse el uno al otro”.
5
Los poemas se cruzan, se vierten queja, confesión: “Con este corazón roto, hecho fragmento y ficción, / camino de trinchera en trinchera...”.
“Queremos ser poetas y, como dijo Jaime Gil, a veces somos poemas: seamos la inspiración de los ojos invisibles”.
“¿La asfixiante / marea / roja?”: ¿una señal del país y sus agobios?
Entonces:
“Que los ojos del lector den vida al desastre / palabrero”.
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