
El cielo se abre con la forma oval de una amenaza. El mundo que vivimos hoy se sostiene bajo un infinito precisable: desde la altura bajan todos los demonios. Y los otrora ángeles rebeldes envueltos por el fuego vaporizador de un enjambre de bombas. La guerra siempre ha sido una pesadilla. Un sueño espinoso en medio de un orgasmo no compartido.
Hablar de un arma mortal obliga a descubrir que un poema es capaz de explotarnos en la cara. Hablar de un poema de fuego. Hablar de la espera, porque mientras el objeto de metal baja de las nubes, se mantiene la muerte en suspenso. Hablar de un objeto que cae encima de una ciudad, objeto que relata su propia caída, que filosofa desde unos versos mientras los ojos agrandados de los que habrán de morir quemados revisan por última vez el ruido de las esferas.
Ojiva es una estructura verbal. Una estructura que lee desde la amenaza número 21 hasta la primera, donde la línea inicial de ese segmento disneico precisa:
Y no tanto la muerte sino la pérdida
de todo temor a morir
Porque la muerte, concebida desde el arriba, es un vómito aéreo que sale del hinchado estómago del poder. Quien tiene poder de guerra, mata. Y siempre miente, siempre amenaza. El mundo de hoy, el de este momento, se sostiene sobre esa amenaza: una ojiva cae en el patio de un país y derriba las esperanzas, los edificios y los huesos de las estatuas, y derrama la sangre de los ríos.

Desde las primeras líneas de este largo y segmentado poema se puede advertir que la muerte es la espera, la caída lenta o violenta de un objeto enviado desde el cielo:
La ojiva se movía
con diversos ritmos, al horror
hay que darle su tiempo
Y su tiempo es el que habla, el que pronuncia la última palabra: la muerte como la espera más ansiada, porque saberse bajo la amenaza obliga a aspirar a que la muerte sea pronta.
(***)
Este es el libro más alejado de la poética de Néstor Mendoza. En sus anteriores propuestas su lírica, su canto, apunta hacia otros paisajes. Este que leemos es un desafío, un desgarramiento producto de una amenaza real (no es un sueño, no es ficción), porque el tema de esta escritura significa la espera de que esa amenaza se convierta en carne diseminada, quemada, destrozada. Mundo disperso, destruido. Desde la apariencia de la caída, quien lee el poema también espera; por esa razón el poema se lee al revés, se enumera al revés: desde la vida que espera la muerte, para que la muerte sepa que fue esperada.
(***)
Esta bala gigantesca, ovalada, ahuevada, con forma de postura de ave gigante, venida del útero del cielo para sembrar la muerte. O la espera, porque la muerte no termina de llegar sino en la voz de quien narra este poema épico, historiado desde el mismo vientre del artefacto bélico.
El poema, cuya duración es la misma a la de la caída, permite que el lector se sienta parte de cualquier parte del mundo. El poeta habla sin compasión: sabe que una ojiva, testa de bala para muerte masiva, cabeza de obús, matará, borrará la vida. El poeta escribió con los dientes apretados, con los ojos abiertos mientras cada palabra caía sobre la pantalla, sobre el papel, sobre la carne desnuda de la gente inocente o culpable.
Ojiva es un poema que describe, narra y dialoga con un proceso de destrucción histórica, social, cultural o académica. La metáfora de la droga como proyectil: el “polvo blanco” como sostén del poder, el que obnubila o enriquece a quien dispone del arma. La metáfora de un tiempo, de una hora, de un segundo, de una explosión, de un grito.
(***)
El huevo semejaba una cicatriz en el lienzo del cielo
(...)
Huevo que cae y no se rompe
aunque caiga sin bridas del cielo
Caída que produce “una ceguera definitiva”, como la actual que configura el mundo y nuestro patio casero, para lo que es necesario “tener los ojos bien abiertos / para avanzar en la tiniebla”.
(***)
Qué trae para nosotros este huevo que no
sabemos si destruirá o salvará, quién lo ha
lanzado y por qué llega a las puertas
de cada víctima que observa y medita la trayectoria
de la ojiva, esta ojiva maligna o benigna.
...la ojiva llegó y, aunque sordos,
enceguecidos por su luz, persiste el empeño de seguir
tocándose, rozándose, tolerándose, de pie en
los escasos vehículos y en la mayoritaria penuria
que era corrosiva antes del avistamiento.
Advertida, la Ojiva ya se había anunciado en los parlantes del tiempo ido. Un contenido político, ideológico, congelado en los viejos relojes y pergaminos, administrado por los seguidores que pulsaron el botón para el disparo.
Mientras tanto, durante ese mientras tanto pasado y ahora presente sin futuro, el infinitivo como acción constante:
Alzar las manos y aceptar lo que de arriba cae.
Alzar las manos y aplaudir, no importa a quién.
Alzar y dejarse llevar, no moverse, para que la caja
o bolsa nutricia aplaste el ánimo en caída libre
He aquí la realidad de la caída: la migaja que cae sobre las manos y estómagos vencidos o vendidos, sobre las manos que aplauden y se someten a la miseria.
La ojiva tiene barriga inflada y un discurso perverso.
La metáfora se completa, se redondea, con la mirada extraviada de los sobrevivientes. O con los talones rotos de los que huyen o con los pies hinchados de los que cruzan fronteras. O con la vagina destrozada de las niñas violadas en selvas y carreteras. O con la carne podrida de los aborígenes perseguidos por el ansia del oro. La ojiva enguerrillada, uniformada y extranjera: la discordia de las leyes. O la concordia de quienes han llenado sus bolsillos con la arenga camuflada. Y más allá de que se asome o no panfleto, la poesía es la encargada de darle nombre a la realidad o a la fantasía. Y no hay verdad más cercana que la que sufre la carne quemada por una ojiva, por el poder de un artefacto que cae del cielo y se sumerge en la mirada opaca de los tantos cadáveres que llevamos por dentro, en la memoria.
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