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Sultani, de Abraham Abraham Greege

lunes 20 de enero de 2025
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Abraham Abraham Greege
Abraham Abraham Greege es un poeta silencioso, dado a no mostrarse mucho, destacado por la influencia de un anonimato inteligente.

Sultani podría ser una persona, un espíritu, un accidente geográfico: un río, podría ser la vertiente del Nilo o la cuenca del ojo de un dios. Sultani es también el misterio que el lector le agrega al desconocimiento de su significado. Podría asentarse en el nombre de algún oficiante de la magia, de una creencia. O un sonido que le agrega poderes al poema que aquí leemos con la alegría del encuentro con un libro publicado en 1995 por la Editorial Eclepsidra en la colección Vitrales de Alejandría, y que hoy se convierte en descubrimiento por estos ojos que hoy lo leen.

Desde esta libérrima crónica, desde este andar lento por el cuerpo de estos versos, el lector podrá encontrarse con un poeta silencioso, dado a no mostrarse mucho, destacado por la influencia de un anonimato inteligente, certero en el decir porque abunda en imágenes que lo destacan cuando sus palabras suenan en el ámbito interior del lector.

Así, Sultani es un solo poema que se recorre íntegro desde “una aldea sin dinastía” para recalar en “un pueblo / que va y regresa / sin brillo” en medio del “sopor en las calles de su perturbación” (...) “mientras los lebreles otean el Nilo / de su alma”.

“Sultani”, de Abraham Abraham Greege
Sultani, de Abraham Abraham Greege (Eclepsidra, 1995).

Este recorrido, para darle un sentido a un espacio poético, tiene también asiento en una voz femenina monologante, mostrada en cursivas, que se desliza entre los textos para dar a entender que alguien respira en estas páginas con la fuerza del viento de un desierto, y dejar dicho que:

Sólo pertenezco / a mis queridas anotaciones / donde hago equilibrio en el cuello / de mis animales, / a las señales que vienen cifradas en mis pies...

Quien habla podría ser una peregrina. Una mujer que ambula entre los acentos de esta bella iluminación cercana a algún retiro del Oriente del mundo, a algún rincón donde todas las geografías son posibles, también las almas que suscitan tantas sorpresas.

 

(***)

 

Extraviado como casi siempre ando, vuelvo al nombre: destaca por la sonoridad, también por ser un lexema cercano a sultán. Dejemos que la imaginación, equívoca o no, se resuelva con poemas que alimentan estas páginas donde el autor percibe, como dice la contratapa, que “las pasiones en una eclosión polifónica generan paradójicamente un estado de quietud afín a la resignación. Amor, vida, odio, muerte; el sentido atávico del ancestro...”; entonces la palabra ancestro me convida a señalar que ando en un desierto cerca de un oasis, pero también muy cerca de la sangre heredada, de las señales que la genética cultural le regala al autor o al lector, a quienes despliegan su carácter en la crianza, en la vociferación de voces lejanas donde los relojes se detienen: “Quién puede doblar / el tiempo? // ¿Acaso la sombra de un río / en los pómulos de un cántaro?”, el mismo que una “mujer desvelada” carga en la cintura o en la cabeza mientras cruza un pedazo de tierra arrasada.

Ella dice:

Estoy cansada / nunca imaginé batallar sus nombres / bajo la cal, / evitar que deslizaran mis secretos / junto a la sombra de los perros / que lamían té / de mis manos. // Todavía / aletean en mi puerta / los cuervos que amé sin alma.

 

(***)

 

El personaje habla a dos voces: es él y es ella. Una poética en la que cada voz tiene una personalidad definida. La poesía habla desde su interioridad, desde el otro que la macera, que la cultiva y la deja vibrar mientras se pronuncia en voz baja. Como una oración a un dios en permanente vigilia, quien se aproxima para indagar acerca de la existencia. O podría ser la misma voz oculta que un alguien, ¿la mujer?, también era objeto de una indagación para descubrir una falta, un pecado:

Cuando cesaron las preguntas / la aldea veló el silencio. / Nunca entendió de aves raras, / mucho menos / a las que hicieron de su carne hoguera / por la herejía de amar / a un cliente. // Nadie oyó. / Nadie vio ni dijo. / Sólo la aflicción del cerro pudo dar fe / de las llamas que abrazaron su médula, / la más pequeña de sus vísceras.

 

(***)

 

Se avisa de un exilio, de la separación de la tierra, de la aldea, del pueblo y sus calles, de la voz hablante que ahora se silencia para dar paso a la queja:

Nada vuelve a su lugar. / Las palabras se han secado. // Es tarde y queda poco humo, / en adelante, arrancaremos el sonido / a las cuerdas flojas de un laúd, / el pálpito, a una valija / llena de confites.

Mientras tanto, la voz de ella confiesa la osadía de estar viva para seguir siendo en la eternidad:

Heme aquí / de nuevo junto a mi amado asesino / postrada y fiel. / Heme aquí buscando mi oasis perfecto / la subasta del tiempo, / la casa donde jamás entré / mientras fui mortal.

Un poco más adelante, la misma voz, el mismo canto en una primera persona que agiliza el poema:

Yo merodeé las ventanas / de los que negaron mi origen. / Arrojé contra el piso mi venganza / dejando que la llovizna / cayera conmigo. // Yo, toda amor y vigilia / entre las rocas.

Un cambio, quien narra, quien poetiza en otro tono, cierra esta experiencia, este libro:

Ya no hay ojos donde guardar / el rumor de la jungla.

Alberto Hernández
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