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Los escapistas, de Fedosy Santaella

lunes 24 de febrero de 2025
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Fedosy Santaella
El venezolano Fedosy Santaella reúne en Los escapistas quince relatos hilados por la metáfora de la evasión.
“Temo que al expulsar a mis demonios puedan abandonarme también mis ángeles”.
Emil von Gebsattel

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Todo evento pensado o meditado desde otro evento supone una huida. El hombre siempre ha aspirado a escapar del cerco del ser por creerse tiempo y espacio. No obstante, se evade para ser, para encontrarse con el otro que lo contiene, con el desconocido, con el imaginado. Siempre habrá una fuga, un intento evasivo. Y alguien que espera para encontrarlo, hallarlo o desaparecerlo.

El escape siempre tendrá una estructura narrativa.

Quien narra una historia sale de él mismo. Emerge de la cueva. Se hace el otro convertible, transformado, metamorfoseado, narrado. Así, desde el mismo instante en que el humano ser asiente que ha entendido e interpretado su pequeño mundo, comienza la despedida, ruidosa o en silencio, y así aprende, memoriza u olvida, porque olvidar es también una forma de escapar, de escabullirse. O de no ser, siendo.

La Bruyère llegó a decir que “sólo hay tres hechos: nacer, vivir, morir. No se siente nacer, se sufre el morir y se olvida el vivir”; ese olvido es una evasión continua, un escape hacia un tiempo y espacio inesperados.

Quien escapa construye una nueva geografía o un emergente huso horario de los cuales también huirá porque es producto del primero que lo vio nacer. Un personaje, todo personaje, es la abundancia de evasiones, la suma de memorias perdidas, conculcadas, reflejadas en el acto de dejar de estar para intentar abordar el ser. Quien escapa elabora la tesis de quien procura la ausencia y crea una futura presencia dudosa, frágil, huidiza. Un reencuentro con ese vivir que terminará en el olvido de vivir.

Quien escapa destaca como un primitivo semántico, según los arqueólogos que han estudiado el miedo o la valentía.

 

“Los escapistas”, de Fedosy Santaella
Los escapistas, de Fedosy Santaella (OT Editores, 2025). Disponible en Amazon

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Todo lo dicho en líneas anteriores se nos ofrece como tema en el libro Los escapistas, original del autor venezolano Fedosy Santaella, obra publicada por Oscar Todtmann Editores en su colección “Hoy la noche será negra y blanca” (Caracas, 2025).

El libro se recoge en quince cuentos donde, como expresa el mismo Santaella, “hay gente que huye, huidas o pretensiones de huida”.

Una mirada al pasado, al reciente pasado de otra escritura de Fedosy Santaella, nos remite a Los escafandristas: una novela de la búsqueda, de la ida y regreso, de una suerte de escapada desde la isla de Margarita hasta el mar Rojo. Y el retorno: Marcelino, el personaje medular, regresa hecho otro. Es el mismo, pero en otro. Volvió en un ser distinto.

Y así en estos quince relatos donde el asunto, el tema, la insistencia escapista, evasiva, de quienes se mueven en esta gramática de misterios, revelaciones, cambios, encuentros y desencuentros, pérdidas o reencuentros en la que los actantes se transfiguran: se vierten en el otro que lo domina o los pervierte y comparten puntos de vista desde la perspectiva de un narrador que juega con ellos. En tal sentido, el narrador/narratario es también un escapista, toda vez que juega con el tiempo: entra y sale del personaje o del ambiente geográfico para enlazarse con otra anécdota y tejer con maestría el mundo que se le viene a la imaginación.

El asunto evasión también lo hallamos en el relato breve “Fregar/escapar”, contenido en el volumen Instrucciones para leer este libro, del mismo Santaella, donde el personaje expresa que “También me gusta fregar porque así le huyo a la gente... Me gusta estar conmigo mismo... Fregar es para mí un arte zen que me permite seguir viviendo...”. No falta el humor como un añadido que frecuenta la obra de nuestro autor. Pero que no deja de ahondar en el fondo de ese ser que siempre escapa hacia afuera o hacia su mundo interior.

Estas referencias fijadas en el mismo autor nos permiten afirmar que todo ser es un escapista, un trashumante, tanto físico como espiritual. Siempre cambia de ambiente o de parecer, de vida, de forma de morir..., aprende para olvidar, para aislarse del otro ser que lo habitaba o para ser habitado por otros seres. O ser lo que ha soñado o ha pretendido ser.

 

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Vagamos por el libro, escapamos de la realidad y entramos en la existencia de unos personajes que atrapan a quien los conoce, los aproxima o trata de entenderlos. Así, en “Pájaro de mar por tierra”, la ilusión de una fortuna, el encuentro con el padre. En “Las centollas de Ushuaia”, el miedo, la venganza, el retorno a un lugar para dejar atrás ese miedo. El mesero que narra la historia es un recurrente emisario de la voz del otro. Testigo o protagonista con acento argentino emerge como un viajero en un evento denigrante contra el flaco Tricky. Igual ocurre en “Una chica absolutamente triste”: un texto donde la melancolía es una suerte de traslado al interior de sí mismo pero también a la tristeza de la joven periodista: “Todo en la chica era triste”. En “Algo de Coltrane” es la amistad. Un saxofonista, una fotografía: su misterio. Entrar y salir de su significado. Un problema ontológico: el ser intenta ubicarse corporalmente en un sitio determinado. El viaje de Puerto Cabello a El Viñedo en Valencia. El belga Alain Chateari, especie de memoria viajera, de sujeto “maldito”, “mercenario”, capaz de ser el otro y dejar de ser para extraviarse en el tiempo del otro. “La mudanza”: el abandono de la casa para luego negarse a dejarla. Hermes entra en conflicto ante la metáfora de la pérdida. Se trata de una prueba, de un humor negro donde el escape es pasajero. Y así; “como si se almacenara la muerte por metro cuadrado” en la manía de los ancianos. O en el lugar que se iba a dejar. “Incompleto” es un juego donde la ficción nos traslada a Frankenstein: personajes obsesivos: sueños raros, misterio, la máscara de Yare como aparición siniestra, terapias, el miedo. El sujeto trata de escapar de su silueta, pero sin miedo. Pesadillas. Huye del país y recala en Argentina y es atracado por unos malandros. Cuerpo con partes faltantes. Un viaje mental. Colgado de un clóset. Dos personajes en uno se tropiezan con la esquizofrenia, con una muerte imaginaria que termina siendo un desdoblamiento. Dos ambientes: los afueras de Buenos Aires y el interior de la casa. Y sigue la obsesión con “Grieta”, una hendidura en una pared parece enloquecer a una mujer que intenta salir de ella misma. Y luego empalma el relato con “Temblor”: un terremoto aviva la manía con la grieta en la pared. Y luego, insiste el narrador con “Cicatriz”: la infidelidad de la mujer del relato anterior con un sujeto que tiene una cicatriz en la cara, traslación de la grieta que mira obsesivamente en la pared. En “Derrumbe” intenta no ver más la grieta. Viaja de Caracas a México. Al regreso cubre la grieta con pego. Esta breve zaga cierra este escape en el que imaginamos que la relación conyugal terminará muy mal o seguirá siendo una cicatriz en el alma de ella.

En “Raymond Roussel se queda en casa”, ahora es Bogotá. Un relato con muchos referentes fílmicos donde se debate el misterio de un nombre. Pessoa aparece como un viajero cansado de viajar. Juego de imaginación. La lectura como un escape compulsivo. Julio Verne se asoma. Una tesis de viaje y escritura. Los textos imaginarios de un sujeto que muestra los cuadernos con las hojas en blanco. La locura literaria. La compulsión verbal como escape hacia el silencio.

“Yo soy, querido amigo, imaginación pura”, expresa el personaje, autor de la escritura invisible.

En “Un buen hombre”, la realidad de un padre que es el reflejo del hijo. O es el hijo visto desde él, desde su “bondad” monstruosa, porque todos los niños son perversos. Un doble juego narrativo en el que Santaella muestra la calidad de su labor como imaginero. Una manera de escapar hacia el otro donde el yo se duplica, se desdobla. En “Motel 66”, una suerte de regresión mental. Y luego, los preparativos de un viaje. Instalado en el hotel para morir de un disparo en la cabeza. “Taxidermia” (con este trabajo Fedosy obtuvo el premio de la edición número 68 del Concurso Anual de Cuentos del diario El Nacional, período 2012-2013) es un relato genialmente demencial: un personaje de lujo intelectual logra repartirse en otros a quienes aporta sus conocimientos, mientras él es convertido en una especie de momia que simula reparar el apartamento donde vive. Y de esta manera: “Yo era lo que tú, tú serás lo que yo soy”. Clones y dobles de Alejandro Castillo se pasean por todos lados mientras él ha sido disecado.

Y cierra el libro con “Equinoccial”, otro relato donde una especie de demente es animado por el espíritu de Humboldt y se aventura a entrar a la Cueva del Guácharo. No respetó lo límites y murió por no haberle obedecido al barón alemán. El personaje, Hans Paulsen, andaba en la búsqueda de algo y se dejó encontrar. El escape hacia la “última luz” de una caverna que sigue siendo un misterio.

 

(***)

 

¿Cuántas veces no hemos escapado de nosotros mismos, del yo que nos persigue, de ese otro que nos acosa?

Alberto Hernández
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