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Son 51 epístolas dirigidas a Rafael Carías, un amigo de Caracas con quien se cartea desde diferentes partes del mundo. Un día escribe desde París, otro desde Ginebra, luego desde Madrid, la Habana, Berlín... desde cualquier lugar donde su acomodada vida le diera espacio para escribir notas cortas u otras más extensas donde cuenta la vida de sus dos novelas, la existencia de su ser que habla con la paz y tranquilidad de aquellos años cuando el siglo pasado estaba casi todo en manos de Juan Vicente Gómez.
Publicado por Ediciones de la Línea Aeropostal Venezolana en el año 1953, este tomo dedicado a la vida casera, íntima, familiar y por asomo literaria de Ana Teresa Parra Sanojo, quien en la portada de sus libros se presenta como Teresa de la Parra (1889-1936), demuestra, una vez más, que se abría al mundo un nombre que sería considerado como uno de los descubrimientos más felices de la literatura venezolana de aquellas primeras décadas del siglo XX.
Pero el libro no sólo contiene las cartas enviadas a Rafael Carías sino también un prefacio escrito por éste, así como el Diario de una señorita que se fastidia, anunciado como La Lectura Semanal Número 12, fechada en junio de 1922. La revista que publica este trabajo es la número 10, de distribución gratuita, editada en Caracas en la Imprenta Nacional.
Como es sabido, Ana Teresa Parra Sanojo nació en París el 5 de octubre de 1890 y falleció en Madrid el 23 de abril de 1936, a los cuarenta y seis años.

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¿Qué encontramos en esas cartas? En ellas está la mujer de una época, la escritora de unos días plácidos, la soñadora, la viajera, la nostálgica, la familiar, la amiga. Es decir, en esas cartas está la intimidad de Teresa de la Parra, pero también los diferentes avatares para dar a conocer su obra, sus historias escritas, sus novelas.
Aparte de la escritura de Rafael Carías para presentar el libro, este volumen trae una carta de Gloria Pinedo de Stolk Mendoza, en la que dice:
Devotamente comparto su alborozo al ver realizado hoy un ideal largo tiempo acariciado por su corazón de amigo fiel y generoso: la publicación de las Cartas de Teresa de la Parra. Estas cartas bellísimas, llenas de profundas verdades y de melancólico filosofar que Usted una vez me confiara por largos días para su lectura despaciosa y saboreada, y de las cuales estaba Usted tan dulcemente orgulloso, tan tierna y enternecedoramente maravillado como lo está un chiquillo de una frágil y radiante mariposa que de pronto encuentra entre sus manos.
Así, muy adjetivada, esta epístola de Gloria Stolk sintoniza con la manera de decir de una época cargada de sencillez, pero también de apasionamiento verbal un tanto exagerado, pero pleno de sinceridad. Se siente un tiempo ingenuo, un tiempo marcado por el lucir de las palabras, por la proximidad que revela la lejanía, la ausencia.
El libro muestra varias fotografías de nuestra autora a orillas del lago Leman, en Ginebra, en 1927. También en Sevilla, una Semana Santa. En Luján, en las montañas de Leysin (Suiza), cerca del sanatorio de tuberculosos donde se encontraba. También en Francia.
La primera carta está fechada en París el 2 de marzo de 1924.
Cada una de ellas ostenta un título recogido de la misma carta.
En la enviada desde Bellerive el 21 de agosto de 1925 expresa: “Hoy me interesan casi más las críticas que los elogios... Aquí ha tenido el libro mucho éxito en los círculos de habla española y franceses que conocen nuestro idioma”.
En esa misma epístola escribe: “La diversión agitada que me aleja de mí misma me causa un malestar inmenso; qué distinto del aburrimiento suave, poblado de ensueños y de ansias de ideal”.
No deja de comentar los asuntos relacionados con la vida venezolana, en la que asoma la presencia de un personaje que jugó papel relevante en la política gomecista: “Como delegado de Venezuela he visto a Zumeta que se encuentra entusiasmado con las tristes alegrías y alegrísimas tristezas de María Eugenia Alonso”, revelación escrita el 7 de septiembre de 1925 en Ginebra.
El 1 de marzo de 1926, nuestra autora dirigió una carta al señor Carías, en cuyo comienzo dice:
Recibí su carta y el juicio crítico del Doctor Lisandro Alvarado tan erudito y filósofo como incomprensible. Mi juicio a su juicio fue esta exclamación llena naturalmente del respeto que me merece: ¿Por qué no lo escribiría en griego de una vez? No nos hubiéramos comprendido mutuamente, él por hablar demasiadas lenguas muertas; yo, por relatarlo todo en esta pobre lengua viva conque pedimos y comemos el pan nuestro de cada día. Sí habríamos estado seguros de no debernos nada ninguno de los dos...
Por supuesto, la ironía de Teresa queda en evidencia.
Ese mismo año 26, Teresa escribe: “¿Sabe que estuve a punto de embarcarme para Panamá invitada por el Gobierno de Venezuela a ocupar un puesto en el Congreso de Mujeres?...”. Queda en el aire si aceptó o no el cargo.
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Retomo el libro de cartas de Teresa de la Parra y la encuentro en Cuba, gracias a su íntima confesión al señor Carías: “Su carta me encuentra ocupadísima, pues me voy dentro de días a Cuba con invitación del Gobierno cubano para asistir al Congreso de la Prensa Latina”. La carta está fechada en París, febrero 26 de 1927.
En una muy extensa misiva del 5 de marzo del mismo año 27, desde la capital francesa, Teresa le escribe a su amigo:
...me ha hecho escribir y, lo que es más curioso, me ha hecho releer las críticas de Ifigenia con un interés fresco lleno de sabor (...). Según veo, en Caracas, por lo general, no han acogido con cariño mi novela (...). Hay en Caracas, como en casi toda ciudad pequeña, un microbio de envidia que nace en el organismo de un envidioso y, gracias a sus condiciones virulentas, invade por contagio los organismos incapaces de producir envidia, a los no envidiosos.
Más adelante señala:
Otra cosa que me parece descubrir contra Ifigenia es ésta: el de no sentir allá la verdadera intención de la ironía. ¡En nuestros medios suramericanos, y por regla general, en casi todos los de habla española, la literatura es frondosa, en un torrente de palabras retumbantes se elogia o se insulta; es siempre el ditirambo o la diatriba, ambas cosas nacen del mismo tronco y son igualmente fáciles y de mal gusto. En Venezuela, por ejemplo, no existe (afortunadamente) el género diatriba puesto que no hay oposición; pero por el mal gusto conque elogian algunos, se adivina todo el mal gusto que pondrían al insultar...
Escribe sobre la ironía, la que falsea siempre la verdad, por eso:
Me parece que en ciertos medios de Caracas, por incomprensión, han calumniado mi libro; lo han hecho pasar de la clase ironía indulgente a la clase burla cruel, equivocados y heridos en un amor propio patriotero (...). Resumiendo: creo que la hostilidad de Caracas contra Ifigenia es debida a la envidia-pandemia, a un exajerado (sic) patriotismo y a las incomprensión de moralistas de criterio estrecho.
Esta dura misiva sigue descubriendo yerros que Teresa de la Parra pone a la orden de estos tiempos: “El que cree conocer a su tierra porque nunca ha salido de ella se equivoca”.
Califica esa conducta como “cosas criollas”, porque ella no se siente capaz de escribirlas en su novela. “¿Qué importa que en Caracas no me aplaudan si de allá tomo los materiales necesarios para hacerme comprender en otras partes?”.
En esa misma carta habla de la infanta Eulalia, “la tía del rey de España, que tiene un espíritu encantador y es escritora, le gustó tanto Ifigenia que hizo que me llevasen a su casa...”, donde compartió las impresiones de la señora, quien celebró con carcajadas algunas escenas de la novela.
Acusa de maledicentes a algunos caraqueños, mientras celebra la traducción al francés de su novela por Marius André. En la carta dice que está en cama con gripe.
El 7 de mayo del 27, desde París, le dice a su amigo: “Miranda fue el primero de los desencantados y planteamos el dilema: ¿los viajes en los cuales se exporta cultura, cultura que retoña en desencantos, son más útiles que perjudiciales, o más perjudiciales que útiles?”, y luego, el 3 de julio del mismo año, expresa: “Cada día creo menos en esos espíritus que desprecian lo suyo sin llegar nunca a bien comprender lo ajeno. Hacen el papel de intrusos, tímidos y encogidos en una casa extraña”. En esa misma carta habla de su obra: “Como verá por las revistas que le remito, mi novela ha sido traducida por J. Mauclair y por Miomandre, éste último laureado de la Academia Goncourt. La traducción de Miomandre apareció en la Revue de l’Amerique Latine, que se encuentra mal con Venezuela, por no sé qué razones...”.
El 15 de octubre del 27 escribe: “Como éxito extranjero le diré que va a hacerse una edición francesa de lujo a 600 Fcs. el ejemplar con ilustraciones de Van Dongen. Está pedida la traducción alemana y me la piden para el ruso traduciéndola del francés...”.
Se siente orgullosa de que su novela sea la más criolla de las criollas. Y destaca un próximo nombramiento del que hablaría más adelante. Y anuncia la publicación de un capítulo de Mamá Blanca en el diario El Universal de Caracas.
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El volumen contiene manuscritos con unas letras que varían de tamaño, como si quisiera remarcar su carácter. Habla de Andrés Mata, el fundador de El Universal, quien le insistía en publicar unos artículos en esas páginas diarias.
Todo el libro se concreta en desentrañar a esta mujer que desde sus distintas estancias marca con su voz una manera de ser: ella es la dueña de su destino porque lo destaca con su insistencia, pero también llega a decir: “A ese desgano por la fama atribuyo mi desgano de escribir”.
Siguen muchísimas más misivas entre Teresa de la Parra y el señor Carías. Al final del libro un “Breve comentario editorial” acerca del Diario de una señorita que se fastidia, firmado por José Rafael Pocaterra. Luego, un fragmento del mencionado diario y opiniones de Lisandro Alvarado, Angélica Palma, Luis Eduardo Nieto Caballero, Eduardo Arroyo Álvarez y Arturo Uslar Pietri, entre otras curiosidades como varios obituarios de las ediciones de la Línea Aeropostal Venezolana, entre ellas por la muerte de Rafael Arráiz, uno escrito por Monseñor Pellín. También Gloria Stolk deja su huella en esta publicación con un texto titulado “La locura del otro”.
No falta la publicidad de la época para sostener el esfuerzo de un lejano legado.
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