
A Luis Guillermo Barrera Linares, con afecto
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Uno habla o tartamudea, pronuncia una palabra o deja en el aire algunas de sus sílabas, y de inmediato aparece un objeto, un hombre o una mujer, un animal, las bestias de los sueños. Uno balbucea desde niño y se asoma en medio de la bruma infantil la imagen de un juguete, la de otro niño o la carrera veloz de un gato o el ladrido de un perro salvaje. Entonces, las palabras también contienen el miedo, esa feroz representación que se mueve entre los humanos y los animales —en el fondo somos la misma cosa— entre dentelladas, porque las palabras muerden, rasgan, destrozan y hasta matan, pero ellas siguen viviendo a la caza de otros que las confunden, mal usan o abusan de ellas por causas ajenas a la voluntad de quien abre la boca y mueve la lengua, tan viperina como santa.
Pero igual hay palabras que sirven para construir, para acariciar, para hacer el amor con ellas entre las piernas o en la boca sedienta de senos, ombligos y hermosas posturas. Son las palabras, en consecuencia, responsables, muchas veces, de nuestros actos. Aunque su inocencia sea inherente a su origen, porque las palabras son voces que aparecieron en un de repente, mediante la impronta de una necesidad de comunicación o de crear el silencio que después se convierte en sonido y éste en grafía. La palabra es la fonética del alma de quien la usa.
Por eso las palabras son seres vivos, tan de carne y hueso que con ellas posibilitamos, inventamos o llegamos a conocer al otro que nos oye, nos toca, nos acaricia o nos golpea. Somos linfa y materia ósea verbal.
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Todo lo anterior es tan cierto que muchas de ellas se niegan a ser pronunciadas por respeto a su magnánima genealogía. Algunas aparecen, otras reaparecen y se transforman en eufonías, en polifonías o en el más descarado relato de la ingenuidad e ignorancia.
Son tan vivas que muchas mueren. Otras resurgen o resucitan. Pocas se convierten en porfía, en mala conducta de quien a diario hace de ellas muletillas. En estos tiempos de multinformación y de fake news, como se dice en los medios, la ligereza verbal ha convertido a los hablantes que manosean esos sonidos en verdugos del idioma. O en resbaladizos representantes de la desmesura. Y son tan vivas que logran reclamar o explicar que las mal usadas o convertidas en moda parlante, son parte de una sala de parto fallida, porque esas palabras que hoy emergen de la boca habladora también a veces se niegan a ser obligadas a ser masticadas.
Las palabras se enferman, se ahogan, respiran, resucitan, reencarnan, regurgitan, sufren de fiebres y desmayos. Y tienen la capacidad de ser normotensas, hipotensas o hipertensas. Vale decir, son más vivas que los que las usan y mal usan. Pero también enferman a quienes se creen buenos hablantes, leyentes o practicantes de hechicerías adjetivas o sustantivas. O hacen del gerundio gracia de himno patrio, como ocurre con nuestra pobre canción de 1811, como dice Víctor Valera Mora en su poema.
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Despegado de la crónica, teoría o juego de malabares, entro de lleno en algunos ejemplos o ejemplares que forman parte de esta competencia discursiva que hoy solemos escuchar por redes, bocas presentes o diferidas, escrituras o rasguños nasofaríngeos.
Es ya normal escuchar a conocidos periodistas y comunicadores espontáneos usar al desgaire la palabra colocar, como si el sentido común o la gracia de la misma palabra no supieran escoger dónde se puede o cuándo pronunciar.
Veamos:
Se colocó el sol en lugar de se puso el sol.
Colocó un texto o una información en lugar de publicar o editar o escribir.
Colocar atención en lugar de poner atención.
Se colocó la corbata en lugar de ponerse o anudarse la corbata.
Se colocó a bailar en lugar de salió o se puso a bailar.
Se colocó a llorar en lugar de se puso a llorar o lloró.
Se colocó a gritar en lugar de se puso a gritar o gritó.
Se colocó triste en lugar de ponerse triste o entristecerse.
Y así, estimados lectores, hasta la inocente que colocó un huevo, en lugar de ponerlo.
Pobre gallina, la ignorancia del hablante la convierte en una suerte de mano que coloca un huevo en el plato o lo pone, como decían las abuelas o solemos decir nosotros los nietos, bisnietos y tataranietos. En este caso podría, depende de usted, usar correctamente su empleo. Cosa de nidos.
Las palabras tienen conciencia gracias a la lengua que las dice. Y pese a ser unidades significativas pueden ser convertidas en fetiches que dan para todo discurso.
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Como escribía estos días el amigo Luis Guillermo Barrera Linares, profesor y académico, acerca de algunas otras que andan por allí dando tumbos: tema, todo ahora es un tema. Narrativa, como si no existiesen asunto, materia, contenido o cuestión. Y para la segunda, relato, contenido, decir, etc.
En boca de personalidades o gente anónima, las voces narrativa y tema forman parte de un conjuro.
Tanto los diccionarios de la Real Academia de la Lengua como el de sinónimos y antónimos de Espasa son claros en lo antes expuesto. La proximidad significativa entre poner y colocar da pie para usar el sentido común y no dejar que la pobre gallina coloque un huevo o lo ponga con menos sacrificio, toda vez que la primera palabra es más larga, tiene más sílabas, lo que le provocaría un prolapso a la inocente emplumada.
Humor aparte, veamos:
La RAE: colocar (del latín colocare). Poner una persona o cosa en su debido lugar (...). Acomodar a uno, poniéndole en algún estado o empleo.
poner (del latín ponere). Colocar en un sitio o lugar una persona o cosa, o disponerla en el lugar o grado que debe tener.
Nos aporta o regala también algunos ejemplos:
- “De Madrid a Toledo ponen dos leguas”. Es como decir que distan dos leguas.
- “Pongo cien reales a Pedro a que Juan no viene mañana”, por apostar.
- “Poner en empeño” (significa ocasión).
- “Yo la pongo en ti” (confianza).
- “Poner una película u obra de teatro” (por proyectar o llevar a escena).
- “Lo puse en peligro” (riesgo).
- “Eso lo pone de su cosecha” (por colaborar).
Y así: poner en duda, poner un nombre o sobrenombre (por bautizar), ponerse al corriente (estar al día, informarse), ponerse a coser, a comer, a cocinar, a cantar, etc.
De modo que colocar como poner son voces sinónimas, pero obedecen al sentido común del hablante para que el significado no sea perturbado.
Tanto lo son, digo, sinónimas, que Espasa registra:
colocar: poner, situar, ubicar, instalar, disponer, acomodar.
poner: situar, colocar, instalar, montar, conectar, enchufar, meter, introducir, disponer, preparar.
(***)
Las palabras son apasionantes porque nos descubren. Nos dicen de dónde venimos y hacia dónde vamos. Nos guían o nos extravían. Nos avivan o nos asesinan, porque son poderosas. Cada palabra tiene su lugar de nacimiento y también su cementerio. Por esa razón es importante tenerlas presentes, y quien piense que no es así, que se declare mudo. O aprenda el lenguaje de señas, aunque para su traducción el hablante usa palabras.
Otro sí: el silencio también habla, de manera que hay que tener mucho cuidado con él.
Hasta aquí, ya vendrán otras preocupaciones o asuntos que tratar.
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