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El desierto que cruzamos, de Victoria Benarroch

lunes 6 de octubre de 2025
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Victoria Benarroch
La poesía de la venezolana Victoria Benarroch siempre ha sido una parábola de su origen, en ella se encuentra resumida toda la cultura que para muchos ha sido olvido.
Partió luego de Elim toda la congregación de los hijos de Israel,
y vino al desierto de Sin, que está entre Elim y Sinaí, a los quince
días del segundo mes que salieron de la tierra de Egipto.
Éxodo 16, Antiguo Testamento
No dudes, en la incógnita del azar hay un aire
y una dulzura para el daño que propicie la libertad.
Luego, aire y sol rendirán el bálsamo
sobre tu piel, la noche nunca ha sido eterna...
detrás de cada atardecer hay un día que nos tiembla
ardiente perfil
mundo a la espera.
Mharía Vázquez Benarroch

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Este libro es un relato del regreso, del retorno al lugar del origen desde una perspectiva tan personal que Victoria Benarroch convierte en una aventura politemática: no queda en estas páginas asunto que no toque su sensibilidad, su paso por el desierto que ha tenido que cruzar desde el recuerdo de Moisés, desde el largo trecho de muchos años hacia la tierra donde se asentaron los primeros peregrinos. Este libro es una poética de ese desierto, de los pasos y rastros que dejaron mientras soñaban y se hacían parte del mundo.

Es el desierto antiguo, el del libro sagrado, pero es también el desierto de hoy, sin dejar de decir del desierto que atiende a quien escribe una poesía limpia de falsos testimonios, plena de historias que cada poema contiene.

Cruzar un desierto representa la metáfora de los tantos senderos fundacionales. De los tantos caminos que tuvieron que abrirse para alcanzar el lugar ofrecido por la Altura. Cruzar un desierto es presagiar un éxodo. Es volver a ser parte de la diáspora, del relegado, del caminante que no mira o sí hacia atrás, que se mesa la barba sucia de polvo y los ojos en busca del horizonte, mientras las mujeres sacrifican la mirada ante los hijos que crecen o mueren en el camino.

La poesía de Victoria Benarroch siempre ha sido una parábola de su origen, en ella se encuentra resumida toda la cultura que para muchos ha sido olvido. Un desierto nunca deja de ser un desierto y menos cuando se cruza, cuando por décadas se vivió en él, cuando las fiestas o las tragedias del espíritu fueron parte de una consagración. El poema sostiene el desierto. Perdura la arena en la sed que los primeros caminantes sintieron en medio de aquella geografía tan solitaria.

Pero nuestra poeta no sólo habla del desierto, aunque lo insinúe desde las palabras que auguran la presencia de una luz, el blanco como ceguera o iluminación y el dolor como experiencia. Por eso el desierto es la poética de todos los temas que Victoria Benarroch trata en El desierto que cruzamos.

El desierto es un todo y también el resumen de la nada que muestra el horizonte.

Ninguna ola detuvo aquella luz
sólo el murmullo en lo blanco
arrastra la arena
y duele.

¿De quién es ese murmullo? ¿De dónde proviene?

La poesía hablará, dirá todo desde el todo para hacer del desierto el destino de quien en estos tiempos presentes habla de su herencia.

Entramos en el libro como quien emerge de la arena, muerto de sed, de tierra acumulada en los párpados y en la boca.

 

“El desierto que cruzamos”, de Victoria Benarroch
El desierto que cruzamos, de Victoria Benarroch (LP5 Editora, 2025). Disponible en Amazon

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En dos libros anteriores, nuestra autora insiste en el tema del desierto. En este texto de Entretejido (Fundación Don Juan de Borbón, España-Israel-Caracas, 2015, antes publicado por la editorial Eclepsidra en 2007) lo podemos confirmar:

En esta tierra
donde habitan los fantasmas

(...)

afinando el camino incierto
pies galopando
entre agua
y las aguas en el fango de la suerte
arrastrando polvo y barro
abandonas el desierto
sólo dibujas la materia
el alma se delinea en este verso.

Y ese verso advierte que el desierto es una permanencia. Un estado del alma. “Un lugar de pruebas”, la complejidad simbólica de un viaje, el asomo del riesgo, pero también una suerte de escuela donde los viajeros encuentran sus nombres, su identidad.

Por eso, en la plaquette Encuentro fortuito de las estrellas, 7 poemas, publicada por la editorial Petalurgia en su colección Versalia (España, 2021), la voz de Benarroch insiste:

Si su sonrisa de nuevo
y el aire de los astros
nos circunda
desandaré los caminos...

Una vez más, traza el sitio por donde andarán sus aventuras, el desierto, el único camino a tomar, el sendero bajo el cielo que los vigila.

 

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Cuatro estancias, cuatro viajes construyen este tomo de Victoria Benarroch: “El mundo blanco de su rastro”, “El encuentro fortuito de las estrellas”, “Llenarme de tu silencio” y “El desierto que cruzamos”; poemas, unos ya conocidos, otros por ser revelados a los lectores, fundan esta travesía de la poeta venezolana, cuya fe se fundamenta en la fuente judía sefardita, de la cual extrae los temas que aquí se refieren. Sus poemas, escritos con mesura, algunos cortantes no por ser rudos sino por ser un instante de aire en el alma, expresan su presencia como mujer creyente, en busca de lo sagrado. Habla y pronuncia: ahora soy luz y nadie lo nota, para precisarle a quien la lea que existe en medio de tanto desierto. Por eso dice y define: “Ni una gota de arena (...) lo blanco es el murmullo que trae una mirada (...) desde las olas // conservo el aire (...) permanece mi sed (...). El deseo de los párpados / llueve en lo blanco / de una luz extraviada...”.

Y desde esos sonidos, el desierto es pisado como si se tratara de un amplio grano de arena. Durante ese viaje por el desierto interior, la pérdida y el arribo del deseado: “el amor que dejamos en la puerta // llega el peregrino // inicio mi desnudo”, y el erotismo también pasa por el desierto, por la sed, la arena, el agua, para convertirse en una afirmación que se advierte separación o ruptura: “el aire que nos separa / convierte en ángel / la mirada que nos cruza”.

¿Qué mirada es esa que los cruza? ¿Será el mismo desierto sin horizonte? ¿Serán las huellas dejadas atrás en medio del vocerío de los caminantes o las de quienes se quedaron bajo tierra?

Y habrá un encuentro entre tantos desvaríos del viaje: “desandaré el camino / hasta los años / donde el beso es un desafío de la piel”.

Ese yo singular se vierte plural con la mirada vuelta atrás. La historia personal es tan de todos que se hace verso multiplicado. Y así: “el amor que no dejamos volar / hoy despierta / las alas que tenemos”.

Benarroch habla en nombre de todos, de los desvalidos, de los fuertes, de los que se arrodillan para orar, de los indiferentes, de los que aman sobre todo: “Este volver íntimo / inevitable / siente dolor de arena”.

El desierto se queja, se duele. Es una ruta de clamores.

Enhebra el poemario estos versos: “hallé mi voz (...) mientras nos convertimos / en una lágrima (...). Amo ese espacio áspero / íntimo / en el gesto de tu voz // sólo mi vientre lo reconoce (...) te lleno de mí / para no vaciarme (...) Porque todo es fugaz / y la palabra lo detiene / porque el recuerdo es blanco / y amarnos / fue no dejar / una estrella...”.

Bajo el cielo del desierto, mientras el Kipur se abre en atardeceres de expiación y comienzo, el desierto sigue siendo un cruce de caminos.

Alberto Hernández
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