
Hay libros que llegan hasta ti como una marea
(...)
El mar, esa fuerza primordial que nos arrastra y nos redefine...
Gladys Mendía
No sabe el mar que es mar
hasta que irrumpe
su inquietud en la roca,
cuchillo desafilado cortadura
y se deshace hirviente
la blanca vestidura.
Luis Beltrán Prieto Figueroa: Isla de azul y viento
1
¿Cómo contener el mar en la memoria o en la fugacidad de la piel? Su permanente movimiento nos abarca, nos lleva a otros confines, a otros mares que nos consagran, nos avisan de su sacralidad, de su fuerza, pero también de las debilidades humanas. Somos poca cosa frente al mar, sobre todo si se trata de un mar que no es nuestro mare nostrum, el que se hizo costa y orilla de nuestro nacimiento, de nuestro barro corporal, de nuestro origen, de ese nuestro que se hizo también parte de nuestra memoria como de nuestros naufragios, olvidos, mareas interiores, fugacidades y ensimismamientos.
Mar/Dios que nos vigila si estamos en su cercanía, y mucho más si nos hundimos en su espuma, en su oleaje, en su eterno ir y venir, en sus tormentas o calmadas aguas. Mar de Occidente, Mar de Oriente, mar de deidades abolidas y otras aún ante la mirada extraña, lejana, de quienes lo visitan. Mar que nos contempla, que nos dice de algunos de sus secretos, de los que superficialmente son parte del sol y otros astros. Ese mar divinidad se combina en este libro de Mariela Cordero con el discurso de las mareas. Mar espíritu que se personaliza en la voz de esta mujer que lo conoce y ahora lo canta, lo da a saber a través de sus palabras.
Pacto de otro mar, editado por LP5 Editora, en Estados Unidos, con un extenso estudio de Gladys Mendía en el que descubrimos el viaje de la autora por Taiwán, donde supo de su mar y sus transformaciones, sus idas y venidas cerca de los templos donde Dios también es presencia permanente. Pero son el mar, y algunos asuntos relacionados con la dinámica humana, la personal de la autora, que luego se hacen parte de los lectores, animados por ese mar que nos muestra su poderío, el mito por donde han pasado todos los poderes. El mar que se convierte en arena al tocar la tierra frente a nuestros ojos. Arena del tiempo, sal sanguínea, arena de los huesos de los extraviados en sus profundidades, arena que difunde el correr de los días y las noches. El mar del temor a saberlo tan inmenso, tan cerca de nuestras debilidades.
El mar siempre ha sido tema poético. Es uno de los grandes temas, desde los primeros aedas, desde los navegantes perdidos en medio de un remolino, de un horizonte que no logra ver desde la altura de sus naves. Mar que se ha construido en la imaginación más allá de su realidad poderosa. Mar sagrado, deidad, vertido en la fortaleza del ánimo y ánima de quien lo contemplaba y hasta celebraba con fe el movimiento de las mareas, mientras el yo reflexivo de la voz poética viajaba a otros confines, a otros eventos personales íntimos que le dan a este libro, que le ofrecen a lector, otras miradas, otros sentires, otro mar, y de allí el pacto con esa inmensidad que se mueve como una bestia a veces en calma, a veces molesta por la fuerza de su propia naturaleza.
Esta poética del mar sigue viajando en el espíritu de Mariela Cordero.

2
En una entrevista de Julio Ortega con el poeta mexicano Alberto Blanco, este último expresó que “existen poemas que, por su naturaleza misma, piden a gritos ser leídos como una poética”, y en efecto, este libro de Mariela Cordero se sostiene sobre una en la que un largo viaje se ha convertido en un texto en el que las palabras se enhebran con una cultura que la absorbe desde el mar, desde lo que ella siente en aquel extremo de la tierra. Suerte de mito por donde han discurrido todos los tiempos. El mar, divinidad, espíritu en movimiento permanente, sujeto vivo consagrado como una imagen en la que se representa el interior de una fe. Esta poética marina, toda vez que el mismo poema lo exige, lo dice, lo canta, se descifra desde “ahí / te quieren tierra / pero sigues siendo / mar”. Ese extraordinario personaje líquido, del que se ha escrito desde los primeros tiempos, continúa siendo escrito, descrito, hablado, cantado, susurrado, mareado.
La voz del mar murmura (...) no intentes acortarla...
El mar, esa inquietud espiritual que nos mira mientras tratamos de entenderlo, “permanece quieto / en la red del tiempo / para no hacerte daño”. El mar también es cercanía humana, comprensión de todos los naufragios, viajes, silencios profundos, luz y oscuridad. Su poder es tan intenso que “nada devuelve / este mar / sólo su inmemorial voracidad”. Mar bestia, animal, dios, ángel de vuelo espumoso. El poema se vierte completo en el mar, como si éste, el mar, fuese contenido del poema.
Su contrario, la altura, configura la redondez expresiva del poema, esa conjunción de contradicciones que la poesía siempre advierte: “El cielo / no es el límite / del mar”; por eso, “me mostró sus entrañas y algunos / enigmas / no sin antes herirme”. De allí que convoque la reencarnación de la piel, del espíritu, del amor fingido, ese que al “lavarse las manos con sangre”, nos dice de su ferocidad, la que sigue mareante en el poema.
3
Hay un mar, el mare nostrum, el mar que nos pertenece y nos escuece, el Caribe mar, silabeado desde sus sargazos, razón que hace del poema una nostalgia de no estar en él, “de rodearme de marejadas / sin aniquilarme / sin ponerme de rodillas...”.
La voz de la poeta se vale de la voz en alto para decir: “una palabra / de redención / Eso me lo dio el Caribe”. Y se va a “El otro mar” en una tercera persona:
El otro mar te esperaba
lo desconocías
en el cautiverio
de la hostil belleza
de las aguas familiaresEsa marea se ensañó contigo
hasta casi el ahogo
ignorabas
que sólo te preparaba
para la profundidad
de otro océano,
otra cultura, otra manera de ver el mundo, de sentir sus aguas, de ser escritas y pronunciadas como una poética, como una expresión verbal que roza la tierra, se convierte en arena, en cuerpos del pasado, en polvo de huesos que siguen hablando, porque el mar así lo decide. Sin embargo, el mar no sabe que es mar, que es extensión, que es cofre de sorpresas, revelación del tiempo, eternidad en movimiento.
4
Mar migrante, poema que como el océano que le ofrece orillas, inventa el mundo terrenal. Sin mar no existiría la ilusión de la hondura. Desde lo alto, desde la ajenidad, donde reposa la quietud del eterno viaje, la que se mueve como los poemas, “El sol se pone / sobre el mar que me es ajeno”, ese donde el clima es extranjero.
Quien se aproxima al mar se hace mar, se convierte en parte de sus misterios, de la piel, de quien cuenta las mareas. El poema lo indica: “...acontece / el golpe del mar / en el cuerpo (...) que la noche se abra / al cerrar los párpados”.
Entonces: “Ahora soy / arena desparramada / en el mapa / de tu cuerpo”, un asomo erótico que el mar no oculta, roza, acaricia, palpa. Desde ese instante: “entrabas a ciegas en el / otro mar”.
¿Quién es penetrado, quién entra en ese cuerpo/mar, a esa impaciente permanencia?
Un encuentro onírico elabora el poema, lo viaja por el mundo, por el mar otro, por la sintaxis ajena, por el idioma donde la divinidad alberga los sueños.
Seguimos siendo
aquello
que nuestras bocas
nunca nombraron.
Esa “imagen / que no cesa de cambiar”.
Mar mutante, mar metamorfosis, mar poema que ha fabricado un libro, que ha domeñado el mareo y encarado el naufragio, el silencio, lo no mencionado, lo callado.
5
De aquel mar, de aquella lejanía, Qinshui, el patriarca, es también la fuerza de una plegaria, una densa pero a la vez ligera, como el mar, como la calma que se torna sospecha, porque el mar se afana en una conducta sorpresiva, y así el poema que Cordero nos entrega: “Su sentencia / es inexorable”.
O: “Seamos una oración / en el templo (...) Seamos la oración / que quema / en la boca”.
Nombra a Yue Lao, personaje que está más allá de nuestro mar, en el otro, esa alteridad metafórica que se descubre consejera, reverente: “Apártense de lo equívoco / devuélveme el lazo / que siempre me ha atado”, ese cordón rojo de la oración que resume una especie de marea tibia, arenosa, estrictamente consagrada a lo divino.
Mariela Cordero construye su poesía con todos los sentidos, favorece a la mirada afectiva, espiritual desde su yo observador, acucioso: “Ahora sólo tengo / el arma / de apaciguar / contemplando / el deseo sin medida / como quien / contempla el mar”.
Deslumbrada, la voz se sumerge en una lectura epidérmica, terrestre, geográfica, corporal: “...mano / siempre serán mapas / que no supimos leer”.
6
En “Al otro lado del mar”, donde “sólo soy madrugada”, la poeta, la voz de quien habla, desentraña otra mirada: “No reconozco / a mi cuerpo / He tenido que ser otra”, como el mar, por “Lo que somos en la marea”. Tanto mar como quien habla, Mariela Cordero, se hacen uno en un inmenso espejo de agua, de luz que viene del arriba y se transforma en misterio de la profundidad. Las palabras y la arena —el afuera— envuelven el poema, lo confirman poesía.
Y en “Redención”, la primera persona insiste para continuar siendo el mar interior que ha rescatado con el cuerpo, con el espíritu del oleaje, de los personajes que la han llevado al templo.
“Nunca te he tenido (redención) pero juego a poseerte / en el oleaje / que nos descubre de cosas sagradas”. Vuelve desde lo ignoto y posa sus ojos en la orilla para descubrir las heredades, a los que se han ido y se han convertido en costa, en parte de la tierra habitada: “...la arena / es una cama de cenizas (...) seremos un puñado de sal (...)”. “Los nombres (que) naufragan”. O que han naufragado. Y de tanto mirar, de tanta patria acuática: “El mar es un espejo marino” en medio de una pregunta: “¿Qué somos cuando nada nos nombre?”. Quizás arena, cenizas, polvo de mar.
El pacto se ha concretado. Mar y poeta convergen en la orilla. Se encuentran y desencuentran mientras la memoria encaja en el ese otro mar cerca de casa, el Caribe.
El pacto no se ha roto: el espejo refleja sus misterios, sus plegarias, las de quien ha viajado en palabras para reconocerse en otra cultura desde el mar, ese lejano mar/otro.
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