
El hecho de ser escritor —la certeza de tener la vocación de escritor— reside en la creencia errónea —o verdadera— de poseer un instrumento especialmente destinado a comprender el mundo y expresar esa comprensión.
Guillermo Meneses, “El hecho de ser escritor”, en Espejos y disfraces.
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“Si se pretendiera definir la obra de Guillermo Meneses con una sola palabra, habría que utilizar, sin duda alguna, la de autenticidad. Podrían luego añadirle otras cosas, que no será más que explicación o ampliación de la primera: honestidad consigo mismo, consecuencia con una filosofía, intento de lograr una visión del hombre”.
Estas palabras las escribió Judit Gerendas al comienzo de su libro La misa de Guillermo Meneses, publicado por la Universidad Central de Venezuela (Ediciones de la Biblioteca, 1969). En esos tiempos se leía poco a Meneses hasta que reventó su imaginación con “La mano junto al muro” y El falso cuaderno de Narciso Espejo, consideradas sus obras mayores, las obras de un registro en el que el autor ahonda en la psicología de una comunidad portuaria, y que hace que el lector se convierta en esa nocturna visión que emplea el también autor de Campeones para engarzarnos en esa historia. Y con El falso cuaderno de Narciso Espejo nos tropezamos con una de las primeras novelas de experimentación, de cambio de juegos espacio-temporales como lo es también Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez, una de las obras más relevantes de la narrativa venezolana y continental.
Pero Arlette Machado va más allá en Asedio a Guillermo Meneses, publicado por Monte Ávila Editores en 1980 y donde nuestra autora se dedica a indagar, entre los tantos críticos y escritores venezolanos, quién era el también creador de Cable cifrado, pieza corta editada por la Asociación de Escritores Venezolanos en sus Cuadernos Literarios, en el año 1961.
Machado hurga, a través de encuentros con los escritores de esos años, en el comportamiento literario y personal de un hombre que se dedicó a la escritura y a la diplomacia en tiempos de dictadura de Pérez Jiménez, pero que en París era solidario con los exiliados, razón por la cual no fue mal visto cuando ese proceso doloroso llegó a su fin. Meneses escribía y se reunía con esa oposición perseguida por el mandamás de aquellos años 50.

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José Balza escribe al comienzo de este trabajo:
Guillermo Meneses encontró a sus lectores venezolanos en la última década. La lenta difusión de sus obras fundamentales —“La mano junto al muro” y El falso cuaderno de Narciso Espejo— alcanzaría sólo en los años más recientes una estricta ubicación en la literatura del país. Dentro de esos lectores se destacan, por su lucidez, Alicia Segal, Juan Liscano y Orlando Araujo.
En el prólogo escrito por Arlette Machado ella expresa:
En 1976 comencé a leer con orden e intención la obra de Meneses. Pensaba centrar en el mencionado escritor mi trabajo de ascenso al escalafón universitario. Muy pronto me di cuenta de que si bien existían varios estudios sobre sus cuentos y novelas, ninguno se refería a su vida, y Guillermo, más que cualquier otro, jamás podría desprenderse de una fatalidad llamada destino.
Y, en efecto, su libro, este asedio, es un reto que abre una puerta para saber de la vida y obra de Meneses, para conocer de su carácter, de su manera de tratar a los demás, de sus porfías, de sus alegatos, y para eso se vale, como hemos dicho, de encuentros que hablan positivamente, unos, y negativamente otros, de este escritor que en estos tiempos actuales poca gente conoce, inclusive gente de las letras. Por supuesto, en el ánimo de Machado existía la duda de cómo sería recibido el libro dados los cuestionamientos que algunos de estos escritores y artistas hacían de Meneses, aunque más allá de estas opiniones prevalece la obra que más ha atraído a los lectores del país y de otros lares donde han abierto las páginas de El falso cuaderno de Narciso Espejo y de “La mano junto al muro”, centro del estudio en el que se concentran estas líneas de nuestra ensayista Arlette Machado, quien también realizó un importante trabajo sobre el poeta de Fundaciones, Cármenes, Vaivén y Domicilios, entre otros, titulado El apocalipsis según Juan Liscano, y del cual hablé en otra nota hace algún tiempo.
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Machado divide su libro con los siguientes títulos: “La ciudad de Dios”, “Un deicida en la cárcel”, “La balandra Isabel se hace a la mar”, “Desilusión y vértigo”, “Al encuentro de París”, “La expiación”, “CAL, una aventura meneseana”, “Arlequín pierde su último disfraz”, “La escritura meneseana”, “Una interrogante sin resolver” y luego un epílogo-semblanza, las entrevistas citadas, la bibliografía del autor tratado y varias fotografías que muestran al Meneses niño, joven, maduro y ya anciano.
Son 57 los nombres de quienes opinan sobre la vida y obra de Meneses; entre ellos están Germán Arciniegas, Alfredo Armas Alfonzo, José Balza, Julio Báez Meneses, María Elena Coronil, Nicolás Curiel, Alfredo Chacón, Carlos Eduardo Frías, Salvador Garmendia, Adriano González León, J. R. Guillent Pérez, Sofía Ímber, Lya Ímber de Coronil, Rodolfo Izaguirre, Juan Liscano, Mateo Manaure, Felipe Massiani, Soledad Mendoza, Nedo, Sara Meneses, Hans Neumann, Miguel Otero Silva, Kalinina Ortega, Antonia Palacios, Rodolfo Quintero, Bélgica Rodríguez, Francisco Salazar Martínez, Alicia Segal, Arturo Uslar Pietri, Ramón J. Velásquez y Jóvito Villalba. Un mosaico de opiniones que nos muestran el lado humano, arisco, retrechero, exigente de Meneses, pero también el lado de su genio creativo, también parte de su vida como preso político, como embajador, como esposo, como padre, como un ser humano que nos entregó una obra que debe ser leída o releída en un país donde la memoria vale poco, sobre todo la vertida en los libros, convertidos en fantasmas en estantes, en silenciosos testigos de miradas furtivas.
Van estas palabras para recordar a Guillermo Meneses y un homenaje a nuestra amiga recién desaparecida, Arlette Machado, siempre cordial y afectuosa con quien esto escribe.
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