
Me siento viejo (...). Olvidarse de uno mismo, esquivar el cuerpo, sacarle el cuerpo al cuerpo (...). Es la vida vuelta pedazos, hecha polvo.
Adriano González León, Viejo.
El tiempo sólo tiene una realidad, la del instante (...). El instante es ya la soledad.
Gaston Bachelard: La intuición del instante.
Trata de evocar una memoria que no sea de palabras, una memoria táctil, de sabores, de olores, y fracasa.
Rubi Guerra
1
Dos viejos regresan del pasado. Narran sus amores, fracasos, enfermedades y pequeños actos heroicos, como si se tratara de una osadía vivir. Dos ancianos, uno en un asilo y el otro que también lo estará, retornan para contarse la existencia, los resquemores, a revelarse, a desnudarse frente a la audiencia que abre un libro y se convierte también en vidente, en un alguien que recorre el casco histórico de una ciudad pero que viene de un caserío donde ha dejado el barro seco de sus vivencias.
Y como expresa Heráclito en uno de sus Fragmentos: “Entramos y no entramos en los mismos ríos; somos y no somos”, así se vierten los personajes en esta bella novela de Rubi Guerra, en la que al leerla pasamos por varias vidas, unas apenas rozadas por las palabras, otras tocadas por el halo de una narrativa que conduce al lector a no perder ningún detalle. En efecto, son y no son en la medida en que se asumen o se niegan en un tiempo que, al parecer, pasa demasiado rápido, aunque a veces es ese mar invisible el que habla cada vez que toda la costa, los pies, los cuerpos desnudos de un hombre y una mujer se unen para desafiar las mareas. Todo es recuerdo y memoria, también olvido. El tiempo pasa, se sacude como una pequeña bestia y traduce la travesía de quienes —ahora ancianos— regresan a sus vidas de atrás, a sus investigaciones como policías judiciales retirados, alteradas por vacíos o eventos que se han quedado atados a sus instantes, a todos los instantes que ahora son la bruma, el resentimiento, la pérdida, el crimen de un alguien que se despoja, ya vuelto polvo en una silla desvencijada, frente a un periodista que también carga con sus fardos que ese tiempo regresa para recordarles que están cerca de la muerte.
Y unas mujeres que han sido víctimas y testigos de esas vidas, pero que han quedado atrapadas en una madeja de instantes, de momentos ocupados por quienes han protagonizado también sus vidas, sus pasantías por diferentes paisajes, por diferentes estaciones vitales.
Son cuarenta años los que se mueven en estas páginas a través de las acciones o eventos de unos personajes que han convertido el tiempo en una suerte de simulacro, toda vez que van y vienen de los distintos escenarios en los que se desenvuelven.
La vejez, el olvido, la memoria, el instante, ese tiempo que se disuelve en la mirada interior, serían los motivos que llevaron al autor cumanés a escribir esta novela que una vez más revela la calidad escritural de sus creaciones.
Octavio, su recuerdo más afilado: la muerte de su padre, quien se midió a puñaladas con un pescador. Ambos quedaron destrozados. Ya con cuarenta años encima regresó al pequeño poblado en busca de la tumba, pero el camposanto ya no existía. Ese vacío, ese instante, lo regresa a la niñez. Julia, la mujer con quien regresó al poblado natal. Recoge esta novela tragedias familiares, el crimen cometido por un joven contra su madre. La memoria de Octavio se pasea por el paisaje de aquella geografía donde reposa congelado el instante de la infancia.
El narrador, presto a cultivar esta propuesta, dice: “El tiempo es una sustancia congelada que avanza hacia la nada”.
Y entonces Antonia. Y entonces la vuelta a aquellos días, convertidos en un instante en la vejez. El fracaso es parte de la evocación. En esa del bar donde conoció a Antonia, la cantante. La traición se atraviesa: su esposa Julia, por eso: “El amor quizás sea una mentira, dijo la tía, pero es la única que vale la pena”. Este tema, codiciado por algunos novelistas o cuentistas, es sólo memoria, recuento de sudores frente al mar en una vieja casa, en la mirada turbia del anciano que regresa siempre al pasado.

2
Cumaná se asoma en sus calles. La plaza Gran Mariscal, bordeada por el río que ya no es río, que ha quedado como un nombre en quienes han soñado con otros instantes, otras memorias. Cruz Marcano, el boxeador, es una referencia: el invencionero Rubi Guerra lo enfrenta a un delincuente, el Chaure, quien luego viola y asesina a Antonia.
Dos planos: el del presente umbroso de los viejos y el del pasado que se transparenta sobre todo en Octavio. Su visitante en el ancianato, su amigo de infancia y juventud, Gonzalo, cruza recuerdos con él. Son hasta cierto punto el núcleo de esta pieza narrativa. Dos parcelas contiene esta obra: “El viejo” y “La clínica”, esta última entre un burdel y un cuartel. Más adelante, de nuevo “El viejo”. La mayoría de los personajes son referenciales. Pasan como un celaje, por un instante, por ese que Bachelard señala: “Del pasado más lejano, por efecto de una permanencia completamente formal (...;) un fantasma algo coherente y sólido podrá quizás regresar y revivir, pero al instante que termina de sonar, no podemos guardarlo con su individualidad como un ser completo”.
El viejo, la voz afantasmada, se quiebra en la soledad. Oye la voz del amigo y luego se desahoga con la misma fuerza de su decrepitud, de su amputación, de su enfermedad, de su memoria recrudecida. Y así, “Es preciso la memoria de muchos instantes para lograr un recuerdo completo”, dice el autor de La intuición del instante (Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, Argentina, 1977).
3
La narración busca otros espacios. Nuevos derroteros en la mente envejecida del personaje, que ubica su letargo en quien lo interroga. La narración se tropieza con diálogos en esa larga entrevista entre el periodista y el hombre que cometió el delito. Cada quien, en este caso, libera sus sombras, sus angustias, su pasado cargado de una metafísica colgada de la desmemoria, de algunos episodios borrosos, de la vejez que se traduce en la mirada, en los ojos que buscan encontrar la imagen, el nombre, el cuerpo vivo o muerto de aquella lejana aventura.
Aquella descensión al abismo, tan asentada en quien está cerca de la muerte, encuentra en estas páginas esta sensación: como en el Viejo de González León: en estos sujetos es un compendio de recuerdos, de palabras que avivan el pasado, esos instantes que se irán con ellos pero quedarán en la memoria de quienes alguna vez los conocieron o los inventaron.
Rubi Guerra narra en tercera y primera persona. En la tercera recoge el universo de los dos hombres golpeados por el tiempo. En la primera, secretos y desgarrados eventos que sobrepasan ahora, en este instante, los sentimientos de estos hombres, proyectados en las mujeres que pasaron por sus cuerpos y almas: Antonia, Julia, Patricia (hace siete años).
El lector se preguntaría: ¿quién soy, quién seré en esta historia? ¿Un reflejo, un sueño, una biografía extraviada?
4
Cincuenta años atrás: el corazón abatido. Y un personaje de asomo, el señor Manuel, la narración de los sueños con la muchacha que era y él lo era.
Vuelve al presente: “Después de pasar unos días en una clínica no es inusual sentirse como un impostor, como estar viviendo una vida paralela. Nuestra identidad queda olvidada”, y así, “el miedo al dolor y a la muerte”.
Uno de ellos siente deseos de escribir su historia. Queda suspendida en las palabras que ha dicho, pero sólo eso. Ya el narrador la ha construido. Ya el narrador, esa suerte de omnisciencia solapada, lo ha logrado.
“Yo no estaba seguro de pertenecer al gremio, pero aceptaba incluirme provisionalmente en él”, al referirse a su deseo de escribir.
En las novelas y cuentos de Rubi Guerra los personajes se agitan en una permanente lucha con la memoria y con los sueños. Así lo vemos en “el avatar”: “Luego de recorrer las calles sin luces, entramos a locales donde el sueño se empoza, se momifica, lo hallamos y lo dejamos cristalizado como un pedazo de roca, como un fósil. Es fácil reír cuando el sueño está muerto (...). Los sueños están dormidos, muertos, cristalizados: podemos saltar de uno a otro, arrojarlos, envolvernos en ellos, usarlos como escudos, como lanzas, como refugio, como espada o arco” (cuento “La noche”). Este libro lo publicaron el Centro de Actividades Literarias J. A. Ramos Sucre y el Consejo Nacional de la Cultura en una coedición del año 1986. En “Un sueño comentado” el título lo dice todo: “(Hasta aquí el sueño dentro del sueño)”, después de pasar por ese laberinto donde los personajes se abrigan bien con las palabras del narrador. En La tarea del testigo una tercera persona afirma: “Él había permanecido la mayor parte del viaje en su camarote con la esperanza de poder dormir”; en el mismo texto refiere que el personaje, Ramos Sucre, “La enfermedad lo obligaba a detestar su cuerpo”. Aquí los sueños son intermitentes. Nunca duerme, sueña poco: “Duermo mal. Pero eso no es una novedad. Sabes que el insomnio ha sido una fatigante compañía en mis últimos años”. El insomne sueña despierto, revive, recrea su vida, es un cansancio onírico. En El enemigo discreto: “Descendíamos por un túnel estrecho (...); el sueño se había quedado remoloneando detrás de mis párpados” (Madera Fina, Caracas, 2001).
Otro personaje que siempre está presente es el mar. Rubi Guerra vive en Cumaná, tiene el mar como testigo, como una presencia que lo apoya. En el libro que comentamos los personajes son parte del mar, de los pescadores, de la rutina marina. De modo que quien se sienta frente al mar vuelve al pasado, porque ese inmenso monstruo líquido contiene toda la historia del hombre. En Araya hay una referencia que podría ser también en San Luis, que podría ser en cualquier rincón de aquel bello estado donde desde los pueblos de la costa se arriman a la capital a revolver recuerdos, y luego retornar al pasado rural de sus padres.
5
Guerra describe con la belleza propia de quien extrae de los objetos sus espíritus, esas almas quietas que son capaces de promover inquietudes, pensamientos lujos o miseria, propiedad o ajenitud. “Objetos elusivos que aparecían cada uno en el radar del otro para desaparecer poco después sin dejar rastros”, propios de los sueños, de la imaginación mientras el mundo irreal asoma su presencia. Pese a todo, el instante deja sus huellas, sus marcas, sus dolores, la soledad... Ese mar invisible que los azota, desde cuya orilla han sucedido amores, orgasmos, reflexiones, miradas al infinito, a un horizonte que también parece un instante, el tiempo extraviado, no renovado.
Reflexiones, pensamientos, elucubraciones: “La pureza es una inversión maligna de la inocencia (...); dejar patente la ridícula persistencia de los fantasmas [al referirse al poder] (...); Este lugar propicio para el olvido”. Y una crítica del visitante/narrador: “La vejez no lo moderó”.
En esto la novela nos dibuja a José Córdova, el profesor, colega del ahogado en el mar Julio Freites, de Cumaná. Más recuerdos, más memoria, más olvido: “En fin, la vida (...). Ya no puedo recordar cómo éramos”. La decepción del amigo, del colega que aspiraba a ser escritor pero también aspiraba a hablar de física. Y su suicidio.
Diez años marca el escritor. Diez años para contar que está en la clínica donde “Vuelve la mirada hacia William, en la cama frente a la mía”. Y una mujer frente a un edificio, parte de sus fantasmales memorias, de sus reconocimientos luego de años.
Ahora vuelve el narrador a relatarnos cincuenta años atrás: el niño y la hermana que recorría el pueblo solitario. Las casas de la compañía petrolera. “Habitantes portátiles”, porque esas casas no les pertenecían. Habitantes del instante. Y decirse el personaje: “Con esa falibilidad de la memoria que ya no me sorprende”. Ella, la hermana, “quien buscaba, esperaba o quería olvidar algo”. Sueña entonces que regresa a su lar: “Reconozco mi pueblo. Estoy en casa. Adonde he de volver cuando todo acabe”. El viejo periodista, Medina, trabajaba en un diario local. Y de este modo nos damos cuenta de que hay dos tiempos, dos instantes: el del periodista y el del asilado. El encuentro, un momento que queda congelado, cristalizado. Entrar en sus historias donde hablan de la primera y la última muerte. La traición de la mujer, de la cantante.
Julia, Antonia, vuelven del relato anterior. Y una de ellas, una que podría ser cualquiera en el ser humano que lee esta obra:
—Me extrañas.
—Todavía no me he ido.
—No importa. Dime que me extrañas.
Son cuarenta años de eventos, acciones, relatos en los que los personajes se confunden unos con otros, con sus propias revelaciones, con sus olvidos, con sus momentos felices frente al mar, esa bestia invisible que no se olvida.
La pérdida del ser amado, el silencio.
Viejos policías judiciales jubilados se someten al imperio forense, al asco.
Y esa mujer, una muchacha casi transparente que recorre las líneas de esos viejos que aún siguen pensando en que son capaces de inventar más instantes para salvar la memoria.
(Esta lectura un tanto caótica expresa el instante mismo de haber estado sumergido en ella, como en ese mar que se extiende como una memoria perdida).
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