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Vivo en Avalón, de Tibisay Vargas Rojas

lunes 1 de diciembre de 2025
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Tibisay Vargas Rojas
Tibisay Vargas Rojas habla a través de una mujer del pasado remoto donde imperaba un reino en Vivo en Avalón.

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La historia, esa mitología de los relatos extraídos de la búsqueda permanente de la tierra prometida, esa que dio con el Edén, con Utopía, con la Atlántida, se me ocurre visión agregada al arquetipo del Paraíso o del infierno cuando se llega a Avalón, la isla cuya niebla niega el horizonte. Aquella que nació del imaginario antiguo de los sajones y se convirtió en una verdad para escribirla, leerla y hasta cantarla con la voz de un poeta o el chillido de un bufón.

El título de este libro, cuyo verbo está en primera persona del presente, nos augura un viaje hacia el pasado con sólo mencionar a Ávalon o Avalón, como esta segunda voz se acentúa en el poemario. La autora, Tibisay Vargas Rojas, publicada por Editorial Diosa Blanca Editores, en Caracas, 2025, se adentra en este mito a través de un recorrido por los personajes que le dan forma a esa época en la cual era posible vivir de la magia en medio del poder, pero en esta ocasión, quien habla, una mujer, relata parte de su experiencia con los personajes que han construido el damero de un relato poético ataviado con versos relucientes, amparados en la belleza que siempre nos ha obsequiado su autora desde su “isla” de Avalón en San Juan de los Morros.

No quiero escribir una tesis de grado o una larga travesía por los sujetos que se desplazan por estos versos, eso desvirtuaría el élan vital de la escritura, porque más allá del contenido hermenéutico está la poesía como alma y no como trayectoria desganada o cubierta por cierto heno intelectual. Me interesan más la tesitura de los poemas, los entrometidos personajes y sus argucias y, por supuesto, el tono que usa la mujer, esa poética femenina que socavaría cualquier intención si no va al más allá de estas líneas.

“Vivo en Avalón”, de Tibisay Vargas Rojas
Vivo en Avalón, de Tibisay Vargas Rojas (Diosa Blanca, 2025).

Habla el poema, habla la mujer desde un espacio geográfico imaginado. Desde una utopía terrena en la que ella, la mujer, construye su magia, sus desdenes y su relación con el resto de quienes participan en esta aventura. Y en la aventura de la poeta, toda vez que es ella la que habla a través de una mujer del pasado remoto donde imperaba un reino.

Improviso, desato las ideas y las poso en esa mujer que dice en presente sobre el pasado de otra o de otras. Ella, la de hoy, vierte su esencia en aquellas que comulgaban entre mitos, rodeos imaginarios, miradas que se convertían en tensión frente al rey, pero ese no sería el tema si no nombramos a los personajes, quiero decir, esos que arman el poema, esos que ladrillo a ladrillo elevan la torre de la Isla de las Manzanas para ver el mar entre la niebla. Avalón es ese polvo marino donde se dan, según los datos registrados, las mejores manzanas, e imagino, las mujeres más bellas y los hombres más valientes según el relato que la mitología de esa cultura nos ha entregado en libros y películas. Y como esta es una crónica que se olvida, a veces la volcamos en nuestros sueños cuando nos vemos en un bosque a la espera de quien habrá de darnos parte de su alma, de su cuerpo y de sus esperanzas.

Esta isla mítica, que tiene base en las leyendas artúricas, nos envuelve gracias a la poesía de Tibisay Vargas Rojas, quien tiene su Lancelot en los morros de San Juan, altura que divisa a través de su ventana. Y su caballero, cercano, el mismo que también escribe sobre el paisaje de su recreada imaginación.

 

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La búsqueda del Grial, el rey Arturo y Lancelot y hasta Merlín el mago destacan en esta escritura que parece antigua. La poesía, ese enjambre, ese tejido que desenreda el tiempo, se vuelca sobre estos nombres, suscita una mitología, la celta, a través de una mujer que vive o vivió en Ávalon o Avalón. La voz femenina destaca entre las damas aprendices, entre las diez maneras o mandamientos de portarse una dama. Y Ginebra, la otra dama que forma parte de esta sacralidad reflejada como tierra en la que el bufón de la corte, Parsifal, el que dice: “Sólo yo con este cáliz”, se adelanta a Morgana allá en la torre de la isla, nombre que aún ensombrece el día, y en “la Abadía / sobresalta los silencios propios / de los desterrados de Infierno / y Paraíso”.

Avalón ha dejado su estela en una región de Norteamérica, en California, y en 1990 se contiene en una película sobre una familia de inmigrantes polacos, suerte de metáfora que le imprime más fuerza al pasado lejano de aquellos héroes y villanos que hoy están vivos en los versos de una poeta que tiene como referente celestial los hermosos morros de San Juan.

 

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Van dos poemas de este libro:

Decálogo de la dama

Debe ser modelo de virtud
o parecerlo
diestra en la rueca
como inepta en artes amatorias
exhibir sobre el pecho un crucifijo
y ocultar bajo el mismo la cruz propia
reír con recato hasta las lágrimas
ahogar bajo sonrisas cualquier llanto
esperar a su señor aunque no llegue
esperar a su señor aunque no exista.


Cómo es el sur Lancelot du Lac
do poco ha naciste
cierto trenzan ríos
bosques, roquedales
así como arterias tatúan
tus carnes
manan leche y crema
las ubres
tus dientes aún lo recuerdan
sus valles
tienen la tibieza de oquedades
las sedas, los paños
deslizan del cuerpo
al anochecer
violetas y nardos entremezclan aromas
y en ese momento es seguro
tus ojos y el cielo tan negros
y cómo aquel lago
do ansío nadar.

Alberto Hernández
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