Saltar al contenido

El sabor de Circe, de Jeroh Juan Montilla

lunes 15 de diciembre de 2025
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Jeroh Juan Montilla
En El sabor de Circe, Jeroh Juan Montilla traslada al paisaje de su tierra la imaginería de la mitología clásica.

1

Cabría afirmar que los dioses se han aposentado en el llano, que muchas de las palabras que emergen de esa cultura antigua se han emparentado con la sabana y sus costumbres y que, aunque de manera soslayada, los dioses de aquel Olimpo se pasean por el olimpo de esta geografía interior augurada por la voz de un poeta que registra la boca de Circe, hija de Helios y de la ninfa Perse, quienes desde el poema construyen la voz de Jeroh Juan Montilla.

Alguien se preguntará: ¿qué hace Circe en esa llanura soleada tan lejana en el tiempo y el espacio, cantada por un poeta que vive en San Juan de los Morros y se pasea por el paisaje de su tierra? ¿Qué busca esa Circe, esa habitante de la isla de Eea, maga y hechicera, en el calor lluvioso de este territorio por el que otros centauros se mueven con un cabestro en las manos para enlazar con holgura el cuello de las reses?

La poesía no es escogida. Ella escoge al poeta y lo mueve, lo odisea, lo cambia de lugar, lo hace soñar con ese amor que tiene cerca bajo las sábanas, pero también se aproxima a aquella mitología capaz de hacerlo escribir un libro como este: El sabor de Circe, publicado por la Editorial Diosa Blanca, en Caracas, en 2025.

 

“El sabor de Circe”, de Jeroh Juan Montilla
El sabor de Circe, de Jeroh Juan Montilla (Diosa Blanca, 2025).

2

Ella, Circe, capaz de transformar a un humano en bestia, de disfrazarlo de bisonte o de culebra, revelada en Homero a través de Odiseo, de ese viajero que ahora se halla en la palabra del poeta que lo asienta con ella en las planicies de Venezuela. Y afirmo con certeza que este Jeroh Juan Montilla estaba pensando en esos dioses de la noche que hacían del día laguna y garceros, palmas y matorrales de donde emergían las voces de los extraviados.

He aquí que el exilio, el destierro, ese nostos de la cuaresma, le atiza a la memoria la cultura para hacerlo poesía. Montilla destaca su capacidad de imaginar, de entrar airoso en estos poemas, tanto que los construye desde ellos mismos cuando en algunos versos justifica su existencia gracias a la poesía, a la magia que Circe es capaz de lanzar a los vientos de toda esa geografía que de antigua pasa a ser conciencia diaria en quien sueña y escribe.

El poeta comienza: “Cuánta distancia / puede tomar un poema / increparte / con sus sílabas inhóspitas / sin embargo / descalzas tu arrepentimiento / es como abrir / todas las ventanas / de este bosque / de hombres callados / y esperar, ahora sí, / que una vieja tormenta / asole con sus bocanadas”. ¿A quién le habla el poema, a qué fantasma, a qué sujeto embrujado, hechizado, traído de tan lejos y evacuado en esta tierra de mastranto y cují? ¿En qué bestia mirarnos a los ojos mientras esa Circe imaginada muerde un fruto desconocido?

La respuesta podría decirnos que “la sabana es un poco de saliva / nadie quiere ese dios feliz / que se sienta / en los ojos del zamuro (...) // vengan vengan / ojos de las furias”, porque en “este pique no hay otra bestia // como atravesar esa mata / en el brazalete de Caribdis // alguien rezagó seis cabezas / para medir la pérdida”.

El poeta comulga con la ambigüedad. Todo poema es ambiguo. Todo poema viaja con los dioses ajenos y con los propios. Todo poema se libera del lazo atado a algún árbol sagrado. Circe mastica el tiempo, su sabor es amargo pero también dulce.

 

3

Un aforismo, una entrada sujeta a la conciencia, nos dice: “no hay compasión / en quien se oculta / así es la página / que nos arrea contra la sombra”, y luego se abre como un compás para expresar:

Un animal me toma / custodia una serena maldición / la vaca ese disfraz de luna / donde la bora muerde / el curso de las palabras // aprendí a desorientarme / en esa reverente hostilidad / de palma sumergida // rosada arena de Camaguán / que siempre seduces a tus argonautas / cómo podré guardarte / del tábano y el semental blanco // son muchos ojos que alucinan / el incendio verde.

Esa combinación de mitología con paisaje local: esa Circe hechicera capaz de convertir el animal en la forja de la vida, y ese Camaguán que enamora a sus argonautas mientras Odiseo se ata al palo mayor de la barca. Dos vertientes del saber: la vieja y ya antigua tradición mitológica y la frecuencia del ojo puesto en la geografía líquida desde una carretera. El remanso del tiempo.

Y para recalcar, el poeta movido hacia esos dos paisajes: “...el médano ahoga la piedad egea / del mastranto / una bestia lame el sueño / y espanta moscas de mi corazón // se hace dios el toro / cuando lo castran...”, la imagen figura y prefigura: aquel toro sagrado, el de Teseo, el toro tirado al suelo de polvo vivo en esta tierra “egea”, en esta tierra hechizada.

 

4

Leo desde la imaginación ajena. Leo con la sospecha en mí mismo. El lector, el lector yo, se agita entre tantos augurios, magia y hechicería de un personaje que ha entrado en mi ambiente. El poeta lo ha hecho desde su morada, sin dejar de recordar el reflejo oscuro de los esteros, la fragua del cielo y la planicie por donde otros dioses se pasean, los nuestros y los ajenos, de quienes el poeta pone “sed (...) cuando se quiebre el remo / o la jarra del viento // soporta el trote del corazón / (...) echa su sombra en mi sangre”.

¿Qué puede quedar de todo este viaje? ¿Podemos cambiar la leyenda, la historia, el relato, el poema? El lector, ávido de saber más, se hunde en esta imagen: “la ceniza / que nos absuelve (...) la ebriedad / un cíclope que avanza / hacia mi nombre” (...) y “en la carne de las bellotas / anhelo el sabor de Circe”. Nos apresuramos a encontrarnos con Licaón, con Dioniso, Ixión el centauro, con Apolo, con Gonzo, con un fauno, quienes no podrán con “la derrota del poema”; de allí que “nadie arbitra la soledad / en el mes de la virgen (...). ¿Podré decirlo todo / todo a los dioses? (...) ¿cómo recoger esta herida? (...) Un dios nos desconoce”.

Este libro de Jeroh Juan Montilla tan pleno de significados e imágenes nos conduce a reflejarlo en estas líneas que él mismo ha escrito: “Escribir carne es simple / tengo esto para tus labios / una raya de baba / en hojas de almendra / te alisas la falda / hablas del café / y la campana repite el silencio”.

Erotismo, dolor, dulzura: “has pagado tus deudas en el poema”.

Mientras tanto, Circe se refleja en el cielo de San Juan de los Morros, en el cono visible de los morros donde habitan la magia, el silencio y la altura olímpica.

Alberto Hernández
Últimas entradas de Alberto Hernández (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio