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Botadero, de Luis Enrique Belmonte

lunes 26 de enero de 2026
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Luis Enrique Belmonte
Luis Enrique Belmonte escribe en Botadero una poesía portentosa de la que se desprende el temor al tiempo que vendrá.

Botadero, de Luis Enrique Belmonte, es el libro del futuro, el del pesimismo del presente. Es el poema que nos dice que nos hemos adelantado al tiempo en medio de un basurero, en medio de la desaparición de los bosques, mientras un camillero lleva a un enfermo, tiempo atrás, en un hospital donde el área restringida se nos atraviesa como una puerta a la recuperación del espíritu o a la muerte física. La caída de un cuerpo transido por las dolencias, mientras el camillero, ese personaje extraño, intenta recoger al pesado paquete humano que no logra levantarse por él mismo. Este es el libro de los peligros radioactivos. El libro que nos lleva a imaginar que viviremos en medio de nuestra muerte porque “Las abejas serán / seres mitológicos”.

No se trata de un libro apocalíptico. Es un libro que avisa acerca del apocalipsis que ya está ante nuestros ojos: la inteligencia artificial, la tecnología como enfermedad, como droga que nos consumirá y nos convertirá, a los que queden vivos en ese futuro casi inmediato, en robots, muertos vivientes, sarcasmos del tiempo, burla del átomo, muerte de la sinapsis, descerebrados.

 

(***)

 

“Botadero”, de Luis Enrique Belmonte
Botadero, de Luis Enrique Belmonte (Pre-Textos, 2025). Disponible en Amazon

Leo una poesía portentosa de la que se desprende el temor al tiempo que vendrá, a la verdad que nos consumirá, sin verbo, sin musculatura, sólo imágenes cerebrales que moverán el mundo, lo harán una polimetría del silencio, de un botadero de basura en el que el tiempo es el promotor de nuestra angustia.

“Voy por el sendero que atraviesa el descampado / rumbo al botadero // es la hora del miedo. El viento zarandea / bolas de estambre // Parece que el mundo estuviese amenazado / de un lado / y del otro (...) Plásticos, vidrios, chapas, tornillos, / patas de pollo, trozos de tela, cáscaras, cables orejas...”, el mundo derrotado, drogado por su deseo de avanzar hacia la nada, hacia el montón de objetos que ha creado y que ahora no le sirven, “El donde se bate el cobre de las emociones / habrá cableados, sinápticos, neurotransmisores...”, todo al matadero donde el equilibrio se ha extraviado.

 

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¿Cómo intelectualizar esta visión si ya ha sido calculada? La poesía sólo añade imágenes que nos llevan a pensar que la misma poesía será, casi lo es, un recuerdo, un lujo individual, un golpe de frente, una fe sin dios: un objeto en el botadero, como ya hemos visto los montones de libros en los vertederos.

Este libro de Luis Enrique Belmonte le agrega a la realidad la belleza de su escritura, la manera elegante de aproximarse al peligro. Es una poesía de riesgo: nadie sale ileso de ella. Ella misma reclama desde su fortaleza, desde la calidad de su estética.

Botadero no es una metáfora, no clava ninguna imagen en la que la literatura emerja con sus cánones ya previstos y pasado por agua caliente. Este es un libro que nos resume, que nos arranca la eternidad, que nos recuerda que somos una enfermedad incurable, parte del botadero donde se pudrirán nuestros órganos o nuestras cenizas. Somos ese botadero, ese “sendero que atraviesa el descampado”. Somos, en definitiva, esos poemas que Luis Enrique Belmonte nos ha traído mientras el cielo se nos acerca y la tierra se nos aleja.

Estamos en un área restringida. Somos ya radiaciones que farfullamos la hora, la última hora, la que nos queda, la del pesimismo, la del montón de escombros en la memoria.

 

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Un Dante se mueve entre nosotros. La barca que nos lleva entre el basurero nos restringe el paso hacia la inmortalidad, esa que pregonamos desde la fe. Por eso:

Busco óbolos de Caronte / antes de que se abran las puertas del ascensor.

Belmonte es médico y como tal ha sido testigo de la muerte del otro, del que ha traspasado el ascensor o se ha caído de una camilla. De ese que ahora forma parte del botadero. Del augurio del miedo: “Hemos llegado (o no) / a esta segunda o tercera oportunidad”. Podríamos estar a punto. La poesía no permite que se escapen las palabras, que no formen parte de ese basurero. Y mucho menos la poesía, esa que habla con toda la libertad que le permite la realidad.

“Yo sé si estamos cerca / o lejos”, vuelve a precisar la voz del poeta si tomamos en cuenta la llegada o no. Por eso “Nos hablan de mantarrayas siderales, / un túnel con luz al fondo, escaleras al cielo / hechas con flautas de bambú, / etcétera”. Y ese etc. significa ser parte del botadero, del basurero, porque también somos “una falla de origen”.

Y así, “Los grandes pensamientos / se desplazan en balbuceos”.

Somos “Desechos de un futuro tecnológico / mezclado detritus / del presente doméstico”.

 

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He aquí la voz del médico, la voz del que sabe de la frecuencia del músculo vital, de las arritmias, palpitaciones, taquicardias y bradicardias de la humanidad. La tecnología nos lleva —como si se tratara de un testamento— a revisarnos “El pulso cardíaco (que) estará conectado / con los compromisos tributarios, las previsiones meteorológicas / o los resultados de la Súper Copa”.

Y un espacio definitivo para expresar que “Sabremos con exactitud cuántos pasos hay de tu casa / al matadero”, y eso ocurre “Mientras compongo las glosas / Que recitará el cochero de punto / Cuando lo conduzca / Hasta el kilómetro cero”.

La metástasis del tiempo.

Alberto Hernández
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