
Y sólo monte contra uno / semillas de paja seca // Cuánta lluvia / y el aleteo persiste y se divide.
Jesús Morín: Palmares
1
Imagino a Tibisay Vargas Rojas empinada sobre el lomo verde de los morros de su ciudad. La imagino con hojas en las manos, mientras las abejas rondan por sus ojos, como árboles que le hablan y le dicen sus secretos. La imagino entre verdes ilusiones, entre sus sueños y vigilias.
De esa manera, la de tener los ojos sembrados en un patio, en un jardín, con los pies sobre la tierra y las manos entre la fronda de un tamarindo, de una ceiba o de algún inocente arbusto, es como trazarla y dibujarla con el color de la clorofila, esa metáfora que aflora por las nervaduras de la fe y sus viajes por los distintos caminos ya recorridos por los dioses de la naturaleza, los mismos que hablaron de los sueños, del despertar, del amanecer, del retornar siempre al mismo sitio donde crece una planta que la mantiene al tanto de su certidumbre, de su limpia intemperie.
Ser humano en lugar de hoja, de rama, de árboles que nos habitan, que se alzan del suelo con nuestra edad, con la infancia como referente, como marca imborrable en el tronco de un jabillo para recordar que una vez se fue también jardín, patio y consuelo de las matas a las que una vez la abuela o la madre les dieron nombres, significados, sanaciones o venenos que podían ser advertidos desde lejos.
Este libro es una ofrenda. Porque por ser sólo humanos nos sumamos como superiores, como dioses venidos del pasado preñados de cemento. Tibisay es esa poeta que convive con la flora, que es flor poética, asunto de olores y colores en el gran patio que tiene frente a sus ojos al abrir una ventana. Es copa de arbusto, mirada verde, como la del mango, el guanábano o el rosal que sus ancestros dejaron en los patios de su aún requerida infancia. Su afán es un sueño que nos alivia y nos aturde, por la negativa de la realidad, esa tan dada a ser convertida en artificial, en presencia olvidada, en charco infecundo, en sembradíos convertidos en pantanos y esteros quemados. No obstante, la poeta se vale de la poesía para salvar ese verde que nos consagra y nos aleja el dolor de las miradas torvas, de los horizontes extraviados. Su atrevimiento, su poética vegetal, verde, cromática, estética, toca el remoto pasado de los dioses del sueño y el despertar. Su emoción la conduce por senderos agrestes, pedregales, alturas, hasta arribar al sitio donde ese sueño, esa verde traslación, la convierten a ella en árbol, en fronda verbal.
Este libro es también un viaje hacia las venas y arterias por donde corre la sangre verde de la existencia: vive en un contraste: la altura de los morros y la chata planicie de los llanos. Dos poemas que se encuentran, dos tipos de verde que se arruman en la mirada de una poética geográfica profunda, raigal, feliz y dada a lamentarse por la aridez que convulsa la tierra.
Ella viene de un patio, de un jardín, de la casa donde se hablaba de matas, arbustos, caminos, carreteras, lluvias y sequías. El verde es la verba de su emoción, de su revelación como sensibilidad que la acosa.
Quién soñó lo verde y vio crecer el árbol, vio morir el pastizal, vio brotar la flor y también probar el fruto verde que arrancó de la rama. El poema es esa actitud, esa marca indeleble que la define como una poeta que tiene en la naturaleza el aliento de Dios y la fuerza del viento.

2
El título es una interrogante. Se dirige a quien de alguna manera ha estado dentro de ese verde que lo consagra. La metonimia abraza algún símil extraviado si consideramos que también es posible encontrar lo verde en lo seco, en lo que una vez fue floreciente. La aridez invoca verdura: la lluvia pronuncia su fuerza sobre el lomo de la tierra, sobre las ancas de un caballo, de un caballito de madera de la infancia, sobre los techos rojos de una época ida, pero la memoria, esa entrometida, se vuelve presencia en el roce del tronco del árbol de la infancia, en el tacto de la hoja que la mujer hablante mira con respeto.
De todo esto se desprenden muchas imágenes que este curioso lector toma como emblemas de este bello libro de Tibisay Vargas Rojas. Entro y salgo en primera persona en cada ensoñación de quien nos conduce por un sendero hacia la altura donde las aves, los árboles y las piedras hablan.
el monosílabo de la torcaza
enseñoreó un espacio inubicable(...)
esta trocha de monte que conduce
al ingenuo espacio de mis credos...
La voz se aferra a la creencia de que lo verde es la sangre de la tierra. Y el sueño el lugar donde todo es posible: soñar lo verde tiene un quién que lo diga.
Hay un viaje en este libro, un desplazamiento por el llano, por la planicie donde palmares, pastizales, prados abiertos al sol, unos secos, otros a punto de emerger con el color de su interior. Hay un viaje siempre en el poema, y se puede determinar que “tenemos, eso sí, / la sombra bajo los cascos / el pasto en esa mínima asistencia / que los ojos mendigan indefensos”.
El poema se detiene en el lugar del árbol, bajo la intemperie de la altura o la llanura. El ojo que mira, el que indaga y luego escribe/describe, dice: “siempre la misma” para referirse a la misma hoja que cae, “la verde, siempre verde / que repite nuestros gestos”.
Un matorral, un jardín, un patio con plantas será siempre un niño, un abuelo, una madre, un gato que husmea, un caballo que come flores, como decía el otro enamorado de los sueños, por eso “es demasiado / perder en el adiós / un inventario / que haga justicia al follaje”, porque la naturaleza supera a las palabras. Éstas, las palabras, las vierten sonidos y así existen, son “metáforas de semilla” y “todo se precipita con el amanecer”.
Allá, donde la mirada se detiene, el poema advierte “una palmasola”, tan sola como el silencio que gravita a su alrededor, pero “se irguió / a confrontarla”.
3
Un lugar, un espacio por donde ambula lo verde, trashumante vegetal que se arrima a los caminos, carreteras y autopistas, ese “verdoso espejismo / que se extiende rectísima y mortal vía la Villa de todos los santos / de Calabozo / el abatido cuerpo de un gavilán”. Ave que cae de lo alto o es sometida por un vehículo a alta velocidad, mientras el paisaje se mueve rápidamente en el párpado del animal nervioso.
La voz de la poeta ora, se aproxima a Dios para decir: “no importa cuántas / oraciones imploren el chubasco / sólo la palma ve pasar / inmutable / tanto llano que mide con su sombra”.
A lo lejos, en el inmenso mar de la llanura, “el medanal / el leve zumbido de la arena”, ese otro mar que Martí hizo posible “tras lo verde”, como si el cielo fuese el llano ya caído.
Entonces, “quién soñó lo verde”. ¿Pregunta? ¿Afirmación que suscita el tiempo a finales de un mes? Decidida palabra: “No me fío de las arideces”. El fuego, “el suelo que llora bajo la lluvia” cuando lo seco comienza a respirar.
Una poética: “...en una sintaxis que despeja la memoria / hasta dejarla huérfana de paisaje”. Y un retorno a los tiempos idos que ahora son memoria: la infancia, esa que se pregunta “¿Cuánta distancia cubre lo mirado?”.
4
Tibisay Vargas Rojas brinda un homenaje a los árboles, al pájaro que se detiene en el aire, como el gavilán primito, experto en observaciones desde su magnífica altura. La malanga de la vieja pared familiar y decirse desde la inocencia: “¿Por qué el agua es más pura / cuando recordamos?”.
Veo a Tibisay en el poema, pero también la diviso mientras sube la altura de El Calvario, desde donde se ve la ciudad en la que vive y que la vive.
Todo lo que he visto
me habita
por tanto, soledad
es un sustantivo carente de valor.
Por eso, “Debe existir un patio / que nos reciba...”.
Y este libro es ese patio, ese jardín, ese verde que nos sueña, ese sueño que no deja de ser verde, bosque, altura, poesía.
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