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absoluto, de María Antonieta Flores

lunes 16 de febrero de 2026
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María Antonieta Flores
En absoluto, María Antonieta Flores escribe una poesía del haber estado y ahora añorar desde el deseo, desde las ganas de ser en el otro.
Pueden herirte, / porque deseas demasiado; / porque en tu cara está escrito:/ “ámame, aliméntame”; / porque en tus dientes está escrito: “el azúcar viene de nosotros”; / porque tu lengua dice: / “clávate en mí”.
Erica Jong

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El lector se preguntará por qué el título en minúsculas. Podría añadir su silencio a ese todo donde cabe el universo de un cuerpo al lado de otro. De un alma aferrada a otra. O despojada de juntura física alguna para que la memoria se deshaga en medio del deseo como una ceremonia. En estas recurrencias del deseo andan estos poemas de María Antonieta Flores, quien le canta a un anónimo, a un quién que ha sido parte de la existencia de otro sujeto a la memoria de quien construye estos poemas.

El deseo, constancia de quien sueña o vive en el otro, en el que ha sido o es carne y sudor. Esa potencia constelada que tiene en el imaginario poético un lugar propicio para celebrar o conmemorar el pasado, el tiempo con quien se inventan los jardines, las frutas y verduras, como ha escrito Erica Jong y ha desplegado la voz de Anaïs Nin.

Esta es una poesía del apego y del desapego. De la cercanía y del alejamiento. Del haber estado y ahora añorar desde el deseo, desde las ganas de ser en el otro, en ese encubierto que el poema revela sólo con desearlo.

En una lejana lectura de Bataille encuentro estos dos versos: “comparado al no-amor / el amor es cobarde / y no ama”, y aunque no sea el caso de este libro de la poeta Flores, estimo —en esta primera persona irresoluta— que sus poemas se vierten enteros para decir del amor, del aburrimiento y del haber perdido el clima, la atmósfera del afecto de un cuerpo que se disipa en el todo, en lo absoluto, en lo omniabarcante que significa el erotismo como propuesta. El mismo Bataille escribe: “Un largo pie desnudo sobre mi boca / un largo pie contra el corazón / eres mi sed mi fiebre”, y así, por ese camino en su “Lo arcangélico” también en unas minúsculas que le suman al tema una perspectiva persistente: el deseo, siempre el deseo, ese órgano vital del cuerpo y del espíritu.

Leo absoluto y me desgajo: vuelvo a Anaïs Nin, a la ya mencionada Erica Jong, con el debido recato de la voz de quien canta hacia sus adentros para decirnos de su intimidad, donde el absoluto, cuerpo y alma se funden, se enredan, se confunden, donde las palabras abultan más el deseo, donde cada verso envuelve las imágenes para que quien las lea aproveche para soñar.

 

“absoluto”, de María Antonieta Flores
absoluto, de María Antonieta Flores (Kalathos, 2025). Disponible en Amazon

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Me valgo (una vez más de la primera persona, la mía o la del otro que lee estas líneas) de las palabras de la poeta española María Ángeles Pérez López, quien forma parte de estas páginas a manera de epílogo, para celebrar la escritura de estas vivencias, bocas, mordidas, sueños, ensueños y gemidos.

Cuando cuerpo y lengua exaltan sensualidad y roce, cuando es posible acercarse a la “contemplación del ser en la cima del ser” que nombró Georges Bataille en El erotismo, la poesía brinda “en la piel / un sol inaccesible”. Son versos de María Antonieta Flores en este libro tenso y sutil a la vez.

(***)

Flores se abre como un capullo y escribe: “muerdes los deseos / en aros retorcidos”, y para darle pulsión a su gramática corporal, continúa: “ha sido el rostro de muchas memorias (...) mientras encontrabas la abertura / más abierta / el ángulo inesperado / mordido (...) brotado de tus entrañas / enrojecidas”.

Y luego, los dos en un protagonismo en el que los amantes se nutren “en noches primitivas sin fuego / ni luna (...) son amantes árboles”, y luego se pregunta: “¿Sabes qué hay en un abrazo?”.

A veces el poema es la exposición de quien habla para desnudarse. Otras, metaforiza la voz para obligar al lector a imaginar, a ir más allá del texto, más allá de la acción de los cuerpos, antes de los roces: “has estado allí recorriendo el deseo”, para después decir de “...los espasmos / que preceden a los distendidos amantes (...) alimenta a la mujer yacente para ser amada”.

El erotismo se verbaliza: “fornican las palabras / enredadas en tu piel (...) tu lengua hecha aspereza / que te despega la carne”.

En el paroxismo de lo carnal va el interior también descubierto, sin vestuario. Pero es el cuerpo desnudo la ropa del deseo: “mientras dures caer leve el peso de tu cadera sobre el deseo / para atrapar lo insostenible erecto / y susurras palabras desconocidas (...) mientras te balanceas se balancean”.

 

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Todo cuerpo es erótico, de él se puede extender el deseo: la mirada, los olores, la manera de caminar, todo es absoluto, todo es un todo que no se contiene, que inunda la imaginación. Pero también hay un lado oscuro del amor/deseo, esa serpiente tan absoluta como silenciosa: “no han olvidado la cuota de dolor / y descienden abrazados (...) las marcas de las uñas / de los dientes” durante el acto amatorio, por eso interroga: “¿Qué se ama cuando se ama?”.

Para confirmar la presencia de Anaïs Nin, la poeta Flores relaciona a Gonzalo Rojas y a Lezama Lima con ella, con su poética erótica, con su muestra de deseos, de actos carnales: “...para tu insaciada hambre / deslumbrante / anticipada en las palabras // una y otra vez en los gemidos (...) diluido en todos los sentidos / genital (...) amarras su pantorrilla a la tuya (...) es una duda si se vive el instante / el día / el orgasmo de los crisantemos”, y sin detenerse: “...más evidente la pierna de uno / enredada en la otra extremidad / que violenta el ángulo de su abertura / por una más penetración / penetrada”.

Una pausa avisa acerca de un exilio, de una pérdida, de un irse del cuerpo: “porque no quiere morir en su tierra / y conoce el encierro / se ha adentrado en el túnel de la vigilia (...) allí han llegado para desollar el deseo (...) sólo hay una boca / una sola / y en su bóveda celeste / cantan / las extrañas aves del deseo (...) los cuerpos / vertidos anudados / en el único deseo (...) placeres en el cielo de la boca (...) tu cuerpo es una salamandra”.

Así, lengua, cuerpo, deseo: las palabras que se ajustan al momento de la entrega.

 

4

Los amantes conversos “se sorprenden una noche y otra / en el mismo lugar”, y así “venirse adentro / en letanía // tenderse sobre la vía láctea / sin sonidos / caer / lejos de la atmósfera (...) arrellanada: así te espero // sin ansiedades // y limadas las uñas / en suave curva (...) toda piel desollada por una caricia”.

Desde ese instante, desde hace varios versos, la tutela erótica se confirma en: “entre dormida te pido algo más que un abrazo”. El fuego, el calor de los cuerpos, el orgasmo como estética en “el difícil caminar del placer” para “derrochar secreto de nuestro absoluto (...) en el arte del abandono: así bajo tu peso (...) mientras palpitas dentro de mí / mientras palpitas adentro / pierdo mis palabras (...) la misma postura / silencio tras silencio / hasta quebrar los cuerpos / la imagen de los cuerpos / en una respiración acompasada / por la luz que nos preserva, amor”.

absoluto es ese instante, esa explosión, esa galaxia orgásmica, esos cuerpos vibrantes, “potencias magníficas” mientras se oculta “La estrella de la mañana”.

Alberto Hernández
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