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Nix, nieve, nada, de Elisabetta Balasso

lunes 23 de febrero de 2026
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Elisabetta Balasso
El poemario Nix, nieve, nada, de Elisabetta Balasso, es un recorrido por la nieve de diferentes geografías y mitos y en los que lo blanco es la página donde se elaborará el poema. 📷 I. Pedreáñez • El Universal
“Copo de nieve / se dice en latín nix / y nix significa nada...”
Elisabetta Balasso

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(Nieva, el cielo se derrama sobre la tierra. Calzo zapatos inadecuados. La nieve cubre el todo de la mirada. La plazuela, los bancos solitarios, la copa de los árboles, el cristal de los edificios y hasta los lentes de los miopes. Camino por Ginebra. Allá, el lago también blanco. Ya no es agua, es la ausencia del color, la ausencia de una forma que es otra forma. Mis pestañas nievan, cubren parte de mis párpados. El frío llega a los huesos.

Admito que la nada me arropa, que soy un objeto helado bajo el cielo inmanente de aquella ciudad silenciosa).

El inciso me sirve para entrar en la lectura de este libro de Elisabetta Balasso publicado por la Editorial Blanca Elena Pantin en 2025, cuando desde la memoria la nieve de aquel lejano pasado se vierte hoy en estas páginas tituladas Nix, nieve, nada, que, como dice el mismo poema, es la nada de un blanco terrible en pleno invierno cuando la naturaleza poetiza su presencia, la revela y la verbaliza a través de los copos que caen desde un arriba altísimo y misterioso.

(La estructura aérea se revela en cada montón que piso: la nieve se deshace, es agua, es la fórmula que confirma una figura: la nada emerge desde lo blanco, desde la irritación de la pupila, desde esa luz inmediata, totalitaria, dueña del todo desde el ojo que no mira, desde el mismo ojo que ha mirado la ciudad antes desnuda).

Este poemario de Balasso es un recorrido por la nieve de diferentes geografías y mitos y en los que lo blanco es la página donde se elaborará el poema, las palabras que emergen de esa nada plasmada ahora en ecos del tiempo, en imágenes, en silencios porque el invierno es el silencio de la bruma que atrae el milagro de las nubes, ese temor por lo que encubre y luego despeja para dejar ver el mundo al desnudo. Entonces, la nieve, esa nada que ha estado presente, tendrá un regreso que la memoria usa para crear, para temerle a las tormentas, al frío y al silencio que rodea el deslumbramiento del espíritu.

Pero es también el libro de los personajes de la nieve, de los que la han vivido, sufrido, estudiado y convertido en mitologías, en sujetos poderosos venidos envueltos por los copos de nieve, porque la nada es una construcción humanizada, un esquema matemático, geométrico, parlante desde el poema.

 

“Nix, nieve, nada”, de Elisabetta Balasso
Nix, nieve, nada, de Elisabetta Balasso (Editorial Blanca Pantin, 2025). Disponible mediante contacto con la editorial

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Precedida por las voces de Bashō, Herta Müller y Louise Glück, Elisabetta Balasso inicia este recorrido por la nieve, por la blancura y por la nada que significa la temporalidad de una estación que converge con la reflexión acerca de su atomicidad. Inicia la poeta este encuentro creativo con lo blanco, con lo blanco sobre lo blanco, con lo momentáneo, con lo que toma la forma de las cosas que toca la nieve, con lo que se convierte en nada al desaparecer y volverse agua, corriente líquida, vapor frío de lo que fue una temporada.

Ella, la poeta, imagina y vive la nieve, la profetiza, la escribe, la describe y la metaforiza, la humaniza. Trabaja desde lo absoluto, porque el blanco es el todo y la nada. Lo hace con la mirada congelada, ciega de tanta luz sólida sobre los techos, vehículos, árboles, calles, bosques, edificios. En plena caminata piensa que la nada la cubre, que la nieve la rodea para convertirla en el blanco que, desde tiempos remotos, ha sido pensamiento y silencio. Nada.

Encara la nieve, la tutea, la transforma en un sujeto en el que el monólogo del silencio la sitúa en el espacio donde se metamorfosea el objeto sobre el cual se posa esa nada vista por el ser.

Ingresa en la prehistoria de la nieve, en su origen, en su misterioso origen, en su primera caída, como la primera voz de aquel que por primera vez la nombró, aquel primigenio que se elevó de su giba para darle sonido. Ese que fue sorprendido por la blancura de su territorio:

...el primer copo de nieve / de la primera nevada // al inicio del tiempo: virgen de la frialdad, virgen de la blancura, virgen del posible error / cuando blancos eran sólo algunos pájaros / y ciertas flores perfumadas / de polen consagrado aún / a los insectos nocturnos / de las primeras noches / en el fin del mundo.

Un pronombre femenino, un Ella que nocturna “me nevó en el pecho”. Y Ella, la poeta Balasso, que desde que vino al mundo sabe de la nieve, de esa blancura cegadora, de esa “simetría hexagonal”.

 

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Los trucos del invierno, basados en el nacimiento y eventos de algunos personajes de la historia que se han paseado sobre la nieve, que han sido la blancura de sus relatos, de las fechas de sus emergencias o desapariciones, como aquel 25 de diciembre de 1936, cuando Robert Walser “tendido en un campo de nieve” y “dos líneas líquidas de pasos llegan / donde el solitario caminante dejó su cuerpo / congelarse en el blanco / justo después del gran salto”.

El poema entra en la muerte de Dash Snow el 13 de julio del año 2009. La nieve llega en su apellido. Y aquel Sleepwalker, caminante dormido, aquel sonámbulo que “casi desnudo / escapado del museo / descalzo en la nieve fresca / es el nuevo tema del debate”. Debate que se frecuenta en la terrible blancura de esa mota congelada que ciega y que extravía a los viajeros.

 

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(Miro pasar a una muchacha con los labios rotos por el frío. Moquea y llora sin querer mientras desde la altura de la Sierra Nevada llega al centro de una Madrid soñolienta el filo de una nieve invisible, de la blancura que sólo es posible en la pupila)

La voz de la poeta regresa al pasado casi olvidado cuando escribe: “Los totonacos del Tajín hablaban a los relámpagos / y les hacían ofrendas, no se fueran a enojar”.

Los pronósticos del clima citan antiguos textos, escrituras sobre piedras y pieles de bestias encontradas bajo el hielo. El tiempo no ha pasado para esos objetos, para esas memorias contraídas por la nieve. La blancura, la Nada habla. El ser se apacigua.

 

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La mitología del presente se fortalece con el sujeto Blancanieves, esa dicotomía que ha sido leída y filmada, poseída de una notoriedad casi inane, pero que la poeta usa como símbolo para representar la presencia de la blancura, su exceso lumínico, y la Nada, esa invisible tentación que lleva al ser a reflexionar más allá de lo oculto, y así... “en el ojo del fin del mundo invernal (...) se cruza en el umbral / con el salto de Baba Yaga (...) Así convergen y se destrenzan los destinos”.

El poema rebusca en referentes. Se hace del nombre de “Snowflake Bentley, / quien nació el 9 de febrero de 1865 en el cinturón de nieve de Vermont”, personaje que fijaba su mirada en el blanco de su tierra y habría dejado un legado en la memoria y pensamientos de quienes lo siguen recordando.

No deja atrás a Blancanieves, porque “Ella era la más bella del reino...”. También asoman el lobo y el céfiro, mientras un sultán de Granada se enamora de su esclava cristiana.

 

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El diagramador —en Variedades del blanco— hace ver que la página se derrame con los versos acostados de manera invertida, como si se tratase de varias capas de nieve. Una manera de leer el invierno.

El blanco, el no-color, la perfecta ceguera de las horas de una estación del tiempo. La totalidad de una sombra escondida.

Y de nuevo, Blancanieves, la primitiva Pazyryk, a la espera del ósculo, del beso para iniciar la fábula, el mito y la mordida de la manzana, de aquella, la primera, y la de ahora, en un acto que podría descubrir un acto erótico en medio del frío.

De la palabra Nix nuestra poeta hace un breve estudio de su origen como aparece en el epígrafe, pero abunda cuando destaca que ese significado también está en boca de los alemanes: “Niederdewtsch, que era la lengua / materna de Kepler”, quien en varios ocasiones formó parte de los personajes que pasaban por este desierto blanco. Los hermanos Grimm, quienes también se valieron del término blanca-nieve: Sneewittehen, traducido como “Nievecita blanca”.

De esa tradición, de esas voces, también participaron los romanos y los griegos.

En esta lectura estamos cuando este verso deslumbra al lector: “Su vuelo nos señala el camino que corrige los tiempos”, y más adelante: “Dios geometriza, dice Plutarco que dijo Platón”.

Kepler en su libro El copo de nieve de seis esquinas, abunda en la medida de este tiempo, en la búsqueda permanente de una verdad que a la larga desaparece de la memoria y se deshace como la nieve. Se hace nada, pero el pensador dejó la huella.

De nuevo una metamorfosis: la página ha sido diseñada de manera horizontal para que la nieve se acumule blanca sobre la página reflejada en los ojos del lector. Versos acostados. El poema se muestra como un elemento autónomo. Aunque trata el mismo tema.

Nix, nieve, nada: la insistencia, la dicotomía, el doble faz: blanca es claridad y nieve, la pregonada nada. Una profecía de unas gemelas que han sido convertidas en un solo personaje, en la Unidad. La diosa Nix, la que jamás podría verse, pero que se siente en el cuerpo y más allá. Una plegaria blanca.

No se detiene la poeta en la voz Nix: se multiplica en varias regiones del orbe: un pueblo fantasma de Texas lleva ese apelativo, el mismo desde donde partían las diligencias en 1892. Hoy quedan muy pocas personas en sus desoladas calles que suelen esperar una nieve que quizás nunca llegue.

Una referencia a Sandor Márai: la escena de la caída de la nieve sobre un apamate y un posible disparo. El poema lo insinúa: un revólver al lado de quien escribió varias novelas, entre ellas La extraña.

El eco de este libro queda así: “Al principio / del fin / fue más brillante la nieve”.

(Y quien estas líneas escribe se pregunta: ¿nos aproximamos a la nada, al nix tantas veces invocado?).

Alberto Hernández
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