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El tiempo era lo último que había pasado

miércoles 25 de marzo de 2020
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Metro de Santiago de Chile
Tomé el metro como un auxiliar turístico para desplazarme por algunas rutas y recorrí una parte de Santiago a tientas, a cierta velocidad, pero descendiendo en algunas estaciones al azar, porque todo me resultaba desconocido, más de treinta años después. Fotografía: MQLTV.com

En este último viaje a Chile, antes del estallido social del 18 de octubre de 2019, intenté contactar a algunos poetas y escritores, pero caminé por una historia de fantasmas en parques, avenidas, librerías, andenes, sitios que mi memoria luchaba por recordar y asociar. Al tiempo comprendí que faltaban las personas, una atmósfera, una temperatura que brinda la amistad, la solidaridad, la conversación que se instala sin tiempo y se reconoce en el otro y en una cierta complicidad. El café del estío siempre brilló por su ausencia.

 

Los haitianos, peruanos, venezolanos, colombianos, pintaban los rostros del viejo centro de Santiago.

El río Mapocho era un vagabundo

Sobre los celulares / los ojos de la ciudad / el paisaje intacto / los pies que nadie detiene / monumentos inmóviles / silenciosos / ¿Qué permanece en un tiempo sin tiempo? Me miro las manos vacías / pero eso no puede ser todo / algún fruto debiera dar el árbol / de estas miserias.

La memoria pasa a ser una anécdota personal sin fin, un monólogo de la propia conciencia que viaja por un presente con nuevos rostros y sombras. Dejas pasar la noche, cada noche.

Santiago se me escapaba de las manos y la memoria, el río Mapocho era un vagabundo con más estilo, las grandes alamedas más modernas, los bares llenos de desconocidos —era como entrar a un pub en Irlanda—, forastero en una palabra que no resolvía la ecuación del olvido. Ulysses en tierra de nadie.

Tomé el metro como un auxiliar turístico para desplazarme por algunas rutas y recorrí una parte de Santiago a tientas, a cierta velocidad, pero descendiendo en algunas estaciones al azar, porque todo me resultaba desconocido, más de treinta años después. El viento se había llevado un poco más de una generación y con los años que quedaban reconstruía una memoria perdida, una tierra indiferente, de nadie o de otros.

Los haitianos, peruanos, venezolanos, colombianos, pintaban los rostros del viejo centro de Santiago, algo abandonado según mis viejos paisajes, como si estuviera en otra ciudad y sólo las iglesias permanecieran con sus antiguos estandartes como construcciones imperecederas, cuya fe pareciera inconmovible. Sólo las previsibles campanas acompañaban el atardecer de la ciudad.

 

Los “poetas suicidas”

Como los poetas y las palabras fueron mis amigos más cercanos desde hace más de medio siglo, busqué las direcciones de algunos, dije en el artículo “Los poetas de Chile siempre son noticia”. Olvidé comentar que envié varias veces un correo al poeta Efraín Barquero, un viejo y querido amigo y, por azar o fortuna, nunca me contestó, porque si leen el artículo mencionado se darán cuenta de que los más buscados no tuvieron su suerte. No se hizo contacto con ellos de ninguna manera y ya no será posible.

En estos viajes, como si fuera un forastero en Nueva York, visité con mi hermano César el restaurante de los “poetas suicidas”, el Bar Unión Chica, a donde iban mis viejos amigos, los poetas Jorge Teillier y Rolando Cárdenas con su pandilla de cófrades escritores, a vivir una vida en paralelo a contracorriente de la dictadura pinochetista. Bebieron como cosacos hasta la muerte. No hubo tregua para sus hígados resistentes y entrenados. Ninguna crónica será suficiente para conmemorar esa delirante aventura. Con mi hermano César levantamos una copa en silencio sepulcral por los vivos y los muertos. Sólo se escuchaban murmullos y podían ser las voces de los poetas muertos en acto de servicio al pie del cañón del vino tinto y las tardes invernales santiaguinas o los calurosos veranos que permitían refrescar las secas gargantas. La primavera seguirá reviviendo su poesía escrita en la estación Chile.

La poesía se inmoló y ya forma parte de esa historia que recorre la geografía nacional de punta a punta, porque los poetas integran la naturaleza chilena, son mucho más que palabras de un primer día de clases, sin olvidar la importancia de ese instante en la vida de una persona. Hay para todos los gustos, el diccionario es enorme y si lo convertimos en un crucigrama bajo el insomnio, las noches serán interminables pero más llevaderas.

Comimos unos sándwiches y tomamos un vino en honor de esos héroes invisibles del Bar Unión Chica, ubicado irónicamente en Nueva York 11, como una premonición tan propia de la poesía.

 

Chismorreaban el arte de la palabra

En estos viajes nostálgicos, visité una de las librerías más importantes de la capital, que también es una reconocida editorial, para ver si podía dejar mis dos libros para la venta (más que todo para que se conocieran en Chile). Después de diversas conversaciones, trámites con el gerente, quedé en hacerle llegar unos libros para sus estanterías. Pasó el tiempo, dejé dos muestras que se perdieron, le pregunté si le interesaba la poesía y me dijo que no. Y me llegó un contrato para unos pocos libros que envié por mano. Y me olvidé del tema. A esa librería venían los escritores más importantes de Chile y los sábados nos tomábamos, en mi juventud, un café, y parloteábamos con los autores consagrados. Más bien escuchábamos sus recomendaciones y novedades. Una tertulia improvisada, informada, estimulante y enriquecedora. A veces tan veloz como el mediodía. Tiempos deslumbrantes de una agitada y pletórica juventud soñadora e inolvidable. Las leyendas hojeaban las últimas novedades. Chismorreaban el arte de la palabra.

Pasó el tiempo, como suele suceder en los libros, las películas y la vida real, hasta que mi hermano César, mi Lazarillo urbano en Santiago de Chile, visitó la librería para ver los libros. La sorpresa es que estaban arrinconados, al final de un mueble, como páginas muertas censuradas por el aburrimiento y el ninguneo, textos que no tienen salida. El vendedor no sabía ni dónde estaban los poemarios. Dos libros que fueron en calidad de exclusivos para esa prestigiosa editora y librería, y que pocas personas conocían en Chile.

No dejaba de ser una curiosidad para mí el nivel con que se maneja una librería en pleno siglo XXI. Una vieja amiga ya había hecho diversos trámites y un viajero entregado los libros. Toda una logística del siglo XVIII, época de folletines y lectores curiosos, al pie de un muelle portuario de la vieja Europa. Fue un paréntesis, una ilusión, un deseo.

 

En el país de los poetas no me encontraba con los poetas. Una especie de pesadilla en este reino inefable de las sorpresas.

Se veló la muerte del poeta y de Chile

En este largo y sinuoso recorrido por las calles y lugares de Santiago, llegué finalmente a La Chascona, donde un viejo compañero del Colegio, Darío Oses, dirige la Biblioteca de la Fundación Neruda. Le dejé de regalo el libro Los poetas de Chile, donde recreo a Neruda y a otros tantos poetas amigos y reconocidos.

Le pregunté si le interesaba la poesía y me dijo que no. Plopppppppppppppppppp. Él es novelista. Investigaba en ese momento algo sobre Neruda. La poesía es un gran misterio, me dije, abandoné el lugar casi en puntas de pie y me vino a la memoria aquel día en que esa casa fue saqueada, inundada, ultrajada por los militares de Chile. Ahí se veló al poeta, su muerte y la de Chile.

En el país de los poetas no me encontraba con los poetas. Una especie de pesadilla en este reino inefable de las sorpresas y de algunas circunstancias absurdas. Dejé los alrededores del cerro San Cristóbal, no sin antes comerme unos porotos granados por recomendación de Darío Oses Moya.

Mis próximos pasos los dirigí a la Feria del Libro en la vieja Estación Mapocho. Me encontré con un viejo amigo poeta, Waldo Rojas, muy de paso, y vi pasar a Oscar Hahn, a quien no conozco. Conversé brevemente con el autor del brillante ensayo sobre la Mistral Dirán que está en la gloria (recomendable). Me refiero al profesor Grinor Rojo.

Escuché a mis viejos colegas de la Escuela de Periodismo, algo bastante de paso como si no pasara nada. 31 años después, me dije, en qué piensas, viajero. Me hablaba a mí mismo, me tenía confianza aún. Estaba presente.

 

Federico Schopf en la bisagra de Santiago

Días después, los días se iban volando sin visitar la histórica Piojera, bar glorioso de mala muerte —un error—, está pendiente, fui a la Sociedad de Escritores a preguntar por el paradero del poeta, profesor y ensayista Federico Schopf, entre otros. Vive por aquí cerca y a veces viene, fue la respuesta. Simpson 7 y a la vuelta Vicuña Mackena, dividiendo en dos, de un tajo, Santiago.

Chile clandestino hasta el final de sus días, me dije. De pronto, me encuentro nuevamente con los poetas y viejos conocidos Waldo Rojas y Manuel Silva Acevedo, en una presentación y en medio de un cocktail. No me presentaron a la homenajeada, supuse que venían de París y de pronto se esfumaron a una cena, al parecer, clandestina. En el adiós faltó un pañuelo, cuídate, alcancé a escuchar en medio de la desconocida noche santiaguina.

Muchos recuerdos en la SECH con Teillier, Rolando Cárdenas, Barquero, Omar Lara, Cassigoli, Poli Délano, el chico Molina, Braulio Arenas, Alfonso Calderón y la noche oscura de Santiago y sus vinos tintos rompiendo el alba.

Santiago seguía ahí mismo. Inmutable. No tiene ninguna culpa. La Fuente Alemana, un clásico, y la futura Plaza Dignidad, por donde atravesé mi infancia y secundaria en aquellos tiempos mozos. Y ahora me encontraba en la misma zona, como si sólo pasara el tiempo a uno y otro lado, norte y sur y viceversa. La bisagra de Santiago, dos Chiles.

Las viejas películas del cine Baquedano, el parque Bustamante y los días universitarios por Vicuña Mackena en dirección a Macul, el antiguo Pedagógico de la Universidad de Chile. Lo volví a recorrer sin encontrar nada parecido a lo que fue y fui. Yo mismo me ausenté de esta historia con un presente tan fantasmal. Vi muchas ventas como en una gran feria en esos predios donde se paseaban la poesía, la filosofía, el arte, la lengua, los humanistas que murieron en el carrusel de la historia.

Adiós, Pedagógico, viejo Planet, Dorfman, Skármeta, Parra, Rivano, Délano, futuro Quilapayún, compañeros Marín, González, Chico Silva, Torres, Leal, Zorrilla, Canelo, profesor López, y cuantos practicaron la amistad y el vicio de la poesía, como aquellos sagrados mostos donde el viejo Alfredo, Los Cisnes o Las Lanzas nos recibieron con pasión y sin tregua.

 

Santiago se divide en dos partes, norte y sur, pobre y rico. Nosotros flotábamos como en una balanza en ambos mundos.

Como en una balanza en dos mundos

Santiago permanecía inmutable, se hizo ciudad, como era de esperar, cerrada por la Cordillera de los Andes, más ordenada, con un extenso metro en crecimiento, sus emblemáticos cerros al centro: Santa Lucía y San Cristóbal, grandes parques, museos de la memoria, cementerios, avenidas limpias, nuevos pubs, bares de mala muerte, viejas fachadas de la memoria y los secos, desolados, ignorantes cerros marginales de Santiago que me hacen llorar como las peluquerías de Residencia en la Tierra.

El vagabundaje siguió por días, y por algún misterio encontré el departamento de Federico Schopf, el poeta y profesor de estética, uno de los descubridores de Parra, anclado en la división exacta de Santiago. En su gris seco, casi viral en ciertos sectores, el edificio donde vive Schopf, ignorado por la calle principal, habita un recodo urbano sin ego, venido a menos y de otrora abolengo e importancia estratégica en tiempos de la dictadura. La calle lleva el nombre de un colega, para sorpresa mía en ese hallazgo del Santiago invisible, José Carrasco Pepón, valiente periodista asesinado por la dictadura de Pinochet. Todas las ventanas del viejo apartamento dan prácticamente a la cordillera con sus grandes espacios, habitaciones, una biblioteca monumental, y desde un pequeño cuarto —especie de mirador-estudio— Federico dirige el atardecer y sus pasos lentamente por el inmueble en las sombras, sin meter bulla como el vuelo solemne del cóndor desde las alturas. Sólo hubo anécdotas, mucho humor, recuerdos de amigos escritores pasados y presentes, lectura de poemas del visitante, recorridos breves hacia la histórica estación del metro de Plaza Italia, un área oscura, deshabitada después de las 9 de la noche. Santiago se divide en dos partes, norte y sur, pobre y rico. Nosotros flotábamos como en una balanza en ambos mundos y desde esa zona gris repasamos la historia una y otra vez. La memoria no siempre tiene memoria, era el momento, mucha gente ya no estaba, ni siquiera Chile. Inventamos el futuro, dos poetas del pasado.

 

El litoral de los poetas

Santiago seguía ahí en su nueva versión como una postal del siglo XXI, los ciclistas frente al Parque Forestal, el cerro San Cristóbal, la ciudad en movimiento, un espejo que multiplicaba escenas, rostros desconocidos, una intimidad pública casi perfecta bajo un sol de verano, a veces inclemente. Cada quien arrastrando su alma por la capital chilena a paso presuroso y yo convirtiéndome en postal de los paisajes desconocidos.

Los poetas se hicieron invisibles en Santiago, con un par de excepciones, entre ellos Naím Nómez, a quien no veía desde hacía más de cuarenta años. Nos tomamos un café circunstancial y el tiempo se esfumó en un Santiago que vive en presente, porque el futuro es muy próximo y el pasado es cosa del pasado.

Quise ver tantas cosas de esa angosta faja que partí hacia el litoral de los poetas, tres de los más emblemáticos, que se fueron a vivir frente al mar. Sólo uno de ellos, pensándolo bien, murió frente al mar: Vicente Huidobro, el más joven de ellos, murió en Cartagena. Neruda y Parra vivieron en las proximidades, Isla Negra y Las Cruces, pero el autor de El hondero entusiasta ya había fallecido. Parra vivió sólo los últimos veinte años y se fue a morir a La Reina, su verdadera Isla Negra frente a la Cordillera de los Andes. Neruda ya sabemos, falleció en circunstancias muy extrañas en la Clínica Santa María, días después del golpe de Estado.

Llegué al litoral una mañana del verano de 2018, la costa central chilena, mar y cielos despejados. La mítica casa museo de Neruda, la más emblemática de sus tres residencias en la Tierra, muy visitada, en una mañana espléndida por los lugares donde el poeta vivió su intensa vida, escribió libros memorables, recibió a tantos amigos, personajes, visitantes extranjeros, y se refugió en las olas del mar que tanto cantó y amó. El mar de Isla Negra vivo, vital, con olor a mar, el roquerío, la imagen de Neruda, ¿quién dijo poesía?

Una tumba con flores fue lo que vi, la alegría del gran fiestero que fue Neruda, el niño de Parral y Temuco, el joven taciturno de Crepusculario y el viajero sin fin. “Todos los Neruda, Neruda”, fue, recuerdo, el título, la metáfora cortazariana del título de una conferencia que di sobre su obra en la Academia Panameña de la Lengua. Nuestro viejo embajador me dijo: es un plagio a Cortázar, Todos los fuegos el fuego. En verdad se trataba de un juego cortazariano ideal para su gran admirador y viceversa, Neruda.

 

Pienso en Huidobro, París, su fuga a la Argentina, Venecia, España, sus tertulias en su casa palaciega de Santiago, su búsqueda constante del “verbo crear”.

¿Quién dijo poesía?

Salté a la vecina Las Cruces, hasta que encontré la casa de Parra bajo el sol inclemente del verano. Cerrada y casi abandonada. A lo lejos, en su interior, en las proximidades del mar, se adivinaba una tumba que fue muy divulgada por la prensa. También decidió quedarse en el litoral, después de una misa solemne en la Catedral de Santiago. Previamente el cura del Opus Dei Ibacache, de la novela de Roberto Bolaño Nocturno de Chile, y gran admirador de Parra, lo despidió en La Reina. Parra asistió alguna vez a unas veladas literarias que inocentemente, sin que él y los visitantes supieran, eran la fachada de una casa de tortura. Lo narra Bolaño e incluye a otros conspicuos personajes. La novela llevaba originalmente un nombre adecuado a la historia de la dictadura: Tormenta de mierda.

Huidobro y Parra eran más bien ateos, agnósticos, y el autor de Altazor se despidió de este mundo con una frase a una amiga en la cuerda de su propia existencia llena de humor, imaginación, en la irreverencia absoluta: cara de poto. Un chilenismo a toda prueba.

Me desplacé a Cartagena, siempre en el litoral, y me esperaba un largo recorrido para llegar a la última morada de Vicente Huidobro, también un gran viajero, innovador, excéntrico, ingenioso, sorprendente poeta por lo libre, audaz en su imaginería. Camino se hace al andar, el poeta se había ido más lejos que la propia soledad. Nadie se veía en la ruta y de pronto: ¿voy por el camino correcto para encontrar la tumba de Huidobro?, pregunto a unos vecinos del lugar. Sí, responden, siga, verá unos letreros más adelante. Efectivamente unas señales con el rostro del poeta sobre los postes de la ruta. Me agrada la geografía desolada, un horizonte sin nada, árboles, unos caballos sin dueños aparentes, Huidobro vio estos últimos parajes de su vida, Cartagena, Cartagena, como un final de capítulo. Unos cuantos metros más, piedras, la tarde, nadie se vislumbra en las proximidades. Pienso en Huidobro, París, su fuga a la Argentina, Venecia, España, sus tertulias en su casa palaciega de Santiago, su búsqueda constante del “verbo crear”. Ya no hay la posibilidad de comentar con nadie este periplo, avanzo hacia la tumba, el mar. Quiso quedar sobre la cima, sobre el mar. Finalmente, la tumba en absoluto silencio todo y sólo el viento de la costa chilena dispuesto a llevarse todas las palabras de Huidobro.

Ya de regreso en Santiago decidí participar en el concurso de poesía Vicente Huidobro, a la rápida rápida monté un libro, con ayuda de César y Boris en la logística, que no era poca. Se cumplió la misión, aunque el premio se lo llevó el viento.

Y Santiago seguía ahí, casi sin rostros, todos cabizbajos mirando el celular, atendiendo la tarjeta de crédito, intentando cuadrar el día, la gente sólo pasaba de un sitio a otro.

 

La indescifrable muerte

No tenían nada que decir, posiblemente almacenaban en alguna bolsa las frustraciones, peticiones, broncas, cabreamiento, toda la retórica del aburrimiento de más de lo mismo por décadas. Todo Chile parecía unirse en un coro de silencio con alguna complicidad que conducía a un mismo grito, estallido. Nadie estaba para seguir inventando la rueda, sino para rodarla.

Los poetas que aún quedan no aparecían, los nuevos quizás en alguna vereda del largo callejón sin salida. Chile nunca ha estado para poner tribuna a nadie. Regalé algunos libros, no vi a nadie muy agradecido. La gente seguramente andaba en otra cosa y la cosa poética era cosa del pasado, de círculos muy viciosos. Distinguir una sombra de otra sombra es un ejercicio inútil. Chile, al parecer, tenía sus misterios y propias prioridades.

Si bien es cierto que el tiempo pasa, es lo único que también queda. El paisaje no siempre reemplaza a la memoria. Pero ahí estaban las calles, las de la infancia, las de la juventud, las del miedo. Me detuve frente a la Iglesia San Francisco, ahí estuve en un velorio de un hermano de mi padre. Solemnidad de mis años mozos. No se descifra demasiado el valor de la muerte.

 

La muerte entró tan despreocupada

Salí rumbo a la calle Londres, tan enfundada en sí misma. Encaminé mis pasos por la empedrada callejuela. Un ambiente distraído pasado el mediodía. Le llaman el barrio París. Está instalado en su imagen habitual, un recodo santiaguino. A media cuadra está Londres 38, una casona donde torturaban los servicios de inteligencia militar. Entré al viejo campo de tortura que estaba en un proceso de restauración del sitio. Gente trabajando, murmullos, pasos, en el lugar del espanto. Espacios para la humillación, me dije al oído. Cómo entró la muerte aquí tan despreocupada. Sólo escuché el silencio del miedo. El terror de una maldad inconfesable. Toqué la puerta antes de entrar, no para que me abrieran, sino para sentir el coraje de esos y esas valientes. Recorrí con una joven profesora el sitio. Cómo puede encerrar un lugar el desprecio a la vida con tanta perversidad, me preguntaba al subir las escaleras. Por allí subieron vendados de ojos los torturados, desaparecidos posteriormente, y escuchaban las campanas de la iglesia en la proximidad de las misas. ¿La muerte era la salvación?

Al salir de la señorial casa de torturas, uno siente repicar las campanas, los gritos desgarradores de los jóvenes torturados, la música infernal para doblegarles y quitarles hasta la última esperanza. ¿Qué manuales leyeron esos verdugos? Fue difícil salir de ahí y no decir una palabra. El silencio asoma por las ventanas del espanto y en ese minuto recordé el verso de Lihn: “El horroroso Chile”.

 

Los poetas no caminan por esas calles y no hay (re)encuentro posible.

Todo salió a remate

Los poetas no aparecían, algunos habían muerto, otros envejecido, recluidos en sus casas, espacios, en la inmensidad de su poesía. Las librerías que visité no privilegian estantes para los poetas, no venden, son una curiosidad de un país que se autovendió al mundo y olvidó las palabras. Todo salió a remate, ríos, cobre, mar, electricidad, playas, la geografía y sus alrededores. ¿Cuándo alquilarán los límites de Chile?

La palabra se hizo silencio / deambuló / en la rosa fría del espanto / escombros / no quedó nada para el asombro / sólo el asombro / de una muerte fría / pálida / putrefacta / casi ausente / distraída / impávida pasajera / pero mortal.

Había que salir del centro de Santiago, abandonar la callejuela empedrada de malas historias, pérfidas intenciones, oscuros amaneceres en la negra noche negra de Chile. Los poetas no caminan por esas calles y no hay (re)encuentro posible.

Caminé sin ninguna intención de avanzar más allá de la memoria.

 

El país seguía al acecho

El país seguía ahí al acecho de su pasado. No había más que una historia de aguas servidas, de gastados hechos marginales, una especie de ciudadano residual del Zanjón de la Aguada caminaba por esos días de tedio capitalino. Parques, calles, restaurantes, monumentos, bares, el metro como un símbolo de los pasos largos anónimos, perdidos, con una mayor velocidad y sin más que ver que los rostros aburridos, inexpresivos, sin ninguna pretensión de ser vistos, de los chilenos que seleccionan las estaciones. Es un anonimato perfecto, sube y baja, se pierde en la multitud, aunque nunca existió, fue un pasajero. Tenían más pasión los viejos trenes hacia el sur, una aventura inigualable, ese vaivén ligero que le da un sentido al viaje. Todos comprendemos que vamos hacia algún lugar distinto y la noche se encarga de dejar casi a la deriva de la oscuridad las estaciones de pequeños pueblos olvidados donde el tren no se detiene. Llegar a la estación ya era un acontecimiento. Un punto de partida. La capital quedaba atrás enmarcada por la Cordillera de los Andes y la quietud de su verano. Había somnolencia, pero no agentes visitando las casas, universidades, centros de trabajos, periódicos, bares, donde existiera una duda contra el sistema.

Con mi primo Juan salimos a dar unas vueltas en su Honda. Velocidad, como a él le gusta. Y de pronto un desvío a las afueras y vamos viendo la cordillera, un camino pavimentado, el Cajón del Maipo. Había hablado mucho del lugar y en mis primeros años laborales me desplacé por ese lugar, donde años más tarde casi perdería la vida el Tata. Allí no se sienten la indiferencia de Santiago ni el calor humeante del verano, un paraje para seguir creyendo en la naturaleza. Un día con el Chile que no pasa. En las proximidades, el templo Bahai, una cúpula, una bóveda espiritual, un espacio que se reconoce en sus propias alturas. Todos somos uno, humanidad. Descendimos de la montaña, mañana será un nuevo día.

 

El sol reclama una sombra

En el metro todos volvemos a ser desconocidos, subimos, bajamos, celular en mano, comunicándonos con alguien lejano, una suerte de personajes autónomos vaciados en los espacios con alguien hacia algún rumbo. Así concluyen las jornadas, atardeceres, anocheceres y la ciudad sigue su curso, perfecta confidencialidad consigo misma. En un gran monólogo cae la noche.

Santiago al día siguiente continuaba con su día calendario. Éramos nosotros, mis hermanos Juan Antonio y César, los que íbamos a dar un giro al rumbo del día. Treinta y un años después, nos juntamos para hacer un viaje por la memoria in memoriam de nuestros padres y antepasados. El tiempo es lo que pasa y todos terminamos reuniendo anécdotas. El verano en Santiago tiene su propio lenguaje y códigos, su atmósfera, valle al pie de la cordillera, extendido como un chicle saliendo de la boca de un adolescente, siempre en construcción. La memoria puede tener una ciudad en la cabeza de la infancia, otra de la adolescencia, juventud y después postales, imágenes que arman un pasado, porque ya no estás allí, te fuiste, y sólo vuelven los fantasmas con rostros indescifrables. Cruzamos la ciudad como un día cotidiano, tantos años después. Llegamos al Cementerio General. No lo visitaba desde el funeral de mi madre. Todo estaba igual alrededor, los vendedores de flores, enfrente el famoso bar Quitapenas, gente que va y viene y el desolado, ancestral Cerro Blanco, un peladero que llama a la soledad, una cierta manera de acompañar la tristeza y antiguos ritos alrededor de altares. Sólo se divisa el pórtico del cementerio y ese sol que reclama una sombra.

 

Todos los nichos, las tumbas, las lápidas, son tristes, desoladas, ausentes. Prefiero no verlas, llevar la vida en la memoria.

Compramos flores para nuestros padres

Compramos flores para nuestros padres y abuela materna y una tumba general de la familia paterna que debe tener más de setenta años. Impacta ver en un muro los nombres de los desaparecidos del 11 y también de los ejecutados políticos. Hay más muerte que la que la propia muerte soportaría en el Cementerio, y basta con ver Patio 29, donde reposan los NN de la dictadura. El cementerio abre sus tumbas a la muerte y blancas palomas vuelan en los cielos de Chile.

Son los muertos olvidados / inolvidables / Fueron de viaje / dijo el dictador / no volverán / Una nube negra / devoró sus sueños / y el porvenir de sus mejores días / Caminamos con los ojos sobre sus nombres en el muro / Se siente vacía la ciudad / hermanos.

Avanzamos por el campo santo entre tumbas y callecitas y los dos guías trazando las coordenadas para encontrar la tumba paterna, la lápida que encerró el último silencio. Recuerdo unas fotos de un viejo álbum del entierro del Nono, la partida de un inmigrante que cruzó la Cordillera de los Andes en una mula. El ataúd bajando en la solemnidad de un vehículo, en el día del nacimiento de Juan Antonio.

Las calles se parecen, ciertas tumbas son mausoleos más relevantes, algunos árboles orientan a los deudos o visitantes. Llevamos flores en el ritual de estos encuentros con nuestros seres queridos. A la entrada del cementerio hay numerosos puestos de flores. Entramos con los populares ramos de crisantemos e ilusiones. Todo el pasado en este trayecto tan vago al principio que nos conduce finalmente a la tumba paterna. Polvo eres y en polvo te convertirás, dice el viejo adagio popular y hace memoria. De ahí nos trasladamos a saludar a la madre y a la abuela en el mausoleo de la Sociedad Española.

Todos los nichos, las tumbas, las lápidas, son tristes, desoladas, ausentes. Prefiero no verlas, llevar la vida en la memoria. Un gesto, la risa, un juego, aprendiendo a hacer bailar un trompo en la terraza, elevar (encumbrar) un volantín en el cielo de Chile, jugar a las bolitas. Pequeños actos y detalles de la felicidad y la infancia. Todo se pierde en algún momento y los humanos guardamos los restos, los huesos de nuestros seres queridos, y acudimos a una ceremonia muy personal, ahí todo se vuelve pasado, hasta nosotros mismos.

Santiago presentaba una tarde agónica, calurosa, a la salida, de frente el cerro Blanco, nos esperaba la ciudad. La gente que se trasladaba por las calles de Santiago, con sus rostros ausentes que no pude ver, ni descifrar, distraídos, deshabitados, pareciera que venían de un temporal como fuera del paisaje y de la historia. Nadie tuvo la intención de contarme que pasaba, no caí en la imprudencia periodística de preguntar. Se había construido un puente secreto entre el silencio y la realidad. No era necesario escarbar en las miradas para vislumbrar el futuro.

Rolando Gabrielli
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