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Viaje al interior de la diáspora de Oliver Welden

martes 23 de febrero de 2021
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Oliver Welden
Oliver Welden ha iniciado, hace poco menos de un mes, su último y definitivo viaje. Fotografía: Carlos Amador Marchant

Ciudades

En esta ciudad nací varias veces
pero hay otras ciudades donde también nací,
Santiago, Benalmádena, Malmö
y en todas nací con el mismo nombre,
Welden, me llamaban en distintos idiomas
y en todos mi nombre se escuchaba similar,
Velden, Huelden, Güelden, Wendel.
He muerto varias veces en varias ciudades
……….que no nombraré.
¿Cuántas veces más moriré
y en qué ciudad ocurrirá mi muerte absoluta?
¿Benalmádena, Baton Rouge, Malmö?
Habrá una voz que me llame por mi nombre
en alguna de estas ciudades
………………………….de mi muerte absoluta.

Oliver Welden

La pandemia me ha borrado el tiempo, de alguna manera ficcionado la realidad, siento el año viral ya transcurrido como un período glacial, invernal, hosco, solitario, distraído, ausente de toda realidad, de gente distante, apresurada, con sus mascarillas sin rostro y el silencio absoluto de las palabras que no se dirán.

Entonces me entero de la muerte de mi amigo el poeta Oliver Welden, autor de un libro que comenté con mucho interés hace algunos añosPerro del amor, en una época en que no sabíamos nada del autor, por décadas extraviado en esa diáspora chilena que se bifurcó por el mundo y tuvo tantos destinos que ningún oráculo hubiese acertado descifrar jamás.

 

Con Oliver y Gonzalo Millán, otro gran poeta chileno, coincidimos como estudiantes en el liceo José Victorino Lastarria.

Sin puntos cardinales

Nos quedamos sin puntos cardinales visibles. / Sólo un horizonte desconocido. / En esa tierra de nadie, donde eres nadie. / Sin tiempo, aunque los pies pisen tierra / todo atraviesa sin ver tus ojos / ni el camino que buscas / y te hace un desconocido.

Una noche inesperada, lejos de aquellos tiempos de Tebaida, Trilce, Arica en el norte y Valdivia en el sur, tanta distancia y Santiago nos reunía en el centro de la larga y angosta faja de tierra —casa de Waldo Rojas— llena de poesía por ese entonces, Welden aparece en el correo como por arte de magia desde un lugar desconocido de la geografía. A un fantasma uno nunca debe rechazarlo; por el contrario, invitarle a que se transforme en visible, retorne a la proximidad de lo corpóreo, tangible, y podamos indagar acerca de su vida en los extramuros del tiempo. Me vi en un mismo espejo roto / viejo Oliver / en el olvido difuso / de la huella perdida / nosotros, los retratados en el viento / de la diáspora / dispersos // anotados en alguna libreta ordinaria / nuestros nombres nunca impresos.

Sin duda todos, o casi, nos fuimos para alguna parte, con una maleta y a nuestras espaldas la cordillera y el mar, imposible ignorarlos con semejante presencia, vitalidad, autoridad geográfica. El desierto, miserablemente seco, fantásticamente rico en colores y minerales, pienso que nos había olvidado.

Con Oliver y Gonzalo Millán, otro gran poeta chileno, coincidimos como estudiantes en el liceo José Victorino Lastarria, pero no nos vimos en ese entonces. Fui alumno en castellano de la poeta Alicia Galaz, quien sería la futura esposa de Oliver. Por ella conocí los Sonetos de la muerte de Gabriela Mistral, aún recuerdo su voz, acento, compromiso con su oficio de enseñar, y nunca más olvidaría a la maestra rural y tampoco a Alicia Galaz. Yo había ido con mi madre a rendir honores a Gabriela Mistral, embalsamada, proveniente de Nueva York. Ese poema que impactó a Neruda me ha perseguido todos estos años, seguramente la poesía rondaba mi cabeza por esos tiempos tempranos.

El tiempo es lo que pasa sobre nosotros y no siempre se puede vivir en campaña como Carlomagno, Napoleón o el terrible Gengis Kan, cruzando el mundo a caballo, quizás dejando la sensación, en los caminos conquistados, de que la existencia puede alcanzar la eternidad cuando se desafía la muerte y se alcanza la gloria.

 

30 años después

¿Dónde has estado, querido Oliver?, le pregunté por teléfono, porque me había pedido por correo el número y me llamó de inmediato. Pocas veces he visto tal necesidad por un intercambio de nuestras vidas que las circunstancias habían borrado literalmente de cualquier escenario posible. Habían transcurrido más de treinta largos años, como si al tiempo no le importara el tiempo, y en realidad no tendría por qué asombrarse, si se considera eterno. Después supe que a su aparición siguió una serie de llamadas a sus más fieles amigos, como si buscara recuperar el tiempo perdido y cuán difícil es medir esa posibilidad, aún me digo. Estaba en un gran cambio en su vida, en la madurez de su tiempo, en las horas otoñales de su vida, y unía los eslabones perdidos partiendo por él. Otra historia recogía como el pescador los peces que su red le traía, a un nuevo puerto.

Me habló como si ayer hubiésemos estado en un café conversando sobre la inmortalidad del cangrejo o la aventura de algún verano que estremeció nuestra juventud en las playas de Chile. Nunca fuimos al Café California con Millán, porque no coincidimos, y tampoco nos vimos en el patio del José Victorino Lastarria, ya que yo jugaba fútbol en el recreo con una tapa de cerveza o una pelota pequeña. A los billares de Manuel Montt, donde Don Willy, iba por esas calles estrechas con mi amigo Juan Fernández, y de ahí me invitaba a almorzar con su familia que residía a unas cuadras. Recuerdo que en uno de esos viajes nos enteramos del asesinato de Kennedy.

No coincidimos con los poetas Welden y Millán, sólo estuvimos en el mismo lugar. En ese liceo daba clases también otro poeta reconocido, Oscar Hahn, del norte de Chile. Welden, Millán y yo estudiamos en una misma época en el Pedagógico de la Universidad de Chile, Facultad de Filosofía y Educación; Oliver partió para el norte y Gonzalo para el sur. Coincidimos años después, sobre todo con Millán. Gonzalo regresó de Canadá y Holanda y reinició su historia que había comenzado como una Relación personal. Como debe ser, digo.

Oliver, afable como siempre, transparente, viudo, me hablaba desde el corazón y vivía, me confirmó, en los Estados Unidos, Tennessee, la tierra del blues, donde se refugió durante décadas con su mujer en el exilio que le tocó vivir, tan remoto de su Arica, desierto, de esas grandes soledades chilenas donde nace Chile desde su dura historia y geografía.

 

Oliver y Alicia, Welden lo relata en Oscura palabra, hicieron un viaje al interior de su intensa realidad, en su antiguo país y el que los había acogido.

La oscura palabra de Welden

Fue una charla entre amigos, sin prejuicios ni falsos olvidos, ni ninguneos, esos desplantes tan vigentes, en verdad como debiera ser entre poetas, chilenos, personas de una misma tierra y planeta, haciendo un oficio donde la palabra va al cántaro cantando con el agua que la lleva por el río. Nos alegramos del encuentro, de estas nuevas circunstancias, ambos estábamos escribiendo, continuábamos en el oficio paralelamente con nuestras propias palabras y vivencias. Recordamos pasajes, paisajes, palabras y silencios, la poesía en un cruce de caminos, territorios casi perdidos, distancias que dejan huellas en un mismo territorio y comparte la memoria. Vivimos vidas paralelas, la historia que nos truncó un dictador miserable, ambicioso, que se robó una parte importante de nuestra historia y vidas. Hablamos de Colorado, recuerdo, debió estar nevado esa noche en Arapahoe y mi mente estaba allí mirando detrás de un ventanal. Por él supe que se había volado la paloma de su antiguo nido hacia parajes desconocidos.

Oliver y Alicia, Welden lo relata en Oscura palabra, hicieron un viaje al interior de su intensa realidad, en su antiguo país y el que los había acogido. Describe el horror de los años chilenos y da cuenta del largo itinerario de su vida y libro (1970-2006). Un libro que escribió a trazos por las geografías que le acompañaron desde su partida, Lima, La Paz, Panamá, Nueva York, Washington, Ithaca y “en la vieja cabaña de las montañas azules de Apalachia, en Boone, Carolina del Norte, donde los veranos eran mágicos y los otoños explotaban sin ruido”. El recorrido es extenso e intenso, Chicago, Nevada, Texas, Georgia, Atlanta, California, Los Ángeles, San Francisco, San Luis Obispo, Nueva Orleans, Mississippi, Miami, Kansas, Nebraska, Virginia, y el libro se fue haciendo en Malmö, Suecia, Copenhague, Madrid, Toledo, Sevilla, Granada, Málaga, Andalucía y se finalizó en Benalmádena, en la costa del mar Mediterráneo. Una larga travesía del autor y su palabra. Por tres décadas decidió no editar y literalmente se borró de Chile en la inmensidad de Norteamérica. Puso un doble candado a su diáspora. Cómo cargó todos esos años con la oscura palabra, me pregunto. Por ahí están apareciendo algunos comentarios sobre su obra, de la que para mí Perro del amor es su libro más emblemático, escrito a prima hora de su vida, en años de la difícil juventud, como diría Claudio Giaconi, quien se perdió por años en Nueva York y un día aterrizó como si nada en Santiago de Chile. Chilenos pateperros, dice el legendario dicho. Hoy ya no es novedad, las migraciones son escalofriantes y no cesarán. Sin embargo, siguiendo el itinerario de Oliver, sólo habrá desarraigo y más desarraigo en la retórica poética de Gonzalo Rojas, no habrá retorno al origen, sino continuos desplazamientos. En su libro Los poemas de Suecia, cuyo poema epígrafe anuncia todo este texto, nos confirma el continuo peregrinar del poeta, ha nacido y muerto en muchas ciudades y lugares, y espera varias muertes más y que una voz le llame por su nombre.

Como suele suceder con el caleidoscopio de la diáspora, las vidas se multiplican y en Welden también sucede. Chile, en el punto de partida, su carga poética juvenil, viajes iniciáticos, los compañeros de juego y más, la camaradería, el arraigo poético. La montaña rusa de la diáspora comienza en Estados Unidos, bosques, montañas, ciudades, el exilio y su tercera partida Europa y Suecia, países nórdicos, y todo lo que deja atrás de su espalda y arrastra inevitablemente. En sus libros y opiniones personales, Welden reitera una y otra vez que pertenece a la diáspora, la generación dispersa. No se asocia a la que alguna vez se llamó la generación del 60 o emergente. Su poesía a partir de 1974, año de su partida, refleja una búsqueda dentro de la dispersión, es un ejercicio con una nueva vida, en permanente viaje y nuevos asombros; la vida se dividió en varias vidas y no tomó el cursó lineal de su disciplinada generación. Suele ocurrir cuando no estás en ninguna jugada ni apuestas a ningún trono. El poeta se pone “fuera de la historia” de alguna manera, la que estaba destinado a vivir. Se interrumpió el curso de los acontecimientos, bajó el telón y tres décadas después entró en contacto con el pasado, pero su historia era otra, y sus decisiones también.

Fábulas ocultas forma parte de la trilogía de sus libros en la diáspora y es una mirada hacia el norte de Chile, Arica, la tierra que tanto vivió y amó; después de todo de eso se hace la poesía.

 

Oliver me habló de su trabajo de cuidar ancianos, es como atender a nuestros padres, pensé, una labor tan digna.

De cara al porvenir, la memoria

Hablamos de dos mundos distintos, reconocibles en las palabras, el azar no era una mera casualidad. Recuerdo la llamada porque la recibí frente al mismo escritorio, ordenador, muro, donde escribo estas palabras. Fue una noche más ante el ordenador y me sentí honrado de que un poeta que se ausentó por décadas de toda su generación, de sus playas tan chilenas, del hábitat propio de las aves migratorias, apareciera en la noche clara tropical con un saludo cordial, afectuoso, lleno de camaradería, y me revelara que se encontraba ordenando sus libros y pertenencias para trasladarse a Europa. Cajas y más cajas, un nuevo viaje y aventura. Otra vida le esperaba, como en efecto ocurrió. Hice un comentario de su libro Perro del amor, que impactó en Chile en su tiempo en los 70, y de él recojo una afirmación que consideré legítima y vuelvo a reiterar: poesía del siglo XXI, quizás, las vivencias de un poeta en el norte de Chile, entre desiertos y playas siempre en primavera, cálidas, como Arica, en la frontera. Sobre todo, cuando nos dice en “Advertencia”:

Érase un hombre solo,
Demasiado solo;
Cuando sentado en el baño
Dejaba correr el agua
Para escuchar su sonido;
En su oficina de correos dialogaba
Con las cartas y en sueños
Visitaba a los destinatarios. Falleció
La primavera recién pasada:
Al cajón le ajustaron las manillas por dentro
Para que esa mañana
Se condujera solo al cementerio.

Cuánta vigencia de este texto en esta época, lucidez de cara al porvenir, humor, ironía, lenguaje diáfano, un poema original, que nos habla de un tema que recorre el mundo como un fantasma real. La soledad no tiene estación ni edad / ocurre en invierno / o en primavera / está en un andén / al paso de un tren / en la gran ciudad / vibrante como si fuera / a arrancarse los ojos / frente a un muro / o más allá.

Oliver me habló de su trabajo de cuidar ancianos, es como atender a nuestros padres, pensé, una labor tan digna, meritoria, olvidada en nuestros días y necesaria. No dejarlos en el olvido y abandono, rescatar nuestra esencia humanista, comprometerse con el resguardo de nuestro patrimonio de vida. Occidente pareciera aún no entender esa realidad de que los años pasarán para todos y debemos ocuparnos de quienes nos antecedieron y construyeron antes que nosotros esta historia que estamos viviendo, o una parte.

 

Mi traductor al inglés

Nos comunicamos varias veces por teléfono y al trasladarse a España, cada 22 de febrero traducía unos cuatro o cinco poemas míos como un regalo de cumpleaños. Un ejercicio poco conocido de la amistad, que nunca he olvidado. Quizás la diáspora defiende la diáspora, a los dispersos, y me considero entre los más dispersos. Reviso que mi comentario sobre su libro no ha sido aún recogido en Chile, hace más de quince años. Puede ser una teoría, la del silencio. Había vuelto a un amor de juventud y vivía entre España y Suecia, me enviaba algunas postales. Algo tan antiguo se diría ahora, / pasado de moda, obsoleto, impensable. / Yo también soy un poeta fuera de época / escrito está mi nombre / en una postal / perdida en el correo.

Un día me llegó esta traducción de un poema de mi libro Entre paréntesis, amor:

Poesía

Soy tu sirviente
considérame
tu público servidor:
humildemente
un cómplice incondicional.
Tócame el corazón
con la yema de tus dedos.
Desnuda la semilla seca
y sé mi fruto.

I am your servant
consider me:
your public servant:
humbly
an unconditional accomplice.
Touch my heart
with your fingertips.
Make naked the dry seed
and be my fruit.

Traducción de Oliver Welden
22 de febrero de 2008. Málaga, España

 

Quiero creer que se encontrará con su amada Alicia, así como con la paz de su espíritu, y quizás todavía pueda traducirme algunos poemas.

Correspondencia sin respuesta al final

Editó sus libros, curiosamente uno de ellos lo tuve en mis manos, hace un par de días: Oscura palabra. Algo me decía qué estaba sucediendo con Oliver, él me comunicó una última vez que su salud se había deteriorado a tal punto que esas eran las únicas palabras que podía escribirme. Por años no dejé de escribirle, saludarle, desear una recuperación. Nunca tuve una respuesta y comprendí la situación. Era una especie de ritual, sellaba un compromiso de aquel día que me llamó por teléfono. Nos confidenciamos otras tantas cosas, que se quedaron en el exilio de nuestras vidas.

Oscura palabra me interesa principalmente por el viaje interior a la palabra y a la vida silenciosa, subterránea, donde Welden destierra lo público, y se sumerge en el anonimato, pero no deja de escribir, articular la pesadilla de su viaje por la dictadura de Chile, que contrasta con su extenso, a veces idílico viaje por Estados Unidos. La sanación del silencio, pero no del olvido, aquí la memoria es la protagonista indiscutida. Rimbaud fue más radical, él botó esta basura, dice Lihn, y además le envidia su no a este ejercicio. Oliver lo congeló en el papel impreso, pero continuó urdiendo sus apuntes silenciosamente. Hernán Valdés, poeta chileno, devino en novelista; Zambra también hizo lo suyo, como Bolaño, aunque pienso que el detective salvaje siguió escribiendo alguna poesía en la clandestinidad de su prosa. Edwards, Donoso y no sabemos qué otros novelistas, como Joyce, comenzaron escribiendo o escribieron poesía.

En esta Oscura palabra, Welden transparenta su amistad con sus camaradas, pares, los poetas, y los incluye con citas de sus poemas a lo largo del libro, páginas que destierran el porfiado egoísmo de algunos autores, el incorregible epitafio de sus enemigos, que suele ser una tradición del chaqueteo nacional. Es su retorno no sólo a la camaradería, sino a la literatura chilena, una forma de integrarse, volver a ser parte, aunque no haya retorno físico. Porque en definitiva, Welden sigue su viaje por España, Suecia, los países nórdicos, y allí también se busca él mismo y desconoce cuál será su última morada.

Oliver ha iniciado, hace poco menos de un mes, su último y definitivo viaje, periplo, quiero creer que se encontrará con su amada Alicia, así como con la paz de su espíritu, y quizás todavía pueda traducirme algunos poemas, la fecha se aproxima. Gracias, Oliverio, como te llamada Gonzalo en la época de las chaquetas azules del José Victorino Lastarria, allá en los sesenta, en Miguel Claro 32 con Providencia.

Rolando Gabrielli
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