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Godard, la huella indeleble de un lobo solitario

sábado 17 de septiembre de 2022
Jean-Luc Godard
Godard fue un director de culto por sobre todas las cosas, pero también un taquillero, y obtuvo tantos premios y reconocimientos como le permitió su búsqueda permanente de un nuevo lenguaje para el cine.
“El cine no escapa al paso del tiempo. El cine es el paso del tiempo”.
JLG

Godard, Godard, ha muerto y a mí se me muere una época feliz: los sesenta, aunque en sus postrimerías, esa década comenzó a agitarse. Era el inicio de la aldea global y se luchaba, me parece, por conquistar los caminos de la libertad. Por esos años andábamos sin libreto como las películas de este francés informal, hipnótico, padre del cine de la nouvelle vague, la nueva ola, que nos deslumbró con más de cien películas y cortometrajes a lo largo de su extensa vida creativa. No estoy para hablar de su desaparición física, es un tema que me fastidia, cuando se nos va alguien más que un compañero de ruta y sueños.

 

Preludio de Mayo del 68

Jean-Luc Godard bajó el último telón de su vida a los 91 años en Suiza, y aquí, rodeado del mundo digital, donde habita mi otro sobreviviente yo, a nadie le importa, no saben quién era Belmondo, ni la Bardot, menos el Libro rojo de Mao, ni sospechan que el cineasta francés nos preludió el Mayo del 68, un asalto al poder de los jóvenes universitarios y sindicalistas, en Francia. La Chinoise, un filme Godard, se centra en la revolución maoísta, un guiño al Mayo francés que impactó a nivel mundial: la imaginación al poder. Los jóvenes franceses llamaban a tomar el cielo por asalto. Esos aires libertarios, contestatarios, se dispersaron por el mundo con mayor o menor intensidad, pero se hicieron presentes en nuestra generación, tocaron nuestras costas y sentidos.

Así como miró e interpretó la realidad desde su cámara, dialogó, monologó con sus espectadores, a través de su arte revolucionario, innovador, cuestionador, iconoclasta, se expresó pública y políticamente: “Mi lucha es una lucha contra el cine americano, contra el imperialismo económico y estético del cine americano”. Fue muy explícito, como se desprende de sus propias palabras, que no ocultaban su pensamiento, ideología, postura política.

Escogió un martes 13 del calendario del año 2022; no estaba enfermo, sólo cansado, agotado quizás, aburrido de este mundo que hace lo imposible por caminar hacia el precipicio, y en la paz de su espíritu, rodeado de su familia, ahí a orillas del lago Leman. Ya había convenido su partida con la eutanasia legalizada en Suiza y seguramente con su familia. Polvo al polvo, y nos queda la intensidad de su lenguaje cinematográfico, la imagen imborrable de su palabra visual y el libreto único de su narrativa.

 

Godard había entrado con su propio círculo virtuoso Al final de la escapada con Belmondo y el icono que crearía: Jean Seberg.

La Bardot creó la mujer

A los jóvenes de la generación de los sesenta les abrió un camino y ahí nacía en esos plácidos años, con Roger Vadim, la Bardot, Y Dios creó a la mujer, pero Godard había entrado con su propio círculo virtuoso Al final de la escapada con Belmondo y el icono que crearía: Jean Seberg. En El desprecio (1963) entra la Bardot total, sicológicamente madura, resuelta, hay cine dentro del cine, la seducción del cuerpo también se toma la pantalla, esa mujer fatal que BB supo vivir y encarnar como ninguna. Mi generación rompió la taquilla en los sesenta y la Bardot tuvo mucho que ver y nos dejó ver. Los sesenta fueron diseñados para la Bardot, el erotismo de una primavera cuidadosamente descuidada. Ella también fue la nouvelle vague.

 

Director de culto, hijo del cine club

Para decirlo en pocas palabras fue un artista vertical, se podía compartir con él, el exilio en su propia casa, como reconocía, algo muy de esta época que nos lleva de la mano no sabemos a qué infierno.

Para Truffaut, un compañero de ruta mítico, icónico como Godard, Jean-Luc era el más grande y, sin ser el único que filma como respira, respiraba mejor que los otros directores, comentó en una oportunidad. Godard, digo, nos deja sin aliento.

Fue un director de culto por sobre todas las cosas, pero también un taquillero, y obtuvo tantos premios y reconocimientos como le permitió su búsqueda permanente de un nuevo lenguaje para el cine. Hijo del cine club del Barrio Latino después de la Segunda Guerra Mundial, se rodeó del arte de la crítica, del debate, de la palabra, del mundo real de la ficción cinematográfica; ahí pulsó su propia historia y futuro. ¿Un lobo solitario a la caza de su propio espejismo? Un poeta vanguardista de la imagen, venía de las orillas apacibles del lago Leman, de una familia suiza burguesa, a marcar una diferencia donde se inventó el cine, en la Francia de posguerra, en el mítico Quartier Latin, por donde se paseó la Maga de Cortázar. El Barrio Latino, hogar, cuna de artistas de la Francia profunda sin puntos cardinales fijos, le dio alas a este innovador per se, que no creía en el cine tradicional, lineal, y le plantó cara con su propia poética, visión de la política, época, simplemente no tenía reglas Jean-Luc y esa parecía ser su única regla.

 

Había estudiado antropología, estaba interesado por la pintura, leía todo lo que le caía de cine en las manos, discutía una nueva manera de hacer cine con Truffaut.

Escribía en la biblia de la cinematografía

Cada artista tiene su propio disparador, inicio, impulso, y Godard lo tuvo en un libro de Malraux: Esbozo de una psicología del cine, y a partir de allí arrancó. No se montó en una cámara TikTok o YouTube y se lanzó por las calles con su visión Instagram de París a arrancar todo el realismo a la realidad; había estudiado antropología, estaba interesado por la pintura, leía todo lo que le caía de cine en las manos, discutía una nueva manera de hacer cine con Truffaut (Los cuatrocientos golpes) en el hervidero del cine club, donde acudían religiosamente. Escribían en la biblia de la cinematografía europea, Cahiers du Cinéma. Con el tiempo se comerían la nueva realidad con ojos de águilas y la recrearían en las pantallas.

Godard, en cuanto a lo experimental, a la maquinaria cinematográfica que llevaba en su cabeza, a la fecundidad de su obra, el hecho de trabajar con el icono francés de su época en algún momento, Brigitte Bardot, su enorme curiosidad, capacidad de lectura, incursión como narrador. Guardadas todas las proporciones que algún aguzado lector pudiera pensar, me recuerda a Raúl Ruiz, un director pantagruélico que también trabajó con el icono francés de su época: Catherine Deneuve. Ruiz hizo más de un centenar de películas, la mayoría en Europa, Cahiers du Cinéma le dedicó un número y tuvo el privilegio de llevar al cine la novela cumbre francesa: En busca del tiempo perdido de Proust.

 

Hay mucha poesía en Godard

JLG, en los tiempos del Mayo francés, en su lucha de denuncia contra el sistema, llegó a borrar su nombre de cualquier crédito, entró anónimo de lleno a la causa de subvertir el cine, asumió un rol de maestro desde el anonimato, de utilidad pública en favor de una nueva estética. Estaba inmerso en la revolución de su revolución. Siguió siempre ese camino con el video y el cine digital. Hay mucho por ver y estudiar de Godard, no todo llegó a América Latina, como Historias(s) del cine, una época comparable a los trabajos de escritores ya célebres por sus incursiones que no parecieran tener tiempo en el tiempo con Joyce y Proust, clásicos indiscutidos además. Hay mucha poesía en Godard y con esta afirmación no quisiera ofender a ningún otro autor. Supo utilizar todas las herramientas tecnológicas que tuvo a su disposición en los siglos XX y XXI, sin desprenderse, por decir algo no ofensivo, de su propia visión estética, no se traicionó al momento porque tenía algo, mucho, diría, que decirnos. Usó las palabras además de las imágenes, porque él venía del lenguaje escrito. Fue un cineasta siempre vigente, actual, futurista, inteligente. Todos los habitantes del mundo digital debieran ver Adiós al lenguaje, no son simples ideas o miradas, JLG se pregunta qué hay detrás de las imágenes, ya no le quedan palabras, es un cine de un nuevo presente, mezcla del pasado y del aquí y ahora, en imagen tridimensional: son los juegos verbales de JLG. Hay un tono de despedida, hablamos de 2014. En Godard hay pop, nunca estuvo fuera de la historia: Vietnam, absolutamente su cabeza lo filmó todo.

No hay mejor reconocimiento para un autor, en este caso Godard, que revisitar su obra o iniciarse en ella. Y lo amerita por su valor ético, estético, innovador, crítico de su tiempo, revolucionario en el profundo sentido de la palabra, en una época en que la estupidez sigue ganando terreno y está dispuesta a llevarse todos los óscares.

Rolando Gabrielli
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