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La mariposa invisible de Zorba, el griego

viernes 31 de mayo de 2024
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Selma Ancira
Selma Ancira: “Para mí, es importante que las palabras que empleo estén cargadas de contenido”.

Traducir un libro debe ser una gran aventura, respirar la palabra de un autor en otro idioma. Detrás de cada libro hay una experiencia única, muchas veces intransferible. Existe tanta subjetividad como palabras. No hay diccionario que pueda resolver las interrogantes que asechan al traductor. Es muy conocida la expresión italiana, transformada en la más sutil, poética y poderosa declaración de guerra sin disparar una sola bala: “Traduttore, tradittore”. Estas dos breves palabras resumen y advierten del riesgo que corre la traducción de un libro, porque, cuando menos, es una aventura. Dicen que lo más difícil es traducir a un poeta y que lo recomendable es leerlo en su lengua original. Ezra Pound era un traductor maestro, su curiosidad era infinita, como su capacidad crítica. Se requiere de un espíritu especial, un interés, vocación y amor por la palabra del otro. Pasión, diría.

Para Selma Ancira, mexicana, eslavista, crítica y traductora de clásicos rusos y griegos, entre otros, traducir es un acto de entrega total al autor, vivir in situ sus experiencias más vitales, conocer los lugares donde escribieron, leer lo que leyeron. Difícil, me parece, ponerse en los zapatos de esta notable investigadora que se transforma en un doble del autor.

Por sus declaraciones tan particulares, y sobre todo por su manera de vivir la traducción, me impactó cómo ejerce su oficio esta traductora mexicana estudiada en Rusia y Grecia, que acaba de editar un libro, El tiempo de la mariposa, donde relata el arte de su oficio y aventuras. Para algunos eruditos, las traducciones perfectas no existen, sólo hay buenas. Existe un casi decimos lo mismo, apunta Umberto Eco.

“El tiempo de la mariposa”, de Selma Ancira
El tiempo de la mariposa, de Selma Ancira (Gris Tormenta, 2024). Disponible en Amazon

El tiempo real de la mariposa es breve, pero su proceso mágico, fantástico, de una gran belleza al pasar de larva a mariposa y volar con sus colores maravillosos, como un arcoíris portátil, es único. El libro El tiempo de la mariposa nació por la petición de una editorial interesada en el proceso de la traducción, una suerte de cartografía de los pasos del escritor y sus circunstancias, contexto, escenario y condicionantes. Especie de arqueología de los lugares, para entrar en las palabras.

Cuenta la autora, de acuerdo con sus declaraciones al diario mexicano La Jornada, que una traducción de Zorba, el griego, la llevó al Peloponeso, donde se encuentra la “playa de Stupa y la mina que Kazantzakis y su protagonista explotaron en 1916. Asimismo visitó Creta, isla donde nació el autor y se desarrolla la novela”. En su recorrido Ancira conversó con personas que conocieron al autor para entender el significado de algunas palabras que él inventó y son propias del lugar. La literatura y la traducción tienen sus caminos casi inconfesables, al parecer, y todos llegan o debieran llegar al autor.

“Necesito habitar en el universo del autor, en su cabeza y piel, para sentir que lo que escribe pueda describirlo de forma coherente. Para mí, es importante que las palabras que empleo estén cargadas de contenido”, subraya la traductora mexicana. Una confesión contundente del grado de compromiso de la traductora con el autor, una suerte de simbiosis. Pound sostenía que la gran literatura no es más que el lenguaje cargado de sentido hasta el grado máximo que sea posible.

“Pienso en Marina Tsvietáieva”, agrega Ancira, “quien se suicidó en Elábuga, pequeña ciudad de Rusia, en la república de Tartaristán. Yo había escrito innumerables veces Elábuga y no me imaginaba nada, no me decía nada, a pesar de ser el sitio donde se quitó la vida la autora que amo”. “Cuando visité la ciudad y recorrí el camino que ella hizo del puerto hasta el pueblo, conocí las calles y vi el gancho en el que se colgó, la palabra adquirió muchísima fuerza. Por el viaje ahora vivo esa palabra, la siento, y sé que al escribirla a los lectores les va a llegar distinto, más que la mera frialdad de siete letras juntas”. Al respecto no hay mucho que agregar a las vivencias de quien asume las palabras del otro y las recrea como si las estuviera viviendo. Personalmente creo que sí las vive.

Selma Ancira se ha transformado en una guardiana de las palabras, verbos, una conciencia moral en una época en que las imágenes parecieran siempre dispuestas a devorarse las palabras. Quizás fueron lanzadas por un tobogán hacia el infinito sin un rumbo definido por caminos que se bifurcan y en su huella se han perdido.

Rolando Gabrielli

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