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La Leica transgresora de Sara Facio a la luz de la historia

viernes 28 de junio de 2024
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Sara Facio
Sara Facio no sólo hizo historia, sino que entró con autoridad a la historia por la puerta ancha de la imagen irrepetible, imperdible e imborrable. Federico Imas • Clarín

Sara Facio, por decir un lugar común, fotografió la historia de Argentina y la vida interior de personajes literarios latinoamericanos famosos, emblemáticos y que hoy podemos apreciar en la intimidad de su peculiar y definitiva estética. El blanco y negro que funda y refunda la verdadera luz de la imagen y su instante único, es cuanto menos lo que nos entrega esta artista infinita, que convirtió la atmósfera, áurea, las circunstancias, el minuto único del azar, la historia y futuro de un personaje.

Distraído en el lugar equivocado, sin proponérmelo, en una feria del libro, en medio de la multitud vi su libro dedicado a Cortázar, el cronopio de Banfield, con su clásico cigarrillo Gauloises, como reflexionando cara a cara con sus lectores desconocidos a miles de kilómetros de París y Buenos Aires o en cualquier parte del planeta. Lo hizo también con Sara, quien le dijo que en esa emblemática foto del cigarrillo se parecía a Oliveira, el personaje masculino central de Rayuela. Rio a carcajadas y concedió que Oliveira era más buenmozo que él.

Sara Facio no sólo hizo historia, sino que entró con autoridad a la historia por la puerta ancha de la imagen irrepetible, imperdible e imborrable. Capturaba al personaje y sobre todo, la historia, algo que ya no volvería a suceder, para transformar ese presente único en cómplice. La fotografía, a mi modo de ver, es siempre futurista, aunque el clic ocurrió en el hoy, y se instala donde muchos más la volverán a ver y tendrán su propia versión, aun con el paso del tiempo.

Es difícil entender a la Argentina sin Perón, vivo o muerto, y ahí estuvo la Leica transgresora de la Facio, el ojo infaltable en el preciso momento para apropiarse de ese magnífico pedazo de historia que reproduciría para todos nosotros y los que vengan. Allí pareciera que el fotógrafo reordena todos sus instantes y reflexiona con los contrastes y también encuentra la luz adecuada y que le dará vida a su trabajo. Esa artesanía de los silencios, voces ocultas, respiración compartida con ese acto de magia que va revelándose ante los ojos del fotógrafo, puede llegar a ser intraducible, pero existe.

Borges merece un capítulo aparte, como escondido detrás de ese mueble lleno de libros en la Biblioteca Nacional, con su mirada infinita llena de palabras y una cierta humildad como de niño sorprendido ante ese fabuloso mundo de libros infinitos. Aunque su cuerpo no tenga una última residencia en Buenos Aires, el autor de El Aleph siempre será un ciudadano ilustre de Buenos Aires, y así debió comprenderlo la Facio, que no leía diarios que no tuvieran una fotografía, pero fue muy próxima a la hora de registrar a la mayoría de los más grandes escritores de América Latina.

Con el rostro de su compañera de viaje, la escritora María Elena Walsh, nos dejó una imagen de alegría, pureza, candidez, ternura y esperanza, inolvidable. Es la estética del sentimiento, intransferible, lo que queda finalmente en quien se detiene frente a sus fotografías, un reflejo del alma y de una vocación generosa. Son los gestos y esas miradas que sólo ve la lucidez de la fotógrafa, su ojo feroz que pareciera devorar la escena, paisaje o la persona de ese instante, le sustrae parte de su presente y la inmortaliza. Octavio Paz, Vargas Llosa, Onetti, García Márquez, Salvador Allende, Alejandra Pizarnik, Sábato, Rulfo, Marechal, Bioy Casares, Neruda, Isabel Allende, pasaron por su lente; cuánta literatura e historia en estos personajes, podríamos preguntarnos, y sólo diríamos gracias, divina Sara Facio, en esta hora del descanso. Neruda e Isabel Allende, dijo Sara en una entrevista, fueron los más amables de todos los retratados y al poeta de Residencia en la Tierra lo captó en su mítica Isla Negra, donde solía refugiarse después de sus largos periplos alrededor del mundo. Allí compartía con Matilde, su esposa, y sus amigos, que nunca faltaban, un almuerzo, cena o festejos, que solía brindar como un saludo cordial y terrenal a la vida. El gran fiestero le llamó uno de sus amigos más allegados, el escritor y senador Volodia Teitelboim. Onetti, el extraordinario narrador uruguayo, autor de El astillero y La vida breve, reacio a las fotografías, también fue captado por la Facio, sin flash ni luz artificial, como casi siempre acostumbraba estar a la intemperie de la vida.

Ha partido una leyenda de la fotografía, un icono argentino y universal, porque su mirada no tenía fronteras, como debe ser el verdadero arte, ese que se tutea con los sentimientos, la historia, el futuro. Una artista de ese nivel, consagrada en la pasión y la magia, deja un profundo legado, la imagen viva e inigualable de su trabajo testimonial e inconfundible estética. La fotógrafa es la primera en fotografiarse para la posteridad. Ese es el mensaje. Pero seríamos injustos si no destacáramos la inmensa y pionera labor que realizó en el campo editorial, como curadora y crítica de fotografía. Publicó más de veinte libros y sus obras forman parte del Museo Nacional de Bellas Artes, Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa) y Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, entre otros particulares.

Sus fotografías, trabajos, retratos, recorrieron los barrios de Buenos Aires. Vio la vida y la recreó a través de sus ojos y se sobrevivió en la imagen de quienes fueron captados por su lente durante seis décadas.

Rolando Gabrielli

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