
A Robert Redford nuestra generación debiera recordarlo como un tipo excepcional, al artista y a la persona. No siempre coinciden ambas cualidades. Curiosamente su nombre artístico era el mismo de su vida real, Charles Robert Redford, un tipo realmente auténtico. La naturalidad en cada una de sus actuaciones es uno de los aspectos que más nos impresionaban, quizás, a quienes seguíamos su extraordinaria carrera. Él se describía como un chico común y corriente con cabello rubio, californiano, del pueblo, agregaría, que llegó al cine por casualidad y a pesar de su fama nunca obtuvo un Oscar por sus actuaciones. El tío Oscar lo obtendría por esos reconocimientos que se crean como un mea culpa, una especie de mención honrosa, y déjenme decirles que he experimentado ese galardón, no el Oscar, más de una vez en el género inocente de la poesía.
Redford no necesitaba premios; él con sus actuaciones, su forma sencilla de transmitir una experiencia cotidiana o de gran vuelo en la pantalla, nos premiaba. Se ha ido no sólo un gran actor, singular artista, sino un ciudadano defensor de la naturaleza, el medio ambiente, un ecologista, un ciudadano defensor de los derechos civiles. Meryl Streep no lo pudo decir mejor: ha muerto un león.
Protagonizó célebres películas con grandes actores y actrices, icónicos todos, como Paul Newman (Butch Cassidy and the Sundance Kid, El golpe), Marlon Brando (La jauría humana), Jane Fonda (Descalzos en el parque), Meryl Streep (África mía), Faye Dunaway (Los tres días del cóndor), Dustin Hoffman (Todos los hombres del presidente) y tantos otros.
Fundó en 1981 el Instituto Sundance e inauguró en 1985 el Festival de Cine Sundance, un verdadero referente internacional de las producciones independientes. El festival lo despidió con estas palabras en X: “La visión de Bob de crear un espacio y una plataforma para voces independientes dio inicio a un movimiento que, más de cuatro décadas después, ha inspirado a generaciones de artistas y redefinido el cine en Estados Unidos y en todo el mundo”.
Redford es autor de una historia propia, envidiable en Hollywood, donde fue leyenda. Como era de prever, su deceso en Utah ha llenado las páginas de los más importantes periódicos del mundo y notas en las televisoras y medios de Estados Unidos e internacionales. Redford se fue en el sueño, ya había cumplido quizás todos sus sueños. Esta nota, sencilla, es un guiño, un tip, para quienes aún no lo conocen y se animen a ver sus extraordinarias actuaciones en sus películas. Quienes lo conocieron han dicho que en su vida cotidiana no era diferente de sus actuaciones en la pantalla. La profunda sencillez de un hombre sencillo. Ahí es cuando surge la verdadera grandeza de un hombre comprometido con la vida. No se planteó vivir una vida de película. Eso es lo más difícil en Hollywood.
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