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Vivir la poesía más allá del silencio

martes 27 de octubre de 2026
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Vivir la poesía más allá del silencio, por Rolando Gabrielli
La poesía requiere ocio, atención, dedicación permanente, pasión, trabajo y más trabajo, lecturas, porque ella responde a una particular atmósfera.

Si la poesía ya estaba sentada en la mesa del pellejo, donde se sirven las sobras, los malos tragos de última hora, porque no es un negocio para editoriales y libreros, en la actualidad es una pasajera del olvido, una convidada de piedra sin derecho a voz ni voto. No hay titulares para la poesía ni los poetas, en medio de las guerras, catástrofes climáticas, anuncios de fin del mundo, apocalipsis y una lluvia atómica de fake news que opacan, hacen triza la realidad o una aproximación a ella.

Oh, mundo real, qué espejismo maravilloso, nos recreas ante este fenomenal espectáculo de la vida contemporánea. Este es mi tiempo, mi siglo, tierra de nadie. ¿Cuál es tu lectura, amigo lector?

Puedo decir, con entera responsabilidad y memoria, que dejé de escribir poesía por más de dos décadas para cumplir con la vida cotidiana y sus anexos, la familia, el trabajo, la sobrevivencia extrema. Vallejo murió en París, pateando el hambre, la pobreza, el exilio, y no fue el único poeta o artista a quien la muerte lo sepultó antes de tiempo y de manera miserable, irrespetuosa, indigna. Pessoa se sumergió en sí mismo y en sus diversos heterónimos. Pablo de Rokha, viudo, cansado, ninguneado, recibe el Premio Nacional y se suicida al poco tiempo. La lista de desacuerdos, contradicciones, entre los poetas y la vida, se enreda y desenreda en el tejido casi eterno de Penélope. La poesía debiera ser la reina de la felicidad, la mejor música para los oídos, y también un canto para denunciar las injusticias, y, sobre todo, ser la lengua del amor.

La vida, en una palabra, es lo único que tenemos de esencial, y lo demás es añadidura. Dos décadas y sencillo es un tiempo importante en la construcción de la obra de cualquier artista en cualquier tiempo. Sin embargo, sabía que la poesía estaba ahí a la espera de su oportunidad y siento que se sabía incómoda, olvidada, de pronto, ausente como un paréntesis vacío, muerto frente a los miedos y abismos del poeta y su oficio.

Había otra escritura profesional, prosa periodística, contingencia, el abecedario diario del presente, común y corriente, trascendental en otro ámbito y circunstancias. La poesía asomaba la nariz y se escondía. La memoria, no obstante, recogía este paisaje aparentemente borroso, inexistente, oculto, que se autorregistraba en el subconsciente y esperaba su turno. Los días eran regularmente intensos, variados, con sus propias dificultades y miradas imperiosas, obsesivas, vibrantes.

Siempre he creído que la poesía requiere ocio, atención, dedicación permanente, pasión, trabajo y más trabajo, lecturas, porque ella responde a una particular atmósfera. Requiere de algunas condiciones primarias, elementales, y, sobre todo, de la obsesión del poeta por transformar la realidad con un nuevo lenguaje, interpretar su época, contar todo cuanto le parezca meritorio, interesante, verdadero de reflejar en sus palabras. El poeta puede ser un outsider, más en este tiempo, una suerte de forastero, pero la poesía nos recuerda que formamos parte de una sociedad en constante transformación.

El poema es una aventura, un viaje, una mirada de lo real, única, irrepetible, personalísima —puede tener diversas interpretaciones y no necesariamente coincidir con el autor—, es tan libre como un ave migratoria que no se detiene hasta llegar a su destino. La palabra no tiene fronteras como la geografía humana cada día más recortada a tijeretazos por los (de)sastres del poder. La palabra sostiene al poema desde su origen, enfila hacia su propio camino, hasta el final.

Cada poema es un pequeño manifiesto, una mirada personal, un viaje al interior de las palabras, es una declaración pública, casi silenciosa, la voz única del poeta, que clama en silencio.

 

Un hombre solo

Un hombre solo
no dice: yo soy el individuo,
hay millones de hombres solos,
la soledad les cubre a todos
con su manto de silencio.
A nadie hará falta soledad,
es un jardín muy vasto, infinito,
que cada hombre solo riega cada día
para recibir a millones de hombres solos,
que se sientan a contemplar,
solos, la inmensa soledad del mundo.

 

Qué intraducible es el silencio

Qué intraducible es el silencio
de la humanidad,
cuando la muerte toca
a redoblar campanas
y las puertas se cierran
al mismo tiempo.
Es el eco de las pequeñas voces
de los niños ausentes lo que seguirá
resonando en nuestra memoria.

 

2

Qué decir,
la muerte en curso sigue su marcha,
implacable maestra del mal,
se huele
su atmósfera irrespirable,
mortal.

 

3

Desolación,
la multitud desplazada
no encuentra dónde estar
ni sabe adónde ir.
¿Para qué las palabras,
si sólo golpean el hocico
de las bestias?
Las ruinas hirientes
abrazan a los muertos
bajo los escombros
y nadie respira,
ni asoma sus narices
al paso de los blindados
sobre la tierra árida, baldía,
muerta, brutalmente ocupada.
Nada queda, nada,
ni el pellejo de las palabras
para terminar este poema,
que el viento de la historia
hará memoria y responsables
a los que matan
por matar y vuelven
a orar a los templos.
La miseria humana
es una alumna aventajada
de estos tiempos.

 

Pez en tierra

Cuando descubres
que eres pez en tierra:
tres cuartas partes de agua,
como la tierra,
vives entre dos océanos,
durante ocho meses
de lluvia al año,
esa es tu nueva identidad.

 

Un poema y una rosa

Un poema
y una rosa
en nada se parecen,
salvo que
las palabras
se vuelvan espinas
o se rindan
ante la belleza.

 

Una isla es una isla

No se rinden
ni se rendirán,
es lo que entiendo
por respuesta,
después de tanto
tiempo,
al tío Caimán.

 

La mano de Pound

En este poema
está la mano de Pound,
no tengo duda al respecto,
no le sobra ni le falta
palabra alguna,
nada.
Ha puesto hasta la última
coma del sentido común,
para ser leído,
como Ezra hubiera querido.

 

El poema es un río

El poema debe ser tan ambicioso como un río,
sin perder el curso audaz de las palabras,
saber que no nos bañaremos dos veces
en sus mismas aguas bajo el torrentoso caudal
de lo que aún no nos hemos dicho ni prometido.
A veces estamos perdidos en el centro de las cosas,
parece que no avanzamos, aunque todo es cada vez
más vertiginoso y en ocasiones sin sentido.
Me llamas la atención porque me estoy haciendo viejo,
que busco dos o tres veces las llaves donde
no las he dejado o me refiero a algunos temas
con diferentes coartadas como si el insomnio
pusiera pausa a los sueños en una noche.
No especules más allá del probable
sentido común de las cosas,
la realidad no es negociable, ni aún
en el mejor de los casos
en que podrías no tener la razón.
El presente es insoslayable,
agazapado en el universo
de las sorpresas, nunca inmóvil,
me llama la atención todo lo cotidiano,
casi repetitivo, una escena con los mismos
personajes, historias que no tienen fin
ni sentido, y menos una certificada veracidad.
El día, con sus aciertos y desaciertos,
es cuanto tenemos por ahora, camarada,
de las ruinas saldrá lo construido,
cada forma encontrará su contenido,
la luz resplandecerá en las sombras,
si la oscuridad no llegara a convertirse
en la última luz de la humanidad.

 

El poder de la palabra

El poder de la palabra
radica en el silencio
absoluto de las cosas
que nombra y deja
de nombrar.

 

El bibliotecario ciego

El bibliotecario ciego aparece
en mis sueños vestido impecablemente.
Recorre la biblioteca amparado
en las sombras como un río contenido,
manso, huérfano, solitario, ilustrado.
Nadie sabe cuántos libros
ha leído, pero son muchos.
Suficientes para ser
un bibliotecario ciego.

 

Se ha roto un puente

Se ha roto
un puente,
pero el río,
invariable,
sigue su curso.

 

Al otro lado

Al otro lado,
el río es el misterio.
Quién espera, no sabemos.
El río fluye en un mismo,
único sentido,
sólo lo vemos pasar.
¿Es el viajero desconfiado,
de poco fiar,
de T. S. Eliot?
No sabemos.
Quedémonos en la orilla,
me dices,
y el río que pasa volverá
a pasar en un mismo sentido,
pero no será igual.

 

La cebolla morada

La cebolla morada me mira,
me quiere hacer llorar,
le quito una capa fea
y comienzo a picarla en cuadritos.
Finalmente,
se rinde dentro del sartén.

 

Viejo exilio

Viejo exilio,
camarada,
¿cómo amaneces
hoy?
Cincuenta años
y un silencio
prolongado,
un paréntesis
del espanto y la memoria.
Salud por estos años
que el tiempo no ha perdido.

 

He ahí el poeta

He ahí el poeta,
lo señalan
con el dedo índice
sus detractores,
lo calumnian,
enemigos ociosos,
audaces, gratuitos.
Él, más bien, permanece
atado a la memoria
del porvenir.

 

La bandera negra de Chile

La bandera negra de Chile,
oscuro luto de sus almas
desparecidas,
navega en el lago
de la muerte y asciende al cielo,
que la recibe, mudo.

 

El insomnio es autor

El insomnio es autor
de este poema,
en la hermosa, inmensa
oscuridad, donde el tejido
oscuro del silencio
definitivo de la noche,
teje el amanecer.

 

Terremoto

Terremoto,
una palabra que tiene el poder,
la energía, la fuerza, de hacer
que todo se mueva al mismo tiempo
hasta permanecer, agrietarse o desplomarse
sin necesitar más que unos cuantos
segundos para formar parte
de un nuevo paisaje y uno comience
a sentir el peso de la fragilidad.

 

Corolario

Sobre la poesía, todo lo que se haya dicho o se diga más adelante forma parte del género, que seguirá reinventándose y acuñando significados. Recuerdo, en pleno siglo XX, cuando una joven lectora le preguntó a Nicanor Parra: “¿Qué es poesía?”. Pregunta algo recurrente, entre repetida y misteriosa, el antipoeta no esperó en responder con los célebres versos del poeta romántico español del siglo XIX, Gustavo Adolfo Bécquer: “¿Que es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? / Poesía... eres tú”.

Pablo Neruda, en cambio, según Hernán Loyola, su principal biógrafo, dijo informalmente al escritor Fernando Alegría: “Si ustedes me preguntan qué es mi poesía, debo decirles: no sé. Pero si ustedes interrogan a mi poesía, ella les dirá quién soy yo”.

Neruda y Parra fueron dos poetas icónicos que marcaron los siglos XX y XXI de la poesía chilena y latinoamericana junto a Gabriela Mistral, Vicente Huidobro y Pablo de Rokha, siempre al borde del olvido. No fueron los únicos, pero la crítica los reconoce como “cumbres”, adjetivo que los eleva al punto más alto de la montaña poética chilena.

Neruda comenzó muy temprano a destacar y, según el crítico Ignacio Valente, no dejó un solo ismo sin incursionar: modernismo, neoclasicismo, surrealismo, y no se detuvo en ninguno de ellos. Definió su quehacer poético con una frase: “De tanto amar y viajar salen los libros”. Para Huidobro la poesía era un estado de conciencia cósmica, clarifica los fenómenos del mundo, por eso es trascendental. Famosa es su sentencia acerca del uso del adjetivo: cuando no da vida, mata. Y de notable maestría la petición que hace a los poetas: “¿Por qué cantáis la rosa, oh, poetas? / ¡Hacedla florecer en el poema! // Sólo para nosotros / Viven todas las cosas bajo el sol. / El poeta es un pequeño Dios”. Todas estas frases son archiconocidas en el mundo poético, pero nunca está de más recordarlas para las futuras generaciones, que tal vez estarán más cerca de alguna máquina portadora de futuro que de una rosa.

Gabriela Mistral aparece en el Olimpo chileno de la poesía, la más castiza de los grandes poetas de Chile, ni francesa, ni anglosajona, castellana. Muy chilena, muy americana la Mistral, desterrada, trágica, nostálgica, desgarrada, aldeana universal. El 10 de enero se cumplirán setenta años de su desaparición física y este año se conmemoran las ocho décadas de su Premio Nobel.

Muy injusto sería pasar de largo y no decir que Chile tiene numerosos y extraordinarios poetas, originales, que han aportado su propia visión, lenguaje, a la rica y diversa poesía chilena. En otros artículos los he nombrado y me referido a muchos de ellos, con quienes tuve la suerte de compartir en vida este mágico quehacer. De todos ellos he aprendido y nunca olvido.

Todos estos poetas mencionados, y los que tácitamente permanecen en estas páginas, y los leídos a lo largo de más de medio siglo, coinciden en vivir y haber vivido la poesía.

Rolando Gabrielli
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