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Lágrimas

martes 20 de septiembre de 2016
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Me he quedado solo. La he perdido. Hace ya demasiado tiempo que no sé nada de ella. He dejado pasar el tiempo. Al principio lo dejaba para mañana. Mañana la llamo. Y así pasa un día y otro día. La verdad es que siempre llamaba ella. Pasaban, a lo sumo tres días, y en el momento que menos pensabas, allí estaba su voz tras del móvil. “Holaaa, cómo estás”. Pero los días se fueron derramando como el agua. Y, cuando quise darme cuenta, había pasado mucho tiempo. Tanto, que, ahora el problema era llamar. ¿Qué iba a decir? ¿Por qué ibas a preguntar? Hay una persona que se parece a ella. Se lo dije una vez. La vi el otro día, a la que no es, claro, y se me llenaron los ojos de claveles. Pero me di cuenta de que no tenían colores ni olores, estaban marchitos. Alguna tarde, antes que el sol se pone, me gusta pasear por ver las luces del atardecer. Si hace bueno, incluso me siento a esperar la puesta, con todos esos tonos grecotintas que la luz pone sobre el horizonte y se me llenan los ojos de lágrimas y el corazón de congoja. Pero no es por lo que contemplo: es por ella. Que día a día se me va difuminando. Y cualquier día, ya no la pondré cara. Y a quién le cuento, a quién le digo que me ha podido el orgullo. El puto orgullo. Con lo fácil que era haber marcado su número. Ya ni lo recuerdo. Hay algo que me espanta: ¿lo habré borrado en un ataque de soberbia? No sabe nadie, nadie sabe lo que uno puede perderse por encerrarse en sí. Me vuelvo cuando las primeras sombras aparecen y aunque uno llore amargamente, ya nadie puede ver las lágrimas. Hay una voz interior que te habla mientras caminas. “La culpa es tuya. Ahora no te lamentes ni te compadezcas. Igual te podías hacer esta pregunta: ¿la querías? Puede que no lo suficiente”. No sé cuándo volveré a ver a la persona que se le parece. Y, aunque la vea, ¿para qué? Si lo he dejado pasar. La voz interior sigue lacerante: “Es lo que te mereces. Sécate las lágrimas. Y no me vengas que no sé cuánto dolor cabe en una lágrima tan pequeña. Lo sé. Quizá tú no sepas lo que no cabe en un corazón por muy pequeño que sea, cuando ya se ha hecho añicos”. No queda nada que decir. Seguir. Y, cuando asalte el desgarro, no soltar una lágrima. Soportar el dolor. No dejamos de ser criaturas que nos equivocamos. Sucede que se traspasa una línea en la que da igual mirar atrás, porque ha desaparecido el camino y el paisaje. Sólo me queda pensar alguna vez, cuando ya no exista consuelo, ni perdón, ni memoria; que igual hubo un momento que se guardó para siempre. Puede que valiese por todo el tiempo. Tampoco lo sé. Ahora, aunque gritase como un loco, ya no se oiría su nombre en el olvido del mar océano. Me van a tomar por loco, sin embargo, quiero pedir un deseo. Quisiera poner un epitafio en mi tumba, qué tiene de raro, el que sea al revés de los demás. No quiero que no me olviden quienes se quedan, eso me da igual. Quisiera que supiera, si es que no existe el olvido donde iré, “que no la olvidaré”. La voz sigue su discurso: Serás capaz de irte así. Sí lo soy. He roto el mundo y no sé cómo se arregla. “O no quieres arreglarlo”. A ver dónde encuentro todos los añicos. “Igual es todo más simple. Puede que una sola palabra bastaría”. ¿Cuál? “Tienes que buscarla dentro de tu corazón”. Pero un corazón solitario no es un corazón.

José Ruiz Guirado
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