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Hablemos, de Octavio Santana Surez

Días de agua, días de fragua

• Jueves 3 de enero de 2019

Carlos es un amigo que vende buen pan y mejor carne, del lugar. Es la única tienda que existe. Para hacer una compra más extensa hay que desplazarse al pueblo más cercano, en el que existen un par de supermercados. Para algún olvido puntual y vianda común —sal, azúcar, alguna legumbre o vino—, en la tienda de Carlos se puede solucionar. En los meses de estío, como la villa pertenece a esos lugares que llaman de alta montaña, acude más gente, de las que practican senderismo —andar de toda la vida—, y se llevan pan y algo de fiambre para la caminata. Los largos días del invierno, que aquí son largos, anchos e interminables, acuden los vecinos por el pan y algo de carne. Están censados, según el padrón, doscientas treinta y seis personas, o sea, vecinos. Ya se sabe que, por lo general, está compuesto por cuatro por familia. Por tanto, cincuenta y nueve personas acuden a diario a la tienda de Carlos. Tres días a la semana —lunes, miércoles y viernes— suben, uno por día, furgonetas para vender pescado, fruta y ropa y calzado. Llegando al lugar, lo anuncian con altavoces e instalan los puestos a unos metros de la tienda. Para algún cronista que pudiera interesarse por este lugar apartado del mundo y a una altura de 1.440 metros sobre el nivel del mar, habría de añadirse la existencia de iglesia, a la que acude el sacerdote, que atiende dos pedanías más, a celebrar misa domingos y festivos, ambulatorio y colegio al que acuden una docena de nativos. No podría olvidarse, para las relaciones sociales, el único bar, situado en la carretera general que va a dar a una villa, perteneciente ya a otra provincia; que si se tratase del ferrocarril, se diría que acaba allí el trayecto. A pesar del aislamiento, de los largos inviernos con abundantes nevadas y gélidas temperaturas, no es un lugar del que pudiera pensarse estuviera habitado por personas mayores. Dentro de esa cifra de vecinos que recoge el censo, supera la población con edad entre dieciocho y cuarenta años. Esto se nota, especialmente, en las fiestas patronales, que se celebran el último día del mes de agosto. Aun conservándose bailes tradicionales que se danzan los días que duran los festejos, pudiera pensarse que fuera asunto de mayores, los muchachos participan en mayor medida. Sin descartar una de las jornadas en las que se ofrece música actual, con gogós incluidas. Pudiera parecer, por lo narrado, que nos hemos trasladado en el tiempo al siglo XIX o pudiéramos estar relatando algún texto de García Márquez, o de Juan Rulfo. Estamos en pleno siglo XXI. Y fiel reflejo de ello son las dos antenas instaladas en la colina más alta que rodea a la villa, que permiten la comunicación para los móviles, tabletas y smartphones, que abundan porque ya desaparecieron las cabinas telefónicas. Ciertamente lo que no existe en el lugar es una oficina bancaria, peluquería y farmacia. Que este último establecimiento sería necesario, mas poco rentable. Sin embargo, en esto coincide más de uno con Carlos —el dueño de la tienda—: más que desde el punto de vista de la salud, desde el de las relaciones sociales, viene a ser su comercio de pan y de carne quien cumple con esa función. Así lo postula el tendero: “Mi padre, cada vez que bajaba por un medicamento al pueblo cercano, a más de, claro está, adquirirlo para remediar la enfermedad contraída; el interés, el pretexto que mostraba, no sólo él, lo era las reuniones que se daban en la rebotica. Allí se discutía, se debatía, se rebatía de cualquier tema que tuviera su impronta, su urgencia social: cambios de gobierno, movimientos sociales, disturbios, acontecimientos, noticias, sucesos o cotilleos, chismes, murmuraciones o curioseos”. A lo que prosigue: “En este lugar donde vivimos, ya se sabe que su climatología es adversa durante muchos meses: nueve meses de invierno y tres de infierno”. Y no dejemos de lado la lluvia, que también es de armas tomar. Cuando se posan las nubes en el Alto de la Iruela, lo hace para quedarse una temporada. Y, no es, precisamente, de esa lluvia que escampa y se despeja el cielo. Ahí la tenemos días y días torrencialmente, pertinazmente lloviendo sin parar: lluvia que atormenta hasta a los muertos. Antes, repetía mi padre que: días de agua, días de fragua. Pero ya no hay carros, ni carretas, ni bujes de ruedas que arreglar; ni herraduras que cambiar a las bestias, nos queda la tienda, que después de que las señoras compren el pan y la carne, nos quedamos nosotros para arreglar el mundo, o nos cuente Pepe —que ya es un lujo tener aquí un escritor de su talla— el argumento de la Ilíada, de El ruido y la furia, de Demasiada felicidad o de Madame Bovary, que en el pueblo de abajo, con todos los que son y lo que saben, no saben de estas delicatessen que nos gastamos en este lugar, donde piensan que lo habitan tres animales y cuatro paletos, a los que nos tienen por simples y pueblerinos de otros tiempos.

José Ruiz Guirado

Escritor español (El Escorial, 1955). Miembro de la Asociación Colegial de Escritores. Inicia estudios de periodismo y filología. En 1980 publica su primer libro, Ilusiones del almendro, con el que se inaugura la Casa de Oficios El Escorial. Creador de la revista literaria Acibal y del Premio de Poesía Manuel María. Entre sus obras destacan Intrahistoria de Marín (Caixa de Pontevedra), Crónica de Robledondo (Ayuntamiento de Santa María de la Alameda) y Hacia una biografía de Manuel Andújar; actas del Congreso del Exilio Español, sesenta años despois (Ediciós do Castro). Textos suyos han sido publicados en revistas y periódicos. En 1996 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Julio Camba para Galicia, siendo presidente del jurado el escritor Gonzalo Torrente Ballester.

Sus textos publicados antes de 2015
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Editorial Letralia: XIII. Experimento de letromancia (coautor)
Editorial Letralia: Libertad de expresión, poder y censura (coautor)
Editorial Letralia: Poética del reflejo. 15 años de Letralia (coautor)

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