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Te lo estás inventando

jueves 4 de julio de 2019
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Le he dado toda mi vida. No ejercer de abogada lo he lamentado siempre. Y me lo advirtió mi hermano. Pero no lo hice caso alguno. De criar a mis hijos no me he arrepentido nunca. He tenido la fortuna de vivir todas las etapas de su vida. Me han dado los mejores momentos inimaginables. Me podía haber casado con Pepe y no lo hice. Qué imbéciles somos. Me quería de una manera que no está escrito. Y, tonta de mí (por no decir otra cosa), me fijé en él. Tampoco hice caso a mi madre: “Hija, de la guapura no se vive”. Hoy, cuando voy a la consulta y me encuentro con él; se me revuelve todo. Allí está, con su bata blanca, su sonrisa amplia, sus atenciones. Pero qué gilipollas fui. Le veía como poca cosa. Y aquél: alto, guapo, con su pitillo en la boca; su cazadora de cuero. ¿Ahora qué, Esmeralda? Si viviera tu madre te lo diría de nuevo: “Este es un chulo, Esmeralda. Te los va a poner…”. No la hice caso, claro. Maldito cabrón. Me lo niega. “Te lo estás inventando”. He visto todos los mensajes que se decían en el móvil. Estaba recién operada del cáncer, que, por fortuna han cogido a tiempo. Y el hijo de la gran puta me decía que se bajaba a tomar café a la cafetería del hospital; se iba con ella. (No me quiero hacer mala sangre, ni pensarlo). Como cada año, cenábamos y bailábamos con nuestros mejores amigos la noche de San Valentín. ¡No la dice el mal nacido, que lo leí con mis ojos; mientras me besaba…! No quiero ni recordarlo. Qué cosas más feas me ha dicho: estoy loca, vieja, fea. Ahora, yo no me he callado. Le he dicho cuanto se puede decir a un canalla. Como ya no le han quedado argumentos para negármelo, ha tenido las malas entrañas para espetarme: “Cómo no voy a ir con una mujer así; ¿tú te has mirado al espejo?”. Le he echado valor. Les he perseguido. La hice una fotografía. Se la enseñé una noche, de tantas, de discusiones: “¿Ésta es el bombón? Vaya gusto. No me extraña”. No pudo negarlo. Se puso como una fiera. Incluso me quitó el móvil y lo tiró contra el suelo. Ahí estuve muy templada. “Te va a costar pagarme otro. Lo voy a cargar a la cuenta. Como sabía tu reacción, tengo hechas copias. Eres muy valiente, machito, a solas con una mujer”. Me enteré de dónde trabajaba y allí me presenté. Es abogada, como yo. Supe que estaba casada. Una panolis. Me dijo que estaba pasando por una mala época con su marido y conoció al mío. “Es un buen hombre, cariñoso; me escuchó…”. Ahí me salió el genio de mi padre. “A ti te importa tres cojones si es un buen o mal hombre. Podías haber pensado que habría una mujer detrás. No conozco a tu marido, pero cuando lo haga voy a preguntarle qué le parece”. Se derrumbó. Lloraba, me rogaba que no lo hiciera. “Entre su marido y yo no habido nada. Eso se lo juro yo a usted por mi hijo”. Otra de las noches de discusión, cuando más chulo, grosero y agresivo se puso, me calmé, respiré un instante y se lo dije: “Verás, he conocido a tu querida. Qué mal gusto tienes, por cierto. Además, yo ya lo sabía, claro; me ha confesado que eres un mierda y muy poco hombre”. Se puso como loco. Gritaba, daba golpes, tiraba objetos de la casa al suelo. Llegué incluso a temer por mi integridad. Pero no me arredré. Me templé, le puse el dedo a la altura de la nariz, y le dije: “Si me tocas un pelo, te pudres en la cárcel”. Se fue a su cuarto y de un portazo cerró la puerta. Ya no salió hasta el día siguiente para comer, llevándose la sorpresa de tener que hacerse la comida. No volvimos a hablar en un mes largo, ni tener relación alguna. Nos convertimos en compañeros de piso. No me fie ya. Sabía que tarde o temprano volvería a las andadas. He descubierto quién es. Y no me equivoqué. Otra noche le salió la ralea. “En cuanto me jubile, no vas a ver ni un puto duro”. “Eso lo hablas con mi abogada. Por cierto, la conoces. Le he hecho chantaje. A cambio de contarle a su marido lo que dices me he inventado, va a defenderme contra ti”.

José Ruiz Guirado
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