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Textos de Para vivir un gran amor, de Vinicius de Moraes

miércoles 5 de agosto de 2020

Una mujer llamada guitarra

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Vinicius de Moraes

Un día, casualmente, le dije a un amigo que la guitarra, o el violón, era “la música en forma de mujer”. La frase le encantó y la anduvo divulgando como si ella constituyese lo que los franceses llaman un mot d’esprit. Me pesa reflexionar que ella no quiere ser nada de eso; es, mejor, la pura verdad de las cosas.

El violón es no sólo la música (con todas sus posibilidades orquestales latentes) en forma de mujer, sino, de todos los instrumentos musicales que se inspiran en la forma femenina —violón, violín, bandolín, violoncelo, contrabajo—, el único que representa a la mujer ideal: ni grande, ni pequeña; de cuello alargado, hombros redondos y suaves, cintura fina y nalgas plenas; cultivada, mas sin jactancia; reacia a exhibirse, a no ser por la mano de aquel a quien ama; atenta y obediente a su amado, mas sin pérdida de carácter y dignidad, y, en la intimidad, tierna, sabia y apasionada. Hay mujeres-violín, mujeres-violoncelo y hasta mujeres-contrabajo.

¡Divino, delicioso instrumento que se casa tan bien con el amor y todo lo que, en los instantes más bellos de la naturaleza, induce al maravilloso abandono!

Mas como se rehúsan a establecer aquella íntima relación que un violón ofrece, como se niegan a dejarse cantar, prefiriendo tornarse objeto de solos o partes orquestales; como responden mal al contacto de los dedos para dejarse vibrar, en beneficio de agentes excitantes como arcos o clavetes, serán siempre preteridas, al final, por las mujeres-violón, que un hombre puede, siempre que quiere, tener cariñosamente en sus brazos y con ellas pasar horas de maravilloso aislamiento, sin necesidad, sea de tenerla en posiciones poco erguidas, como acontece con los violoncelos, sea de estar obligatoriamente de pie delante de ellas, como se da con los contrabajos.

Así mismo una mujer bandolín (vale decir: un bandolín), si no encuentra un Jacob1 por el frente, está robada. Su voz es por demás estridente para que se soporte más de media hora. Y es en eso que la guitarra, o la viola (vale decir: la mujer-viola), lleva todas las ventajas. En las manos de un Segovia, de un Barrios, de un Sanz de la Mazza, de un Bonfá, de un Baden Powell, puede brillar tan bien en sociedad como un violín en las manos de un Oistrakh o un violoncelo en las manos de un Casals. Mientras que aquellos instrumentos difícilmente podrán alcanzar la agudeza o la aptitud peculiares que una viola puede tener, ya tocada desgarbadamente por un Jaime Ovale o un Manuel Bandeira, ya “escurrido en la cara” por un Joao Gilberto o así mismo el criollo Zé-com-Fome, de la favela de Esqueleto.

¡Divino, delicioso instrumento que se casa tan bien con el amor y todo lo que, en los instantes más bellos de la naturaleza, induce al maravilloso abandono! Y no es a locas que uno de los más antiguos ascendientes se llama viola d’amore, como para preanunciar el dulce fenómeno de tantos corazones diariamente heridos por el melodioso acento de sus cuerdas… Hasta en la manera de ser tocado —contra el pecho— recuerda a la mujer que se anida en los brazos de su amado y, sin decirle nada, parece suplicar con besos y caricias que él la tome toda, para hacerla vibrar en lo más profundo de sí misma y la ame por encima de todo, pues de lo contrario ella no podrá ser nunca totalmente suya.

Se pone en un cielo alto una Luna tranquila. ¿Pide ella un contrabajo? ¡Nunca! ¿Un violoncelo? Tal vez, mas si sólo detrás de él hubiese un Casals. ¿Un bandolín? ¡Ni por sombra! Un bandolín, con sus trémolos, le perturbaría el luminoso éxtasis. ¿Y qué pide entonces (diréis) una Luna tranquila en un cielo alto? Y yo les responderé: un violón. Pues de entre los instrumentos musicales creados por la mano del hombre, sólo el violón es capaz de oír y entender a la Luna.

Wilfredo Carrizales
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Notas

  1. Hace referencia al compositor y músico brasileño Jacob Bandolim.