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Del sueño a la máscara

lunes 19 de febrero de 2018
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Del sueño a la máscara, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Al sueño lo quebranta la suerte de internarse por un laberinto que lo conduce hasta la profundidad de los arcanos. Allí comprueba que es máscara y que debe ejecutar la danza de la noche. Uno y otro se ajustan a los movimientos y, con hermetismo, filtran aspiraciones y expiraciones. Así formulan sus hipótesis para aumentar los rasgos de la incertidumbre.

Se torna esponja el sueño y deviene en fetiche que masculla. La máscara opera tras un festejo grotesco, caído dentro de despojos que ambulan. El sueño ofrece la reconstrucción del mundo y desecha la muerte mientras simula un mayor poder. ¿En cuál fenómeno se ausenta la máscara para que el sueño ocupe su lugar e imponga su fuero? Si se cimenta la vigilia, ambos desaparecen.

La máscara se tranca con candado y se acredita como perteneciente al ámbito de la ilusión equívoca. El sueño se estorba si comprueba su falsía. Máscara y sueño avanzan, al unísono, a través de una liturgia que es polvo para hacer señales de desconcierto.

Desde el principio, tragedia y comedia produjeron su malestar y la máscara las recogió y las instaló sobre los hombros del sueño. Ellas no despiertan, a menos que se les corra la máscara. Un sueño de un rato es la pesadilla eterna de la máscara. El porvenir se ajusta al sueño o a la máscara, de acuerdo con la estación que se desnuda y aparenta relajada residencia.

 

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Del sueño a la máscara, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Propósito de la máscara en la penumbra: conciliar el sueño o ser sueño ella misma. El sueño embota su indiferencia y reacciona después para no abolirse. Circula la máscara en el fluido tenue de luz y secreta sus ritmos y sus latidos faciales para imponer su ley. El sueño se sujeta a su unidad para continuar el periplo en el interior de su sustancia que no se fatiga. Lo advierte la máscara y desplaza un desvelo. El sueño no puede viajar sin máscara; la máscara se hace sueño y trashuma.

A veces el sueño se tiende y mide el suelo. La máscara sortea los escollos y transgrede. El sueño se flexiona y se aviene a la cavidad donde resuena para salir multiplicado y heterogéneo. La máscara riega con su caudal de exhortos y no autoriza ni risas ni quejas. Todo debe resolverse en el escenario que dispone el sueño. En el ínterin, la máscara atisba y memoriza.

Elimina la máscara el ademán más conocido y enarca las cejas y parpadea para hinchar las visiones. El sueño remeda ese accionar y lo supera y en adelante lo usa en sus juegos. La máscara existe cuando se considera en sueño y no ronca. El sueño se investiga con máscara y, de resultas de ello, impone su lógica. La máscara mama, atónita, el artefacto de la angustia.

No existe estatismo de la máscara, mas sí éxtasis del sueño. Máscara y sueño atraviesan el limbo, mientras cuadros negros y blancos se posicionan para deslumbrarlos y para que avancen parejos.

 

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Del sueño a la máscara, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Signos de la máscara para expandirse en su onirismo. Cosas del sueño que se cumplen con antelación y vagan en fragmentos. Gimoteos ocasionales de la máscara de difícil localización y data. Fascinación del sueño por el azar y dentro de lo sagrado. Pretexto de la máscara para la celebración entre las sombras y el repentino estallido de petardos. En pos de la máscara, el sueño se vuelve mojiganga y perdura atado a inminencias. ¿Maneras de encender himnos de mudez?

Invención muy larga de la máscara para no corromperse. El sueño no se enferma, pues va prendido a los oráculos y pernocta donde hipnotiza el viento. De plasticidad arranca la máscara su genio y se deleita en su módico púlpito. De soplido cursa el sueño y espera para sonsacar lo denso que se arrastra bajo el éter. Al natural, la máscara se quiere y elucubra bermellones de oscuridad o cantos entre zaguanes. El sueño mueve las horas y las transforma en oquedades sin fondo.

Máscara que mata a tiempo sus lesiones. El sueño no se debilita con incesantes crudezas. La máscara agrava su semblante y se apresta a aullarle a los sordos. El sueño juzga y sensibiliza el humo de las fogatas del pasado. La máscara se cuelga de su plausible fortaleza y enarbola las sutilezas que siempre figuran en primer plano. El sueño declara su vía, asaz expedita, y no enajena los címbalos ni muta las letras del abecedario fugaz. La máscara sopla y menciona milagros, mientras el sueño subyace bajo la causa de la revelación más allá de toda apariencia.

Wilfredo Carrizales
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