Textos y dibujo-collage: Wilfredo Carrizales
1
Piedra de síntoma para el quietador con anzuelo que va cojeando, que va señalado con líneas. Relámpago sin peso desde un faro donde se conversa sobre angustias y apuros. Hilo invocando linaje en armonía y cerca una argamasa sin destino. Sentidos con muchos desmayos y canción.
Adelante abominación del abecedario. Mientras se ingieren agujeros hasta dejar cicatrices sobre los calzados. Del acero se transgreden las costuras durante los intervalos sin congoja. Yacemos ateridos y nos tocan tijeras soliviadas. Porque recelamos nos dan como atributo un quiosco, un calambre, un estrado. ¿Para qué oler las hendeduras si no acuden maniquíes en nuestra ayuda?
Los cómplices se sirven de los cenotafios en sus episodios de orgías. Los aguardientes se exageran y las libidos se diluyen en aserrín. La pátina de las paredes nos dice adiós. En expectación dejamos los cuadros, el césped y el día encima de la mesa. No habrá calina que pueda engullirnos.
Numerosas pisadas resuenan sobre los dinteles. Es posible que se hayan escindido las esferas y nos toque prohijar los vórtices. Nuevas aventuras nos aislarán; viejos abanicos caerán dentro de los abismos. ¿Sabrá alguien quiénes esparcirán los astiles y los carbones? Se sospecha que un báculo se ceñirá a una bóveda, pero, ¿crujirá? Sólo cabe silbar, sin temer la rotura.
Después de inducir al estruendo debemos valernos de la humareda producida para colocar barreras e impedir cualquier tipo de algazara. Tras las cortinas nos pondremos los disfraces para el baile y nos nominaremos al margen de las colisiones. Aprisa, quizá, nos yergamos con redaños y demás bríos de cinturón. Al despedirnos, anunciaremos, desde la escalera, que las oblaciones serán roídas.
¿Noviar encaramados en el podio? La muchedumbre nos regalará peines y jarrones y, por ella, verteremos los pulimentos del agradecimiento con manchas. ¿Transigiremos por la posesión de los guantes, anteriores a cualquier confección? Pronto se pergeñarán anatemas y lo lamentaremos a cabalidad.
Acertamos al tañer el arpa con arco. Entre tanto, las antorchas preludian las zonas que aúnan pasos y asimientos. Lo mullido se cuela al partir el que tira de los pilares. Así, bostezamos y, con sevicia, nos agreden con zumos preteridos. ¿Acaso siendo aguerridos llegaremos al quid de la cuestión?
La espiral nos traía despavoridos y no le prestábamos atención al inminente aerolito. ¿Qué debíamos desear? ¿La pesadumbre en los pómulos? ¿La sospecha en la solapa? Carecíamos de tiento y de agallas y en las braguetas negreaban las mofas. Entonces optamos por un recién estrenado capítulo del bochorno. Al cabo: profetas nunca seríamos y el sándalo estaba muy caro.
¿Sacrificio o susto en el soportal? Los testigos olfatean las tendencias y no osan padecer lo que nosotros padecimos. ¿Mejor mentir para largar las pugnas? Los síntomas de las rabietas se irisan y luego se plasman para que los manoseen los entendidos. ¿Valdrá algo, un atisbo, la peluca del sastre, el señor de la uva en la piedra, el hombre con el gato vigilante bajo la silla, el pariente del panel, el tapiz del tornasol acoplado a las trenzas noticiadas?
2
¿Quién sabe pelotear los apellidos? ¿Cuál enlace aviva los oprobios? ¿Alguna prez que no ocurra en su cautela? Embaídos no quisiéramos marchar, ya con impacientadas trenzas. ¡Olvidémonos de los segmentos y pequemos por todo lo que podamos legar a los pillos que se codean! Con presteza, la apoyatura se vuelve a pegar una vez acaecido el conflicto. Si juntamos los orígenes se nos orientan los travesaños y relampagueamos, sin jactancias, sin temer inoportunos estallidos.
Dormimos la siesta al tiempo que paseamos al niño. Cabemos para parecer o para perecer. Enviamos lo que les conviene a los quemados: sus dolores de importación. ¿Lloverá por eso? ¿Tronará con el atrevimiento del amanecer? Decimos escarcha y se atreve el granizo a salir.
Nos emborrachamos cuando las botellas escasean. Nos ofendemos por las molestias no causadas. Encabezamos las inauguraciones que nos traban las conciencias. Mandamos a pringar las camisas de los arrepentidos. Por encima de todo, el atreverse llena los recipientes y se entablan prendas que no admiten angustias, pues las cavilaciones se despreñan de amenazas y raquitismos.
Anochecía entre nieves ficticias y las velas encendidas se helaban. Los sueños no aportaron diluvios, ni parecidos intentos de arcas trasegando barros ni palomas en plan de vuelo enchumbado. Se tornó un tiempo para teñir, isócrono, escrupuloso, y se confirmaron las hipótesis de los incendios que rabiaban a un lado de lejanos acuerdos, mucho antes de que estorbaran las nonas pasiones.
El gozo en el templo para la totalidad de los masculinos. Las armas con las hojas femeninas. Los que eran amados, amaban, aunque a trompicones. Reales existían las glándulas y el mar sonaba a través de sus esfinges. La belleza, ese objeto tangiblemente concebido, se explayaba con sus montes de vellos lupinos. El verdor no era para nada virtuoso y sólo pintaba a los sarmientos de las niñas salaces. Desde el occidente se pasaba revista a la colección de hechos y se bosquejaban fragatas entre rocíos que evocaban fluidos menstruales.
Durezas y turbaciones en medio de la multitud y la arboleda. Incongruencias: piececillos de mujeronas y libracos para solterones. Se esperaban los momentitos para las cerillas y los afectos se iban a los extremos. Aun los derivados correspondientes. Ya no tenían sexos en las lenguas por falta de argumentos. ¡Ah, arduo ardor de lo sagrado! La progenie inmersa en una ceniza de ampulosidad. La bondad sin solución inmediata y los escarabajos que no acogían nueras ni moscas.
Un gentío en calidad de disuasión. Mártires, intérpretes y telefonistas. Concordando, concordando. Vertientes hacia los géneros: dame aquello, esto es mío, eso no cuenta... Más tildes y menos engaños. Las sirvientas siempre anhelaron ser actrices y los poetas las perdieron, las extraviaron por las vías numismáticas. ¿Hombres con la singularidad de los lápices? Añadiendo reglas; conformando tribus; señalando porosidades. Los bajones trajeron sus leyes y negaron las narices.
El régimen acentúa su tesis: los martes para los dóciles y el resto de la semana para los necios. ¿Qué no diéramos por un jueves de crisis? Los meses se emparejan con los relojes; los exámenes, con los convoyes. Desde la central nos enriquecemos con advertencias y el caos avanza sobre cuatro verdades. No varían los eufemismos para las geometrías. Nuestras facultades deben tomar sus medicinas y evitar las exequias con pinzas y pantalones. Y que nos eduquen los penados. U optamos por avemarías en los costados hasta que el complot nos arrebate, descalzos y dilettanti.
3
Manos abiertas sobre la maldad inmensa. Los cucharones extraen el caldo de migajas y los ladronzuelos abjuran de los cautivos enfermos. La contemplación de las cojeras resulta un espectáculo de obligada referencia. La ternura de la inmundicia cabe en un epigrama que se difunde por radio y televisión. Al pujar, sobresale la majestuosidad de las nalgas con carácter.
Los vengainjurias ya no llevan gafas a lo plural y miran el mundo dando traspiés. Vaivenes para quienquiera que opte por lucir sus canastos en las dependencias larvadas. Murmuraban los maestros de la pantalla y los resfriados nuestros escocían a los buscadores de metralla. La pornografía ya no avanzaba con estrépito: apenas cedía algunas piezas herrumbradas. ¡Cuántas peticiones y aparatos expresos! ¡Cuántos pisotones y pelos perdidos! ¿Y la actualidad de los huesos sin geografía?
Nadan los bichos en las ciudades engalanadas, hace poco ornadas y horneadas. No vieron los caudillos las impresiones dormidas. No sobraron las parusías ahítas de axiomas. Por los altavoces ordenan: “¡Préstanos las esencias de tu hígado y te haremos sabio en último extremo!”. Sobran los que se inclinan y ejecutan ejercicios de reptiles. Encima de una lumbre estaban tendidos los uniformes seculares. (Revoleando, a cubierto, un moscardón permutado ejercía su menester).
Se sirvieron de lo que pudrieron y se nutrieron y aún andan con la valía de su florecer. Se bendicen y se dan por el pecho con futuro y nunca se acuerdan de que las camas pueden ser tardías y alegradas de flemas. ¿Y si hay anuncios para renunciar y detenciones que no gustan a la memoria? También las uñas se llagan entre fiestas y el azúcar bien aprende a ser amarga.
Estaban las alhajas con sus pesos discurriendo sobre sus privaciones incrustadas. Se levantaron los asnos de las historias urbanas y emitieron precios por las ventanas. Apremiaba el sol de los soldados, de cuyos brazos bajaron interjecciones tatuadas. Por un año, los agentes suscribieron los instrumentos del coraje y los avisos de combate se acercaron con chillidos de ratones flojos.
Se predicaban las pausas y los sujetos del arrojo. Los ciegos agradaban con sus periódicas insinuaciones. En especie se surtían los requisitos del cohecho. Unas palizas tranquilizaban las disyuntivas y desde las insolencias se expulsaban los alborotos. Fenecieron las mieles oprimidas por reductos. De suerte que rozaduras más técnicas afilaron tan pronto sus vahídos sublimes.
Un período y se reían de él y su cobertura. Otros aportaron cimientos para que desde los balcones amenguaran los pedidos. Después quisieron exprimir limones, asir vientos, acallar fobias. Se fueron, andando el tiempo de las penurias y asimilaron las salvedades omitidas y apostaron por sujeciones.
Golpazos como posesiones a destajo. Todavía las curas por el vino y los guiones mayores encrespados hasta el nivel donde no se opongan. Sí y lecciones para sobrevivir con renglón aparte. Púrpuras terminaciones en los tímpanos y las miras alzadas sin decretos. No hubo porfías ni antes ni más antes. Sólo sílabas que simbolizaban prisiones y pasajes conducidos sin fajinas.
Las costillas y averiguar para cada caso. Y comer con los puntos comenzados y hartarse de chucherías conjeturadas. Vendrían los compases y darían pena, como nunca, como antaño. Las rayas apareciendo, apacibles, patológicas, en los lugares menos promediados. De veras, los rizos pasan. Se precisa recordar a los duchos en maromas y trastadas y luego enaltecerlos sin reveses en el salón de la cal viva. Y un coro que haga su tarea, a ramos y kilos. Y una cola a guisa de escudo.
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