Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales
1
“La que derriba paredes” seduce a cuanto hombre se le ponga enfrente. Pare a sus hijos con ganas de amante y después los lanza al destierro cuando ya pueden caminar.
“La que derriba paredes” se oculta con frecuencia en las entradas de los cementerios y de allí saca sus mitos y sus manías posteriores. Sólo se atreve a salir de noche si hay luna nueva y si los murciélagos se acoplan en el aire, furtivamente.
2
“El que parece un lagarto” recibe con hospitalidad a los dementes y los acoge en su estancia durante la época de las cosechas. Su mujer amamanta a los orates hasta que se sacian y luego les ofrece agua de avena y menta. Si los locos se portan mal, “El que parece un lagarto” les mordisquea las orejas y les enseña a escupir para arriba. Transformados, los dementes se marchan creyéndose personajes antiguos que poblaron islas.
3
“El que es inestable” sucedió a su padre muerto durante una pelea instigada por su media hermana. Él intentó resucitar a su progenitor, pero sólo logró más perfidia.
“El que es inestable” suele decir que constantemente es abducido por espíritus hercúleos, quienes le traspasan el occipucio con dardos de cacería y le someten además a ritos de purificación. Él regresa después de incontables semanas y se dedica únicamente a dormir. Su mujer advierte el peligro y trata de despertarlo: solamente consigue furiosos gruñidos y un hedor a fiera enjaulada.
4
“La que inventa” se consagra a criar gemelos paridos por otras mujeres y que su marido secuestra en las guarderías infantiles. Ella pasa por ser la madre de cientos de mellizos y la guardiana de los garitos donde ellos se entrenan en los juegos de azar.
“La que inventa” se tropieza recurrentemente con infelices y les anuncia sus muertes cercanas y les propone fiestas funerarias para que se les recuerde por toda la eternidad.
5
“El que arroja petardos” se cree el joven más hermoso de la comarca, pero es un pobretón que se templa en el ejercicio de la vanidad y, a menudo, compra manzanas y las arroja a los pies de mujeres deformes.
“El que arroja petardos” habla en voz alta y lanza juramentos a los cuatro vientos y promete que se casará en breve con una viuda muy rica. Los días transcurren de prisa y él para evitar el desenlace adverso, se muda de sitio y vuelve a empezar la farsa.
6
“La que frecuenta la imprudencia” posee un padre prieto y una madre dadora de disputas y acepta la división de su hogar en zonas irreconciliables y concibe obstáculos donde no los hay y se arroja dentro de agujeros cavados por ella misma.
“La que frecuenta la imprudencia” alcanza a su padre cuando se escapa con alguna amante y le aconseja que se aparte de tal fatalidad, mas su padre la considera a ella poca cosa y la contempla con descaro y la obliga a levantar vuelo y a retornar a su nido.
7
“El que no retrocede” se concede asilo a diario y expulsa sus faltas para restablecerse en su sitial. Más tarde se venga en sí mismo y se arrasa el cuerpo con una almohaza hasta sentirse frígido y convertido en preceptor de su propia alma.
“El que no retrocede” causa estragos con su irresponsable actitud frente a sus congéneres y destina las heridas a los amigos más cercanos y se otorga una ley que le permite transgredir cualquier límite y cuando está al borde de la desesperación intenta un suicidio, pero no tiene éxito debido a que cierra los ojos.
8
“La que cayó de espaldas” confiaba plenamente en su silla de mimbre y, sin embargo, en el momento menos esperado, se rompió y la hizo derrumbarse hacia atrás, con el previsible espanto y estallido de sollozos.
“La que cayó de espaldas” se encarecía para no mirarse más al espejo y se rodeaba de muñecas y, poco a poco, fue perdiendo la razón y en el ínterin se encarnaba como una brasa soplada por algún pájaro y libaba, al mismo tiempo, de varios cazos llenos de un brebaje rapaz y harto sibilino.
9
“La que se protege de las tempestades” se explayaba al sentir las ráfagas de fuertes vientos, especialmente si se manifestaban en las mañanas y ella parecía transformarse en halcón, aunque nadie nunca diera pruebas de ello.
“La que se protege de las tempestades” se identificaba con las leyendas más corrientes que se trasfundían de boca a boca y ella recordaba haber enterrado a su macho en el patio de su casa y esperaba que la lluvia lo fructificara o lo hiciera retoñar para poder empollarle los huevos.
10
“El de ambos lados” solía ir acompañado por el hijo sin oídos y algo se le negaba en las caminatas conjuntas y el collar de perlas que colgaba de su cuello se balanceaba y revelaba el lugar de su origen.
“El de ambos lados” una vez se vio obligado a definir su talante y debió precipitarse en un cúmulo de dudas y en sus entrañas se manifestó un escozor de tierra tremendamente gris o cuasimortal y él debió ausentarse de sus dominios como precaución ante el puñal que miró descender a través del aire.
11
“La astuta como una repisa” afirmaba con énfasis que servía de sostén a la certeza y soportaba cualquier elevación con el fin de demostrar que la herrumbre no podía penetrar en su condición.
“La astuta como una repisa” nunca abandonaba una posición tomada con audacia y allí se encarcelaba hasta que su nombre era recogido por niños huérfanos y trashumantes y entonces ella fingía morir de metamorfosis y una fuente se instalaba sobre su pubis y manaba un agua dulce de ternura y ese episodio, voluntariamente, la hacía feliz.
12
“El que lo intuye todo” argumenta con principios áureos que equivalen a cien propuestas válidas y el dormir para él no constituía ninguna preocupación porque las eras le custodiaban en todo momento y si su intuición volaba a otro confín, temporalmente, con hermetismo la rescataba y la ponía a buen resguardo.
“El que lo intuye todo” se cerraba en sus ardides y aniquilaba a los símbolos que le trajeran colas de incertidumbres y luego él elegía los sucesos que le harían brillar en un cielo práctico y ceñido a su acomodo.
13
“La que disimula” se integra al retorno de los exiliados, pero nunca abandona los peligrosos itinerarios por tierras inhóspitas y así sufre los envíos de huracanes y no logra ponerle mano a ninguna balsa y, sin embargo, sobrevive y llega a ser aun más hermosa y deseable.
“La que disimula” se atreve a acoger a los náufragos y los reanima con palabras y con alimentos feraces y no les induce nostalgias para no terminarlos de marchitar y les acaricia las cabezas en silencio y luego los convida a sentarse en la playa a contemplar el horizonte que ya no es fijo.
14
“La que es experta en aparejos” hipnotiza a las nietas de sus domésticas cuando se bañan al descampado y después prefiere ser testigo de las luchas entre los escarabajos y las arañas por un minúsculo territorio y más tarde se acuesta confiada a las brisas con aromas de navíos oxidados y de prisa construye sentinas para albergar licores.
“La que es experta en aparejos” emigra cada verano vestida con plumas de alcatraz y superado cierto período regresa haciendo sonar sirenas que tornan lívidos a quienes las escuchan.
15
“La que juzga” cautiva a los efebos hasta matarlos y luego se querella con su parentela y abandona el país y no se reconcilia con los difuntos, porque no murieron ahogados en penas.
“La que juzga” tiende a reinar en lugar seguro y exhorta a exterminar a los criminales y a llevar la guerra hasta el fondo, aunque cueste suplicios y castigos.
“La que juzga” no propugna la prodigalidad ni la pobreza, sino las acciones justas que no decoren la ley. Ella basa la noche en músicas que no usurpan las satisfacciones y seguidamente instituye un prestigio que dota de realidad a quienes se mueven a instancias suyas.
16
“El que está sobre lo breve” niega a sus propios descendientes y se erige como ermitaño entre el zenit y el panteón que acogerá a sus huesos. Le suceden todas las tribulaciones, pero las combate con euforia y posteriormente amenaza a las ciudades situadas en elevaciones desde donde se ofrecen ornamentos y atisbos de metales raros.
“El que está sobre lo breve” sacrifica las victorias en pro de un combate sin fin, donde él se construya una imagen para ser enterrada según el pronóstico del tiempo.
“El que está sobre lo breve” levanta una piedra y suda, fugazmente, y mantiene la visión encima de la particularidad de ciertos fenómenos que se le escapan.
17
“La que desgarra” se enamora de los mineros que aparecen en los noticieros de la televisión y desde su atalaya grita su pasión para que cualquier interesado la oiga. Ella garantiza sus puertas con llaves de cobre y la vida se le acorta cada vez que la reprende su padrino.
“La que desgarra” desea, por momentos, abandonar su hogar y marcharse adonde haya agua en pozos sin asiento. En esos instantes, su espíritu se transfigura en peñasco que se estrecha y una rugosidad la zanja y le instituye una perspectiva y otras similares apariencias.
18
“El que hace largos viajes” intenta, a menudo, reunirse con los desventurados del mundo y no lo consigue y vuelve a intentarlo, una y otra vez, siempre en vano.
“El que hace largos viajes” se cree sucesor de aquel que partió hacia los antípodas y que celebraba los aniversarios de su marcha con maniobras de arcoíris.
“El que hace largos viajes” se entrevista, a escondidas, con aventureros y demás devotos de las travesías y prepara con ellos recorridos que nunca se cumplen, porque no reúnen las alforjas ni los baúles necesarios y, al final, se rinden y aceptan a regañadientes su destino.
19
“El que se eriza temprano” se jacta de ser un beodo por aclamación y acuerdo unánime. Rechaza insinuaciones de otros gremios y jamás viola sus puntos de vista.
“El que se eriza temprano” intentó degollar a un cartero que le trajo malas noticias y después colgó el cuchillo en la puerta de calle como advertencia para ulteriores mensajeros.
“El que se eriza temprano” siente grietas bajo la cama donde duerme, pero nunca las tapa por miedo a quedar en evidencia y crea, a modo de sucedáneo, una gran mancha luminosa que le permita guiarse a través de sus turbulentos sueños y arribar, inexpresivo, a la provincia del moho.
20
“La que esplende y es glotona” se dedica a despotricar de los seres grises que la adversan y traga, en plena calle, los higadillos de pollo que adquiere en las ferias.
“La que esplende y es glotona” pertenece a la región de los vórtices y allí, su séquito le prepara indescriptibles banquetes que suelen durar más de una quincena. Luego se torna casta por unos días y, a continuación, ordena asar corderos, pavos y conejos y se emborracha, pero conservando la lucidez.
“La que esplende y es glotona” hunde sin misericordia a quien trame intrigas contra ella y no duda en derramar sangre, si con ello exalta más la superstición que la rodea permanentemente.
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