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Ciertos animales criollos: el juego de la ironía en las breveficciones de Guillermo Morón

lunes 31 de octubre de 2016

Guillermo Morón

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Ciertos animales criollos (Grupo Planeta, Caracas, 2007) es un zoológico muy personal en el que para decirlo escritura es necesario hacerlo en resumidas cuentas. Es decir, se trata de un bestiario donde la fábula entroniza su poder y ambula por las páginas entre invenciones que regresan la memoria a lo que una vez dijo Edmundo Valadés en el preámbulo de El libro de la imaginación (Fondo de Cultura Económica, Biblioteca Joven, México, 1984): “un viaje a portentos y prodigios imaginativos”, porque se trata de la aventura en la que participan, recogidos en breves simulaciones, los animales de la tierra del autor, pero con añadidos maravillosos, en un regodeo que auspicia una lectura donde el humor descubre paródicamente los yerros del ser humano, sobre todo del ser político y sus andanzas por un paisaje de variadas yuxtaposiciones.

El mismo autor confirma lo arriba señalado en entrevista con el escritor venezolano Alberto Jiménez Ure:

Ciertos animales criollos es un libro lleno de ironías. En él vinculo la fábula contemporánea con la antigua. Por ello las primeras historias están arrancadas de Esopo, de quien no sabemos —ciertamente— si existió. No parodio la fábula sino que la uso, y no lo hago como los escritores antiguos, con intenciones moralizantes. Siempre he creído en la fábula como el género más difícil después de la poesía.

De esta declaración de Morón se desprenden todos los referentes analíticos que ha propuesto Lauro Zavala, entre otros, quien promueve la idea de que un texto breve, una minificción, debe establecer una simultaneidad de planos, así como una yuxtaposición de componentes clásicos y modernos. Pues bien, en este libro se dan éstos y otros de los cánones sugeridos por el investigador.

 

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En los primeros relatos de este tomo de Guillermo Morón nos tropezamos con textos como este:

También podría contar la historia del niño de Iassu y el delfín (De natura animalium, Libro VI, 15) y la de Androcles y el león (Libro VII, 48). Esta última historia se hará famosa, a tal punto que la incluirán los fabuladores en sus repertorios, la contarán las madres a sus hijos y en las lecturas escolares, favorita. Solamente será excluida de las aulas en un país tan descuidado y a la deriva, que le borrarán de la memoria su propia historia. Un país, podría sospecharse, de extraños animales políticos.

El autor viene del pasado y se instala en el presente. Emerge de un paisaje antiguo y se detiene en uno moderno. Lo clásico y lo actual se hacen uno solo. Esa yuxtaposición también colide con la simultaneidad de planos. El lector siente que ambas historias ocurren en un mismo instante, cuando en realidad el narrador ha recorrido un largo trecho para hacerlas una sola. Son dos momentos que se imbrican. La cita a las fuentes revela la sobrada intertextualidad característica en la minificción. Ese ludismo crea una atmósfera donde la ficción se combina con el ensayo, de cuya experiencia nace un nuevo tipo de texto con personajes arquetípicos, capaces de mostrar muchos rostros, de pasearse a través de diferentes historias y saberse parte de paisajes también diferentes, como es el caso de los que se mueven en estos cuentos cortos del historiador y narrador venezolano Guillermo Morón.

 

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Muy pocos escritores de relatos breves saben de la existencia de Morón como oficiante del cuento corto. En la mayoría de sus libros encontramos fragmentos autónomos, en medio de un viaje narrativo largo, lo que nos indica la presencia de un legado literario basado en la microficción, la minianécdota o el short story. Bien ocurre en sus libros de relatos Historias de Francisco y otras maravillas (Planeta, 2006); Los hechos de Zacarías (Planeta, 2006), El catálogo de las mujeres (Planeta, 2006) y en El gallo de las espuelas de oro (Planeta, 2006). Todos publicados el mismo año porque forman parte de la Biblioteca Guillermo Morón de esa importante casa editora.

Este es un libro de visita. Un libro de recreación propio de un parque.

Pero la intención está en concentrarnos en Ciertos animales criollos, donde confluyen todos los elementos sugeridos por los analistas para afirmar que se trata de verdaderos textos microficcionales.

Estos animales que se pasean por las páginas de Morón adquieren tonos de voz y vestimentas que los convierten en una fiesta de disfraces (Bajtín). Y si ciertamente no son todos animales del trópico, el autor los hace pasar como tales. Los reinventa, los recrea, los anima a ser otros animales con una sintaxis muy local, cuyo color sitúa a cada uno en una región geográfica de Venezuela.

 

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Este particular bestiario elaborado por Guillermo Morón cuenta con ilustraciones del pintor Régulo Pérez, quien recreó las imágenes de los animales que merodean por estas hojas. Tío Conejo, serpientes, basiliscos, liebres y conejos, monos, enigmas, esfinges, ardillas, moscas, caballos, un gallo pelón, una gallina clueca, tigres y zamuros, una oveja negra, lagartos, caribes y pavones, cucarachas, caimanes, oso hormiguero, loros, vacas y garrapatas, rabipelados, gatos, pulpos, araguatos, don ratón Pérez, doña Macaurel, don Camaleón, el pájaro arrocero, don Sapo, lapas, arrendajos, tragavenados, mapurites, pájaro carpintero, doña Urraca, don Topo y doña Pereza. Una imbricación de nombres y apellidos que conforman una unidad fragmentaria, toda vez que cada uno de ellos se rebela contra la unidad exclusiva del zoológico que los contiene.

Este es un libro de visita. Un libro de recreación propio de un parque.

Y si bien el humor del autor se entroniza en la presencia humana de las bestias, son ellas, las bestias, las que ponen el acento en la extensión de cada texto. En los primeros, divididos por capítulos muy breves, la lectura permite descubrir microrrelatos autónomos, independientes, simulados metonímicamente. Son animales de todos los días, pero revestidos con características propias del humor de un venezolano que los ubica geográficamente, como los animales de Carora o los que se pasean por la capital, por el mar, ríos y lagunas o por el oriente del país.

 

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Vale otro ejemplo:

Está, en primer lugar, el hambriento octopus. El octopus come todo cuanto encuentra a su paso, primero una cosa, después la otra y está siempre al acecho para tragarlo todo. Cuando no encuentra presa para engullir, el octopus se come uno de sus tentáculos, que luego le rebrota por propia naturaleza. El octopus siempre tiene hambre. Es, por eso, el más omnívoro de los animales.

Es decir, se come a él mismo. A sí mismo. Se engulle y retoña la parte que se comió de su cuerpo. En este caso, la característica que denota como minificción está en el carácter fantástico del corpus como unidad absoluta. Es como si el texto, a manera de parodia, se deshiciera de él para sobresalir luego con otro significado.

Animal y hombre son uno solo. Metaficción, se juntan. Uno inventa al otro y a la vez el otro hace al primero.

Se vale de nombres de la literatura clásica. Se emparenta con ellos, los tutea. Los hace parte de la historia y hasta duda de ellos. Podría inventarlos, podría rehacerlos. Podría dudar de su existencia. Podría tomarlos de los grandes tomos de la fábula universal. De la antigüedad. De las voces más viejas. Y las hace nuevas. Veamos:

Y no es que mi amigo Claudio Eliano sea contador de historias, ni siquiera aficionado a las fábulas. Sino que el otro día, domingo por la mañana, se puso a curiosear en torno a la vida de los animales y descubrió en ellos virtudes que no tienen los políticos.

La ironía, el juego elíptico de la ironía, la hibridación que se convierte en metaficción, en un espacio creado para ser ocupado por otro, y allí los personajes, el paisaje invisible. Sólo la anécdota, el relato minimalista, adobado con elementos alegóricos, suministrados por el reflejo del pasado y la rapidez del tiempo presente.

Es decir, son animales que al asomarse al parecido humano, sufren la crítica de quienes los ven como lo que son, bestias, aunque tengan más de humanos que de bichos de plumas, peludos o cascarudos que se arrastran, caminan o vuelan. En este autor la moraleja no existe. Él mismo lo advierte al final de un relato, que ya es por sí solo una microficción:

No hay moraleja para esta ruda escritura. Son simples, llanos ejercicios para volver a las letras, para esconderse detrás, en el fondo de los libros. Para no quedar a la intemperie.

 

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Animal y hombre son uno solo. Metaficción, se juntan. Uno inventa al otro y a la vez el otro hace al primero. Hombre y animal: bestias de mismo pelaje. Personajes arquetípicos se mofan de la realidad y la revelan. Extraen sus diferentes capas: la realidad es una ficción recreada. Los animales de estos relatos crean al hombre bajo la piel peluda de sus actos.

Y si el mito también ha sido parte medular de los relatos cortos, en estos de Morón el juego irónico, paródico y alegórico ocurre a Esquilo para ser más evidente:

Lo que pasa resulta sencillo de explicar. Esquilo, hijo de Euphorion, noble ciudadano, es de Eleusis, en Atenas. Y en Eleusis los misterios del dios del vino, Dionisio, Baco, magia y poesía, forman parte de la vida. Un animal común y corriente, popular y sin secretos, simboliza las fiestas. Se llama tragos, el chivo, el macho cabrío. Y como las canciones que se improvisan y escriben y cantan son los ados, canciones al tragos, Esquilo, poeta, compuso tragedias, como había hecho su antecesor Tespis en el 530. Sólo que con mano certera de escritor, con maestría en la composición, con genio de dioses inmortales.

¿Ensayo, historia mítica? Es un relato en el que participa un sujeto que supuestamente existió. Un sujeto que se hace visible a través de un animal. A través de los animales que él mismo creó.

Y así, para rematar, Guillermo Morón cierra la puerta de este episodio donde se junta la realidad con el mito:

Un animal casero, el chivo, de origen antiguo, antes de Carora y de Coro, pastoras de cabras, y un animal fabuloso, la esfinge, están en las tragedias de Esquilo. También figura otro animal, enigmático, el hombre, perseguidor de libertades.

¿Moraleja o crítica? Si bien el mismo autor niega la moraleja, hay un dejo que termina pareciendo lo que intenta alejar de su afición. Pero el lector se afinca en la crítica. El hombre es un animal político, dijo otro antiguo. Y en la fábula, ¿no es político el animal?

 

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Esta crítica se evidencia en el contenido de un relato corto en el que la polis es habitada por unos pequeños animales a veces peligrosos. Urticantes. Pequeñas bestias que construyen diminutas historias. Son animales aforísticos por lo que representan en extensión.

Un día se apareció a la ciudad socialista de las hormigas un ser mesiánico que lo sabía todo porque todo estaba y salía de su cabeza. Al principio parecía una hormiga mayor, una hormiga roja, con la habilidad de moverse más ágilmente. Dijo que era sociólogo y podía explicar por qué las hormigas eran como eran desde siempre. Dijo que era economista y podía regular el transporte, la circulación, el acarreo de los alimentos, el precio de las hojas, el tamaño de los palitos, todo cuanto las hormigas conocían normalmente. Y dijo también que era político y podía gobernar la ciudad que se había gobernado eternamente por sí misma. Resultó ser un monstruo de dos cuerpos, cabeza y abdomen con ocho patas. Su habilidad era tanta que convirtió en tela de araña y en trampa todo cuanto tocó. Desde entonces reinó el caos en la ciudad.

Cualquier parecido con la realidad es sólo una coincidencia.

Es decir, la metáfora, la elipsis, la llamada categoría metonímica desemboca en lo que la crítica ha dado en llamar “doble del protagonista” (doppelgänger). Es decir, el sujeto hormiga es delta del sujeto humano. Para relatarlo, pocas palabras.

Y un juego de naipes cargado de ironía.

Alberto Hernández
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